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La alta costura ha entrado en una nueva era. No porque haya roto con sus códigos, sino porque ha decidido preguntarse, sin miedo, para qué sirve hoy. ¿Es un ejercicio íntimo, casi filosófico, o una herramienta para las vidas hipervisibles del nuevo lujo? ¿Se viste o se contempla? Las respuestas, esta temporada en París, no han sido unívocas, pero sí sorprendentemente vivas.
En un contexto en el que el privilegio vuelve a exhibirse sin pudor, la costura se reafirma como el último gran símbolo material del poder. Pero también como un laboratorio creativo que alimenta a las maisons mucho más allá del vestido de gala. Jonathan Anderson lo dejó claro en Dior: la costura como un espacio de experimentación a seis meses vista, donde la abstracción formal, la biología y la emoción construyen un nuevo lenguaje. Su propuesta fue conceptual, teatral y, en ocasiones, difícil de llevar, pero profundamente fértil en ideas.
En el extremo opuesto de esa tensión entre imagen y uso, Matthieu Blazy apostó en Chanel por la ligereza. Literal y conceptualmente. Transparencias, movimiento, prendas de día que parecían cuestionar qué entendemos por costura. Y ahí estuvo la clave: la couture no es solo un vestido de baile. Es construcción, cuerpo, cercanía. Un ejercicio de contención que, en apenas lo que duró el desfile, dejó una sensación de bienestar poco habitual.
Mientras tanto, Alessandro Michele reafirmó en Valentino que la fantasía sigue siendo el corazón palpitante de la moda. Su colección de alta costura fue tan intensa como creativa, construida como un collage cinematográfico del archivo de la casa. Vestidos espectaculares, coronas imposibles y referencias que iban del space age a los años ochenta, recordándonos que soñar también es una forma de resistencia.
En Schiaparelli, Daniel Roseberry empujó el espectáculo hacia lo interno. Siluetas “turboalimentadas”, mujeres convertidas en criaturas peligrosas y el glamour absoluto como lenguaje emocional. Y en Armani Privé, Silvana Armani firmó un momento histórico al asumir plenamente la dirección creativa, llevando el arquetipo de la mujer vestida de hombre al territorio de la costura.
Lo que une a todos estos diseñadores no es una estética común, sino una sensibilidad compartida. En un mundo más duro y más consciente, la alta costura vuelve a latir con intención, emoción y responsabilidad. Y eso, hoy, es más relevante que nunca.
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