¿Quién teme a la obesidad? Cuando el miedo es al rechazo social

FRENAR EL SOBREPESO

Hace aproximadamente una década dos investigadores realizaron un pequeño experimento con un grupo de mujeres estadounidenses que no tenían obesidad. Les pidieron que imaginaran que habían ganado unos 45 kilogramos y que describieran cómo se sentirían ante un cambio corporal de esa magnitud. Las respuestas fueron contundentes: terror, aversión, espanto, horror. En definitiva, miedo.

Cómo combatir el sobrepeso.
Cómo combatir el sobrepeso. | Diana Polekhina

Ese miedo no solo se relacionaba con posibles complicaciones médicas, sino con las consecuencias sociales que anticipaban. Muchas creían que no podrían caminar con normalidad, que se recluirían en casa o que dejarían de ser deseables. Algunas afirmaron que preferirían morir antes que vivir en un cuerpo gordo. Las respuestas revelaban imaginarios profundamente estigmatizantes sobre lo que significa habitar un cuerpo con kilos de más.

He empezado el texto con este experimento por un sencillo motivo. El estudio pone de relieve algo incómodo: quienes más temen a la obesidad suelen ser quienes no la padecen. Y ese temor no se dirige exclusivamente a la salud, sino a la estigmatización que acompaña al aumento de peso.

Estigma y comunicación

La preocupación por el peso corporal no es nueva. Durante siglos, la grasa ha funcionado como repositorio de ansiedades culturales en las sociedades occidentales.

En el pasado, el exceso de peso se interpretaba en clave moral: era el resultado visible de la gula o la pereza. En términos sociológicos se convertía en lo que Erving Goffman describió como una “identidad dañada” y por tanto, en un blanco para ser estigmatizadas.

Con demasiada frecuencia estas formas de estigmatización son reproducidas a través de los medios de comunicación e internet. Además de convertir a las personas con obesidad en un otro, en alguien a quién debemos repudiar o condenar al ostracismo, también son una advertencia para los demás.

Como aseguraron las mujeres del estudio citado al comienzo de este artículo, adherirse a una “buena conducta” es la condición necesaria si no se quiere acabar siendo personas abyectas y no deseadas. No se trata solo obviar factores biológicos o socioestructurales que puedan contribuir a la obesidad, sino en desentenderse de la propia dignidad de las personas que la padecen.

Tanto es así que, por ejemplo, en las aplicaciones para la pérdida de peso esta estigmatización es directa. En ellas el exceso de peso es responsabilidad y culpa de quien lo tiene. La obesidad se presenta como una enfermedad provocada por el estilo de vida. El objetivo de toda persona es llegar a tener un cuerpo delgado, esbelto y tonificado y las apps están ahí para ayudarte a lograrlo.

Una advertencia en forma de estigmatización

En una investigación reciente con colegas (aún en proceso de publicación) analizamos qué personas aparecen en las imágenes que acompañaban noticias sobre obesidad en la prensa.

Esperábamos hallar lo que se conoce como “gordos descabezados”, es decir, personas con obesidad fotografiadas sin rostro en un intento de mantener su anonimato y dignidad, lo que, paradójicamente, acaba deshumanizándolas. También contábamos con ver escenas que reforzaran el estereotipo de las personas gordas. Por ejemplo, consumir comida basura, sentarse en el sofá o ver la televisión.

Obesidad y sobrepeso ante la báscula.
Obesidad y sobrepeso ante la báscula. | Lee Charlie (The Conversation)

Nuestra sorpresa vino cuando comprobamos que esos comportamientos aparecían representados por personas con peso normal. La estigmatización ya no se dirigía solo a las personas con obesidad, sino que ponía el foco en el resto.

Más allá del peso corporal

Buena parte del discurso mediático sobre la obesidad insiste en la idea de responsabilidad individual. Se apela a la disciplina y al control de uno mismo. Sin embargo, este enfoque simplifica un fenómeno complejo. La evidencia científica muestra que el peso corporal está influido por múltiples factores: genéticos, hormonales, metabólicos, psicológicos y socioeconómicos.

Ignorar esta complejidad no solo es inexacto desde el punto de vista de la salud pública, sino que además refuerza el estigma de peso.

Numerosos estudios han demostrado que la discriminación por peso se asocia con mayores niveles de ansiedad, depresión, evitación de la atención sanitaria e incluso con cambios fisiológicos vinculados al estrés crónico. Paradójicamente, el rechazo social puede empeorar los indicadores de salud que se dice querer proteger.

El miedo a la obesidad no siempre es miedo a enfermar, sino miedo a la exclusión social. Quizá la pregunta no sea solo quién teme a la obesidad, sino qué es exactamente lo que tememos: ¿el riesgo médico o el rechazo social?

Si el miedo se dirige principalmente al estigma, entonces el problema no está únicamente en el cuerpo, sino en la mirada que lo juzga. Porque cuando se reduce la identidad del otro a su tamaño o peso, la dignidad queda en segundo plano.

No obstante, más allá de los posibles fallos que cometen los medios de comunicación, conviene también subrayar las oportunidades que estos ofrecen para visibilizar el lado humano de la obesidad, comprender mejor a quienes la viven y mirar más allá de la forma o el tamaño de su cuerpo.

Promover una representación más amplia y diversa de los cuerpos, acorde con la pluralidad real de nuestra sociedad, contribuiría a desplazar el foco del peso como rasgo definitorio. De este modo, lo verdaderamente relevante dejaría de ser la talla y pasaría a ser la persona.

The Conversation

Lara Martín Vicario, Lectora en Comunicación, Universitat Internacional de Catalunya

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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