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INCENDIOS PROVOCADOS
En el mismo juicio contra un vecino de Requeixo (Chandrexa), acusado de incendiar el monte, se contrapuso la modernidad con las costumbres ancestrales. Los medios tecnológicos para investigar los fuegos forestales del siglo XXI (cámaras de vigilancia en el monte y drones) frente a aldeas con no más de 10 habitantes que se ayudan entre ellos a la hora de pastorear el ganado.
En el banquillo se sentó José María B.P., un ganadero de 61 años, para quien la Fiscalía solicita dos años y seis meses de prisión. La tesis fiscal sostiene que, sobre las 19:49 horas del 19 de octubre de 2021, el inculpado “prendió fuego, con un mechero que portaba previamente, en tres puntos” de una finca en Requeixo. Hubo un primer foco a 10 metros de un camino forestal, un segundo a 31 metros del primero y un tercero a 14 metros del segundo. Para la fiscal, esta triple ignición es la prueba irrefutable de la intencionalidad, descartando cualquier accidente. El fuego del 19 de octubre no fue un hecho aislado. Según declararon los agentes forestales, en esa misma zona ya se había producido un primer incendio cinco días antes, el 14 de octubre.
La clave, según los agentes, es que en ese primer fuego “ardió muy poco”. La inferencia de la acusación es clara: el autor habría vuelto el día 19 para “terminar el trabajo”, esta vez asegurándose de prender tres focos distintos para garantizar la quema. El resultado de esta segunda acción fue la calcinación de 0,32 hectáreas de monte raso, cuya extinción costó 866,44 euros. El móvil, según su versión, sería eliminar refugios para la fauna silvestre.
La investigación se topó con un muro a la hora de identificar al autor. Se desplegó un notable arsenal tecnológico: se utilizaron drones para peinar la zona y se revisaron las cámaras de vigilancia instaladas en los repetidores de televisión que cubren Chandrexa. Fue esta la primera gran debilidad. Dichas cámaras, pese a su posición estratégica, solo captaron una silueta en la lejanía. En el juicio se reconoció que las imágenes ni siquiera permitían determinar si la persona que inició el fuego era un hombre o una mujer, y mucho menos identificar a José María.
Los agentes se centraron en vigilar la parcela quemada en los días posteriores. Su objetivo, según la acusación inicial, era comprobar quién se beneficiaba de la quema, y observaron que un rebaño de vacas acudía a pastar a la zona afectada. Mediante la identificación de los crotales (las marcas auriculares obligatorias del ganado), los agentes determinaron que las vacas pertenecían al acusado.
Pero la defensa del acusado —quien negó todos los hechos— introdujo el matiz que puede ser la clave de la absolución: la realidad social de una aldea. Explicó que en un núcleo tan pequeño como Requeixo, la “costumbre” dicta la convivencia. “Los vecinos se ayudan unos a otros y se llevan las vacas entre ellos”, alegó.
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