ALTA VELOCIDAD DESAPROVECHADA
La ciudad de Ourense incapaz de rentabilizar el récord de viajeros que trae el tren
CRÓNICA DE AUTOR
Unidad, servicio y recuperación son las palabras sobre un triángulo equilátero dentro de un círculo; ese es el logotipo que identifica al grupo de Alcohólicos Anónimos (A.A.) en Ourense. Cubriendo sus rostros para la fotografía, seis personas —tres hombres y tres mujeres— en la sala de actos de la Asociación Aixiña, en una mesa convertida en espacio de confesiones, narraron sus experiencias como supervivientes del naufragio en un mar etílico, debido a tempestades personales que convergen en un tema común: enfermedad y recuperación. Nuevamente descubiertos al público, quienes desde el anonimato buscan realizar un trabajo más cercano y efectivo, contaron detalladamente su descenso físico-emocional y posterior escalada tras hallar el asidero de una asociación que tiene como claves de funcionamiento el acceso libre, gratuito y confidencial.
“Empecé a beber con mi padre. Tenía 14 años. En principio me llevaba al bar a por unas tapitas, pero un buen día dijo: ‘ponle una caña a este’. No sabía lo que estaba haciendo”, confiesa quien se ha identificado como José. “Esto fue evolucionando; sentía algo agradable en la frente, como una nubecilla”, continúa José, cuya historia deriva en buscar cofrades etílicos y en bloquear su timidez mediante el alcohol como el mejor lubricante social. “Supuestamente era un vicio, pero en realidad estaba enfermo”.
Beber descontroladamente le provocó una “pancreatitis alcohólica”. “Me di cuenta de que tenía un problema. El alcohol ya no podía ser mi bastón ni mi sustento. Estuve 8 años sin beber pero continuaba pensando como un borracho”. José desestimó la ayuda profesional y grupal creyéndose infalible contra una enfermedad incurable. Se convirtió en su propio enemigo, pues decidió que se podía “tomar una cerveza baja en alcohol, simplemente para poder alternar con quienes sí bebían”. Y comenzó la escalada.
Entonces, iniciaron los desvelos continuos y la búsqueda de petacas “que tenía por todos los sitios de la casa”. Pero saberse un bebedor contumaz solo tendría uno de varios posibles e irremediables finales: “La cárcel, el manicomio o el cementerio”. Necesitado de ayuda, José se acercó a A.A. porque, principalmente, la asistencia era gratuita. “No he podido hacer cosa mejor. Me han enseñado a vivir”.
Quien se hace llamar Eva detalla: “Empecé a beber sin ser consciente; tendría cerca de 15 años”. Pero el efecto mariposa de este desconocimiento provocaría episodios cuyos finales eran ignorados, al despertarse en descampados, dolorida y con moretones, o hallar en su coche decenas de latas vacías y “mi primer impulso era buscar alguna llena para darme un trago”.
Pese a ser madre y mantener socialmente las apariencias de una vida corriente, el telón de fondo de la obra donde Eva era protagonista estaba viciado por el efecto complaciente y amnésico del alcohol. “Para encarar cualquier cosa bebía. Tomaba más cervezas que mis amigos antes o después de encontrarnos. Continuaron pasando años y luego me daba igual si no eran cervezas; intentaba tomarme un chupito de cualquier cosa sin importarme la hora”.
No afectar sus rutinas laborales ni responsabilidades maternas solo generaba que Eva negara su enfermedad y continuara avanzando rumbo al precipicio, donde la caída sería tan real como una de las treinta cervezas que llegó a consumir en un día durante la cuarentena por la pandemia de Covid-19. “Conseguía mantenerme sin beber durante algunos días; entonces me decía: ¿cómo voy a ser una alcohólica?”. Finalizar esa rutina autodestructiva fue un proceso con muchos desencuentros familiares, hasta que el cambio llegó mediante reuniones donde compartir su padecimiento supuso iniciar una recuperación que, asegura, le ha hecho apreciar las cosas importantes de la vida.
La encargada de la última intervención se presenta como Gema, pero su perspectiva no es la del enfermo, sino la del familiar; quien resulta una víctima colateral de esta enfermedad que, como bola de nieve, incrementa su volumen mientras realiza un vertiginoso descenso. “La angustia de la familia hace que cometamos el error de encubrir. Somos los perfectos, los que arreglamos todo para que no se entere nadie de que esa persona es alcohólica”.
Pero aparentar solo conlleva, para quien finge continuamente, asumir una postura de constante negación sobre la existencia de un problema grave, similar a quien olvida sus actos bajo la bebida. “Aunque percibimos que algo no anda bien, seguimos ocultando nuestros sentimientos y nuestros pensamientos. Yo tenía una máscara de sonrisas”. La consecuencia de negar enfáticamente derivó en un aislamiento social por la vergüenza.
Sin embargo, la ayuda para recuperarse también existe en asociaciones de familiares para “aligerar nuestras cargas emocionales. Porque el tema central no es la persona alcohólica, somos nosotros”.
Para quienes comparten los más delicados momentos vitales, intentar ocultar el sufrimiento, vivir episodios violentos o accidentes automovilísticos y haber tocado fondo —cuando la magnitud del abandono resultó insondable y sin disponer de rescatistas para notar cuán afectados se encontraban— supuso para ellos transitar el camino de la necesidad que condujo hasta Alcohólicos Anónimos. Así como progresiva y dañina es la evolución de esta enfermedad crónica e incurable, también progresiva y beneficiosa resulta la recuperación personal gracias al apoyo grupal.
Contenido patrocinado
También te puede interesar
ALTA VELOCIDAD DESAPROVECHADA
La ciudad de Ourense incapaz de rentabilizar el récord de viajeros que trae el tren
Lo último
REGULARIZACIÓN DE MIGRANTES
¿Votan los migrantes en las elecciones? Qué dice la ley y por qué el debate ha vuelto al centro de la política
PLANES EN OURENSE
Agenda | ¿Qué hacer en Ourense hoy, sábado, 31 de enero?
ESQUELAS DE OURENSE
Las esquelas de este sábado, 31 de enero, en Ourense