El placer veraniego de ir a ningún sitio

MI PLAN PERFECTO

La auténtica calidad de vida puede encontrarse en un amanecer, en un paisaje, en una comida familiar, en una conversación entre amigos.

El placer veraniego de ir a ningún sitio
El placer veraniego de ir a ningún sitio | EUROPA PRESS

Hay lugares que terminan formando parte de uno mismo. Para mí, Ribadesella es mucho más que un destino de verano: es el lugar al que regreso cada año para reencontrarme con una forma de vivir más pausada, más sencilla y, probablemente, más feliz.

El día comienza a las cinco y media de la mañana. No por obligación, sino por puro placer. Me gusta disfrutar de esas primeras horas en las que el silencio todavía pertenece a la naturaleza para leer la prensa y escribir. A las ocho treinta, desayunado, ya estoy sobre la bicicleta recorriendo durante dos horas y media los caminos que rodean Ribadesella. Los días que no pedaleo, camino unos diez kilómetros por senderos que atraviesan algunos de los paisajes más hermosos de Asturias. En ambos casos, el premio es el mismo: el verde infinito de los prados, el rumor del Sella, la vista de los picos de Europa, la brisa del Cantábrico y una paz que resulta difícil encontrar en otro lugar.

Después llega la playa. Y con ella, probablemente, el mayor de los regalos del verano: jugar con mis nietos. Da igual que construyamos castillos de arena, corramos por la orilla o prolonguemos los juegos al regresar a casa. Son instantes sencillos, pero de una intensidad extraordinaria. Los nietos poseen esa capacidad única de recordarnos que la felicidad consiste, muchas veces, en volver a mirar el mundo con ojos de niño.

Uno de los momentos más esperados del día llega cuando toda la familia consigue reunirse alrededor de la mesa. Procuramos que, al menos durante un par de semanas, coincidan hijas, yernos y nietos para compartir la comida sin prisas. No siempre resulta fácil coordinar agendas y obligaciones, pero cuando lo logramos comprendemos que el esfuerzo merece la pena. La conversación se alarga, aparecen las bromas de siempre, las anécdotas familiares y esa complicidad que solo existe entre quienes han compartido toda una vida.

Hace años, un buen amigo mío, catedrático de Derecho, me definió como nadie el veraneo en Ribadesella. Me dijo:

“Dos amigos se encuentran paseando por el precioso paseo de la playa. Uno pregunta:

—¿Dónde vas?

El otro responde:

—A ningún sitio.

—¡Ah!, pues voy contigo”.

Siempre me ha parecido una definición insuperable. Resume una forma de entender la vida en la que lo importante no es el destino, sino la compañía.

Las tardes transcurren sin prisas. Con un grupo de buenos amigos hemos convertido en tradición reunirnos, de vez en cuando, en una casa distinta. Unas veces organizamos una cata de vinos; otras, de quesos; otras, simplemente dejamos que la conversación marque el paso del tiempo. Hablamos de política, de actualidad, de libros, de recuerdos o de cualquier asunto que vaya surgiendo. Son tertulias largas, inteligentes y llenas de humor, en las que nadie siente la necesidad de mirar el reloj, porque todos sabemos que el verdadero lujo consiste en disponer de tiempo para conversar.

Vivimos en una sociedad obsesionada por hacer cosas, por llenar cada minuto de actividad y por convertir cualquier instante en una experiencia extraordinaria. Sin embargo, Ribadesella enseña justamente lo contrario: que la auténtica calidad de vida puede encontrarse en un amanecer, en un paisaje, en una comida familiar, en una conversación entre amigos o en la risa de unos nietos jugando en la arena.

Cuando cae la noche y repaso el día, descubro que no ha sucedido nada extraordinario. Y precisamente ahí reside su grandeza. Porque cada verano Ribadesella me recuerda que la felicidad rara vez está muy lejos. A veces basta con levantarse temprano, respirar aire limpio, contemplar un paisaje incomparable y poder responder, cuando alguien pregunta adónde vamos:

—A ningún sitio.

Y escuchar, como la mejor respuesta posible:

—Pues voy contigo.

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