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Las facultades del Campus retomaron su actividad con el inicio de la vida universitaria para algo más de un millar de estudiantes. La gran mayoría de aulas de primer curso completaron su aforo, incluso llegaron a rebasarlo en algún caso concreto. Sin embargo, seis grados tuvieron sillas vacías (Ciencias Ambientales; Ingeniería Agraria; Turismo; Simultaneidad de Turismo y Geografía e Historia; Simultaneidad de Ingeniería Agraria y Ciencias Ambientales, y Simultaneidad de Ingeniería Agraria y Ciencia y Tecnología de los Alimentos). Lejos de ser un espejismo, la historia se repite año tras año. Al echar la vista atrás, las memorias académicas señalan a cuatro de estas titulaciones que arrastran un déficit crónico de alumnado que se ha vuelto casi estructural.
Turismo, Ingeniería Agraria, Ciencias Ambientales y Ciencia y Tecnología de los Alimentos son los “patitos feos” de la oferta académica ourensana. Grados que, convocatoria tras convocatoria, se ven obligados a apurar los plazos para intentar captar alumnos de última hora. Un cinco pelado en la Prueba de Acceso a la Universidad (PAU) se convierte en un billete más que suficiente para acceder a sus aulas, un contraste radical con la masificación y el vértigo que se vive en otras facultades.
La gran paradoja de esta situación la protagoniza, sin duda, la titulación de Ciencia y Tecnología de los Alimentos. El principal baluarte del campus en los rankings internacionales (situado entre los mejores del mundo en clasificaciones tan prestigiosas como el Ranking de Shanghai) es precisamente uno de los grados a los que más le cuesta completar su cupo.
El origen de este desapego suele esconderse en el miedo a los planes de estudio científicos, el desconocimiento de la profesión y el magnetismo ciego hacia alternativas más populares. Pero la realidad del mercado laboral siempre se encarga de reescribir el final del cuento.
Estudiar en clases sin masificar se traduce en una docencia casi particular y, a la larga, en una tasa de empleabilidad que roza el pleno. Sectores como el agroalimentario, la sostenibilidad o la gestión turística buscan talento a la desesperada. Curiosamente, el billete más directo hacia un empleo seguro y sin competencia se esconde hoy en esas aulas donde nadie hace cola. Quizá sea el momento de cambiar la perspectiva. El verdadero valor de una carrera no lo marca su nota de corte, sino el futuro que garantiza al graduarse.
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