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PATRIMONIO RURAL
Casi cuatro décadas después de quedar deshabitada, la aldea de Paradiña (Monterrei) volverá a estar conectada a pie con Infesta. La restauración del camino antiguo entre este núcleo abandonado y la aldea modelo del concello de Monterrei pondrá el broche final al proyecto europeo Paisactivo-Paisajes Cortafuegos, que desde 2023 impulsa la recuperación paisajística y ambiental de esta parroquia. La actuación no solo facilitará el acceso a un enclave prácticamente oculto por la vegetación, sino que busca recuperar la memoria de un lugar con más de un milenio de historia que llegó a ser un importante punto de paso entre las comarcas de Monterrei y A Limia.
Paisactivo encara así su recta final tras tres años de actuaciones en Infesta. Impulsado por la Axencia Galega de Desenvolvemento Rural (Agader) y coordinado por la Fundación Juana de Vega, junto a otros socios de la Eurorregión, el proyecto europeo busca convertir los núcleos rurales en territorios más habitables, vivos y resilientes. Dotado con un presupuesto de 1,58 millones de euros y financiado en un 75 % con fondos Feder a través del programa Interreg POCTEP, comparte experiencia piloto con la aldea portuguesa de Almofrela (Baião). En Infesta, las actuaciones han permitido recuperar más de ocho kilómetros de senderos, restaurar más de diez hectáreas con la plantación de unos 800 árboles autóctonos, mejorar infraestructuras y rehabilitar espacios como las plazas da Fonte y do Campo.
Escondida entre la vegetación, en la confluencia del río Rubín con dos de sus afluentes, Paradiña permanece deshabitada desde finales de los años ochenta. Entre las ruinas de sus antiguas viviendas de piedra todavía es posible reconocer la trama de un núcleo que durante siglos fue un lugar de paso, hasta que su abandono lo hizo caer en el olvido. Aunque hoy apenas quedan muros en pie, Paradiña atesora una historia que se remonta, al menos, al año 950, bajo el nombre de "Paratella". Así lo sostiene el historiador oimbrao Andrés Diz, que sitúa en esa fecha la primera referencia documental conocida sobre este pequeño enclave. Su propio nombre remite a su pasado como lugar de descanso en el antiguo camino hacia Ourense, una función que el Diccionario de Madoz todavía reflejaba a mediados del siglo XIX, cuando la aldea, citada como Parada da Serra, contaba con una veintena de vecinos.
Paradiña conserva además una singularidad: aunque pertenece administrativamente al municipio de Monterrei, desde la reorganización eclesiástica de 1893 forma parte de la parroquia de Rebordondo, en el concello limítrofe de Cualedro. La despoblación culminó en 1987, cuando su última vecina, Francisca Rodríguez Pérez, abandonó el lugar para trasladarse con su familia a Rebordondo, junto al vecino Baldriz, destino de la mayoría de los últimos habitantes de Paradiña. "Non había luz, nin teléfonos, nin estrada asfaltada. Paradiña deixouse morrer", resume Andrés Diz.
La recuperación del antiguo camino desde Infesta aspira ahora a devolver visibilidad y recuperar la memoria de un enclave del que la naturaleza se ha ido apoderando con el paso del tiempo. Víctor Padrón, presidente de la comunidad de montes y vecino de Infesta, avanza que, tras limpiar el sendero, el objetivo es desbrozar "a aira, a ponte e o forno, e oxalá este se puidera rehabilitar", además de señalizar el camino e incorporar carteles con fotografías antiguas de "Parada", nombre con el que los vecinos de Infesta conocían tradicionalmente a la aldea.
Antes de quedar deshabitada, Paradiña era conocida en toda la comarca por una tradición transmitida de generación en generación. La memoria colectiva sitúa en la aldea a María do Arangaño, también llamada Remedios, una curandera a la que acudían familias para sanar el “arangaño” o “tangaraño”, una dolencia asociada popularmente con raquitismo y gastroenteritis, y que solía afectar a niños.
Según el relato de los vecinos, el ritual tenía lugar en la Fonte dos Tres Regatos, una poza bajo el puente de la aldea. En el mismo intervenían tres mujeres llamadas María y el agua desempeñaba un papel purificador, junto a oraciones y gestos simbólicos para expulsar la enfermedad.
Más allá de su veracidad científica, el rito forma parte del patrimonio inmaterial de Monterrei y guarda similitudes con otras prácticas documentadas en Galicia y el norte de Portugal, donde el “tangaraño” también ocupa un lugar destacado dentro de la medicina popular y las creencias tradicionales.
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