Ourense no tempo | Pasado... y futuro de las ferias
LEMBRANZAS
Rafael Salgado ofrece otro viaje a través de los años con una nueva edición de Ourense no Tempo
Hace ya tiempo que mi calendario personal no se detiene obligatoriamente en el campo de la feria los días 7 ni 17. La última vez que me acerqué por allí, os confieso que, al margen de cumplir con el rito sagrado de comer el típico pulpo, poco más se podía hacer. Recuerdo incluso que acabé aprovechando el paseo para echarle un vistazo a los vehículos del parque de bomberos. Lo del entorno de la Plaza de Abastos es otra historia; aunque se mantiene el bullicio, ya no es, ni de lejos, la feria que vivieron nuestros abuelos. Aquellos encuentros donde las transacciones importantes se cerraban entre apretones de manos por animales o productos del campo han dado paso a mercadillos de ropa, alguna herramienta despistada, plantas y el clásico puesto de “semi-antigüedades” en el que tanto nos gusta rebuscar. A veces pienso en acercarme a la Plaza de la Trinidad para ver si aún queda algún rescoldo de aquella actividad antigua, pero no me atrevo... quizás por miedo a que el silencio sea la única respuesta.
Lo cierto es que no podemos pretender que algo que nació como una necesidad vital en los tiempos más remotos siga siendo hoy igual de viable. Las ferias no eran solo comercio; eran el punto de encuentro de vecinos que vivían y trabajaban en pequeñas aldeas, muchas veces aisladas por el barro. Acudían con un esfuerzo que hoy nos costaría imaginar para surtirse de lo básico. Pero el mundo gira: primero llegaron los almacenes, luego las grandes superficies y hoy el comercio electrónico se va adueñando de nuestros hábitos de compra y nos trae la feria al salón de casa. Una evolución que, suponemos, busca la mejora, ¡habrá que esperar a que el tiempo dicte su sentencia definitiva!
Me asaltan estos pensamientos porque, buscando información sobre el gran fotógrafo José Suárez, quien por fin disfruta últimamente de un merecido reconocimiento, me topé con un texto de Ángel Pumarega publicado en el diario Ahora. No os frotéis los ojos: el artículo es del año 1934. Yo siempre había guardado la imagen romántica de que, en aquella década, las ferias eran el motor imprescindible de Galicia y resulta que Pumarega ya nos hablaba de su declive, de su “muerte” lenta pero inexorable.
Aquel artículo de 1934, titulado “Esplendor y muerte de la feria gallega”, cobraba una dimensión casi mágica gracias a las fotografías de José Suárez. La cámara de Suárez no buscaba la postal idílica, sino la verdad cruda de Allariz. Cuando Pumarega le preguntaba: “Amigo Suárez, ¿cómo están tan tristes estas gentes de la feria?”, el fotógrafo, con su máquina al hombro, le explicaba la pesadumbre que veía en cada rostro. Eran campesinos inmóviles junto a sus bestias y carros, sin vender nada, víctimas de complicaciones ajenas que no alcanzaban a comprender.
Dejadme que recupere parte de este texto, tan representativo de aquellos días:
En 1907 vino de América mi tío Cornelio. Yo tenía diez años y vivía con mis padres en las Cuatro Caminos. Grandes descampados y vertederos de basuras. Formidables pedreas de bandas infantiles. Noches temerosas con fantasmas de barrio envueltos en sábanas. Domingos de gran alborozo con los puestos de torreznos y de fritadas en la calle de Bravo Murillo. Recuerdos espeluznantes del hundimiento del Depósito. La escuela, las “novillos” y las sangrientas descalabraduras en la cabeza.
—Dejadme al chico para llevarlo a América —dijo mi tío—. Allí está su porvenir.
América era aún la gran ilusión. Sobre todo para los nacidos en Galicia. Partí con mi tío y nos detuvimos un mes en el hogar de la familia: la aldea de San Martiño do Real, cerca de Samos, provincia de Lugo.
