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SALUD MENTAL
Durante décadas, el Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH) se ha explicado casi exclusivamente como un problema de conducta, de falta de atención o de autocontrol. Sin embargo, la neurociencia actual propone una mirada más amplia y humana: el TDAH no es solo un conjunto de síntomas, sino una forma diferente de procesar la información, de sentir las emociones y de relacionarse con el entorno.
Cada vez más especialistas lo entienden como una experiencia cuerpo-mente y como un neurotipo, es decir, una variación natural dentro de la diversidad neurológica humana, y no como una enfermedad en sí misma.
El origen del TDAH es multifactorial. La investigación científica señala una fuerte base genética, con una heredabilidad estimada entre el 70 y el 80 %. Esto significa que es frecuente encontrar otros casos en la familia. A nivel neurobiológico, se observan diferencias en la regulación de neurotransmisores como la dopamina y la noradrenalina, fundamentales para la motivación, la atención y el sistema de recompensa. También se han descrito particularidades en el funcionamiento de las redes cerebrales que conectan la corteza prefrontal —encargada de las funciones ejecutivas— con el sistema límbico, más implicado en las emociones. A estos factores se suman elementos ambientales, como el estrés temprano, la prematuridad, la exposición prenatal a tóxicos, experiencias adversas en la infancia o contextos educativos y laborales muy rígidos, poco adaptados a la diversidad.
Dentro del TDAH existen distintas presentaciones. El término TDA, aún muy extendido, se utiliza para referirse al subtipo predominantemente inatento, sin hiperactividad visible. Estas personas suelen pasar desapercibidas, sobre todo niñas y mujeres, ya que no muestran conductas disruptivas. Sus dificultades se centran en mantener la atención, organizarse, planificar tareas, gestionar el tiempo o recordar instrucciones. El TDAH, según los criterios clínicos actuales, incluye tres presentaciones: inatenta, hiperactiva-impulsiva y combinada. Además, la forma en que se manifiesta puede cambiar a lo largo de la vida: la hiperactividad motora de la infancia, por ejemplo, suele transformarse en inquietud interna en la edad adulta.
En España se estima que entre un 5 y un 7 % de la población infantil presenta TDAH, y que entre un 3 y un 4 % de los adultos conviven con este neurotipo. En Galicia, los datos de los servicios sanitarios y educativos se sitúan en cifras similares a la media estatal, aunque profesionales de la salud mental coinciden en que existe un importante infradiagnóstico, especialmente en mujeres y en personas adultas. El aumento de diagnósticos en los últimos años no indica una “moda”, sino una mayor conciencia social, menos estigma y una mejor capacidad para identificar el trastorno.
Uno de los aspectos más relevantes del TDAH es la regulación emocional. Muchas personas han pasado años sintiéndose “insuficientes”, cargando con una fuerte autoexigencia y con sentimientos de culpa por no cumplir las expectativas externas. Este esfuerzo constante mantiene activado el sistema de estrés de forma crónica, lo que puede afectar a la atención, al descanso y al bienestar general. Por ello, no es raro que antes del diagnóstico aparezcan ansiedad, depresión, agotamiento emocional o conductas adictivas.
Entender el TDAH como una forma diversa de ser permite cambiar la narrativa. Muchas personas con TDAH destacan por su creatividad, pensamiento divergente, intuición, sensibilidad y capacidad de hiperfoco. Cuando el entorno acompaña y se adapta, estas características pueden convertirse en fortalezas.
El abordaje del TDAH debe ser integral y personalizado. La medicación puede ser una herramienta eficaz en muchos casos, pero no es la única ni siempre la primera opción. La psicoeducación es fundamental: entender cómo funciona el propio cerebro permite reducir la autocrítica y mejorar la autoestima. La terapia psicológica ayuda a trabajar la gestión emocional y la relación con uno mismo. En el día a día resultan útiles estrategias como crear rutinas flexibles, dividir las tareas en pasos pequeños, utilizar apoyos visuales, priorizar el ejercicio físico, el descanso y técnicas sencillas de regulación del estrés (respiración consciente o paseos breves).
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