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LITERATURA
Hay libros que se quedan vibrando en nosotros, con el temblor de una flecha que ha destrozado el centro de una diana.
Son libros que amplifican cualquier mínima extrañeza que pueda haber en nosotros. Uno comienza a andar más lento, y con mayor conciencia del misterio vital, luego de haberlos leído. Tal es el caso de Seda, (Anagrama, 2011) una novela de Alessandro Baricco poderosamente lacónica y seductora.
En un relato que trabaja más con la sustancia inferida que con la revelada, vamos conociendo la vida y los viajes de Hervé Joncour, un comerciante de huevecillos de seda en un curioso momento de la segunda mitad del siglo XIX en que la pebrina destruyó buena parte de los cultivos de moreras en Europa.
En realidad no es una novela, es un rosario de haikus que van armando una narración; el relato de un hombre abducido por un misterio lejano, y ciego ante un deslumbramiento íntimo. Una de sus tesis más poderosas es la sugestión que ejerce sobre nosotros lo inalcanzable, impidiéndonos ver en todo su esplendor, aquella belleza tan cercana, que por esa misma razón, se nos torna inaccesible.
Es un tratado sobre la belleza de lo sutil y una exploración de nuestros propios límites ante la imantación de lo desconocido
Esta novela, de apenas 125 páginas, y que bien pudiera leerse en un viaje de ida y vuelta a Madrid, es un tratado sobre la belleza de lo sutil y una exploración de nuestros propios límites ante la imantación de lo desconocido. Más allá de la historia de amor, o lo que funciona más como un espejismo del amor, se esconde una reflexión sobre el deseo y los mecanismos inconscientes que somos capaces de activar con tal de satisfacerlo.
Hervé Joncour no sólo está hechizado por los encantos intraducibles de una mujer oriental, la concubina de un poderoso, es abducido por la cultura japonesa de lo críptico y lo breve, dejándose arrastrar por una forma de erotismo que cree nunca antes haber conocido: es la viva imagen del hombre encandilado por la enigmática sugerencia de Asia, sin caer en la tosquedad de lo evidente.
Uno de los grandes encantos narrativos de esta novela son los personajes. Baricco renunció en ella a cualquier artificio para centrarse en una aparente sencillez. El efecto de la caracterización aquí no es la sobreabundancia, sino la dosificación de silencios donde las puertas entrejuntas revelan más que las abiertas. Helene, la esposa de Hervé Joncour pasa del secundarismo y la autoexclusión, al protagonismo apabullante que deja en el lector una sensación de ascenso y derrota. Toda la novela es la preparación para esa carta final, donde el abismo depara una deliciosa suavidad, un súbito nacimiento de alas.
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