Allí conocí la feria gallega. No recuerdo si fue la de Castroverde. Y ahora, delante de estas fotografías magníficas que muestran a todos la tristeza actual de la feria gallega, me acuerdo de la alegría ruidosa de aquella feria de 1907, a la que me llevaron mis parientes, dándome de comer el tradicional pulpo frito en grandes calderas de aceite hirviendo, servido en amplios platos de barro y haciéndome probar por vez primera el goloso anís dulce.
Durante décadas, Galicia se desangró y se enriqueció al mismo tiempo a través del puerto de Buenos Aires. El proceso era familiar para todos: primero se iba el padre o el hermano mayor; luego se mandaban los giros para pagar deudas, rescatar tierras y, finalmente, traerse al resto de la familia. Esas cartas que llegaban cada mes con la promesa de “compraremos el campo de tal” sembraban un optimismo que florecía en los días de feria. El dinero de los “indianos” circulaba con una energía heroica. En esos años de esplendor, la feria era el escenario donde se lucían los nuevos aperos, las mejores bestias y las ropas recién compradas.
Sin embargo, para 1934, ese río de plata se había secado. Pumarega y Suárez retrataron el final de una era. De América ya no llegaba nada y la crisis golpeaba los hogares gallegos. Los cobertizos de comida, antes llenos de humo y risas, estaban casi desiertos. “¡Cuántos presuntos vendedores volvieron a sus casas sin haber vendido nada y hasta sin comer!”, lamentaba el periodista. La feria, que había sido el termómetro de la prosperidad agraria, marcaba ahora una fiebre de resignación y cansancio.
Los que nos cuentan que se resistían a abandonar la feria eran los ciegos de los romances, los pícaros y los truhanes. Ellos encontraban en esa reunión su mejor y, en muchos casos, única fuente de ingresos. Seguro que hoy, aun en el remedo de feria que tenemos, no falta algún carterista que con más o menos habilidad intenta birlar una cartera al despistado paseante.
Y hablando de carteras, todavía hoy es posible ver en esos días de feria y lluvia a algún paisano —yo mismo lo hago a veces— con el paraguas de tela remendada sujeto al cuello de la chaqueta con el fin de llevar las manos libres. Me acuerdo ahora de uno de los cuentos del entrañable Ernesto Ferro, que aseguraba que precisamente esa costumbre no era para facilitar el trabajo, sino para no tener que sacar la mano del bolsillo donde guardaba el dinero. El paisano podía parecer tonto, pero... ¡la retranca ourensana siempre iba un paso por delante!
Al leer a Pumarega y observar las sombras y luces de José Suárez, uno se da cuenta de que la nostalgia no es algo nuevo. En 1934 ya se echaba de menos 1907. Hoy, en 2026, yo echo de menos esa cercanía que, a pesar de las penurias de la época, unía a las personas en torno a una mesa de madera con manchas de vino tinto.
La evolución es inevitable. No podemos pedirle a la sociedad de la fibra óptica que comercie igual que la del carro de vacas. Pero sí podemos aprender de esa “energía silenciosa” de nuestros antepasados. A veces, cuando veo edificios que guardan tanta historia, o cuando releo estos artículos antiguos, siento que mi labor es simplemente esa: recuperar estos textos, estas miradas de Suárez y ponerlas ante vuestros ojos para que no olvidemos de dónde venimos. Porque la feria puede estar en declive, pero nuestra memoria no debe estarlo.
Seguiremos buscando entre los papeles viejos y las fotografías de plata, intentando compren
Contenido patrocinado
También te puede interesar
Lo último
DIA MUNDIAL DE LA SIDRA
Asturias lleva la cultura sidrera a Madrid para celebrar el Día Mundial de la Sidra
V Foro Iberoamericano de Migración y Desarrollo
Elma Saiz reivindica una migración basada en los derechos humanos y alerta contra la "deshumanización del otro"
JUICIO EN EL PENAL
Niega haberle pegado al portero de un bar de Ourense: “Solo me defendí”