Migrañas: una enfermedad invisible que roba estabilidad

40% SIN DIAGNOSTICAR

La migraña es la enfermedad neurológica más común, hasta el 40% de los enfermos no están diagnosticados

El estrés, especialmente en los entornos laborales, puede ser un factor determinante a la hora de sufrir migrañas.
El estrés, especialmente en los entornos laborales, puede ser un factor determinante a la hora de sufrir migrañas.

La migraña crónica es mucho más que un dolor de cabeza intenso. Para quienes la padecen, supone convivir con episodios recurrentes de dolor incapacitante, acompañados de náuseas, sensibilidad a la luz y al ruido, y en muchos casos una profunda limitación para llevar una vida normal. No es extraño que muchos pacientes describan la sensación de “perder” días enteros cada mes, atrapados entre la oscuridad y el malestar.

La migraña crónica sigue siendo una enfermedad compleja que exige más investigación, mejores tratamientos y, sobre todo, una mayor comprensión social. Porque para quienes la sufren, cada día sin dolor no es un pequeño avance: es recuperar una parte de su vida.

Su impacto social y laboral es alto, ya que la migraña es la principal causa de discapacidad en menores de 50 años. En España, se estima que alrededor de un 12-15% de la población sufre migraña, y de ellos, aproximadamente un 2% padece su forma crónica, es decir, con más de 15 días de dolor al mes. Estas cifras son similares a las de Galicia (12-13%), y aproximadamente el 3% de la población la padece en su forma crónica (más de 15 días al mes con dolor).

Además, es de 2 a 3 veces más frecuente en mujeres que en hombres, afectando principalmente a mujeres entre 15 y 49 años, a menudo vinculada a fluctuaciones hormonales (estrógenos) durante la menstruación, embarazo o menopausia.

En Ourense, con datos del Servicio de Neurología del Complexo Hospitalario Universitario de Ourense, más de 41.000 personas en la provincia padecen esta patología, mientras que un alto porcentaje (cerca del 40%) sigue sin diagnóstico adecuado.

Tratamientos

Durante años, los tratamientos disponibles han sido variados pero con resultados desiguales. Medicamentos como analgésicos, antiinflamatorios o fármacos preventivos tradicionales (incluyendo algunos antidepresivos o anticonvulsivos) han ofrecido alivio parcial, pero a menudo con efectos secundarios importantes o con una eficacia limitada. También se ha utilizado la toxina botulínica en casos crónicos, con beneficios en algunos pacientes, aunque no de forma universal.

En este contexto han surgido nuevas terapias dirigidas a una diana concreta: el péptido relacionado con el gen de la calcitonina (CGRP), una molécula clave en los mecanismos del dolor migrañoso. Los fármacos que bloquean esta vía representan uno de los avances más recientes en el tratamiento preventivo de la migraña.

Un macroestudio reciente basado en decenas de ensayos clínicos ha puesto cifras a su eficacia: estos tratamientos consiguen reducir, de media, unos dos días de migraña al mes. A primera vista puede parecer un avance modesto, pero para quienes sufren crisis frecuentes, incluso una ligera reducción puede suponer una mejora significativa en su calidad de vida. Además, estos fármacos suelen ser mejor tolerados que muchos tratamientos clásicos.

A pesar de todos estos avances y aunque los nuevos fármacos dirigidos al CGRP suponen un paso adelante, todavía no representan una solución completa.

Impacto

Más allá de los tratamientos farmacológicos, es fundamental entender que la migraña requiere un enfoque integral que analice y tenga en cuenta varios aspectos, tanto físicos, neuronales y sociales.

El impacto en la vida cotidiana de la migraña puede ser profundo: absentismo laboral, dificultades en las relaciones personales y una sensación constante de incertidumbre ante la próxima crisis. Muchos pacientes desarrollan ansiedad o depresión asociadas, lo que agrava aún más la situación.

Para afrontar la migraña, los especialistas recomiendan combinar medicación con cambios en el estilo de vida. Los expertos recomiendan mantener horarios regulares de sueño, evitar el ayuno prolongado, controlar el estrés y reducir el consumo de alcohol o cafeína para ayudar a disminuir la frecuencia de las crisis. Por otra parte, identificar los desencadenantes personales (como ciertos alimentos, cambios hormonales o factores ambientales) también es clave.

La práctica de técnicas de relajación, como la meditación o el yoga, ha demostrado ser útil en algunos casos, al igual que la terapia cognitivo-conductual para manejar el impacto emocional de la enfermedad. En paralelo, es importante contar con un buen seguimiento médico, preferiblemente por parte de un neurólogo, que pueda ajustar el tratamiento según la evolución de cada paciente.

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