Se apaga el rojo eterno: la moda despide a Valentino Garavani

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El día en que murió Valentino Garavani, la moda perdió algo más que a un diseñador: perdió a uno de sus últimos grandes poetas

Valentino Garavani
Valentino Garavani | Q

El día en que murió Valentino Garavani, la moda perdió algo más que a un diseñador: perdió a uno de sus últimos grandes poetas. No es una frase grandilocuente, es una certeza. Porque pocos creadores supieron traducir la elegancia en un lenguaje tan preciso, tan emocional y tan duradero como él. Su desaparición no cierra solo una biografía brillante, sino un capítulo entero de la alta costura europea.

Para quienes crecimos mirando la moda como un territorio de belleza y disciplina, Valentino fue siempre una figura casi mítica. El italiano que entendía el cuerpo femenino como una arquitectura delicada; el modisto que jamás confundió lujo con exceso; el hombre que hizo del equilibrio una firma. Frente a la estridencia de las tendencias, él defendió durante décadas una idea casi moral de la elegancia: la que no grita, la que permanece.

Fundó su casa en Roma en los años sesenta, cuando Europa aún creía en la costura como una forma de arte total. Desde entonces, su taller fue un laboratorio de perfección: patronaje impecable, tejidos nobles, bordados ejecutados como joyería y una obsesión casi religiosa por la caída exacta de cada vestido. En un mundo que hoy premia la velocidad, Valentino reivindicó siempre el tiempo.

Hablar de él es hablar también de un color convertido en identidad. El rojo Valentino no fue una estrategia de marketing, sino una intuición estética convertida en símbolo. Ese rojo no buscaba seducir, buscaba afirmar. Era un manifiesto visual sobre la feminidad, la presencia y la memoria. Un rojo que hoy pertenece tanto a los museos como al imaginario colectivo.

Valentino vistió a reinas, actrices, aristócratas y mujeres anónimas con la misma devoción. Jackie Kennedy, Diana de Gales, Elizabeth Taylor o Julia Roberts fueron embajadoras visibles de un estilo que nunca dependió de los nombres propios. Porque, en el fondo, su verdadero talento consistía en algo más complejo: hacer que cada mujer se sintiera protagonista de su propia historia.

Siempre admiré en él algo profundamente italiano: ese buen gusto natural, casi innato, que no se adquiere estudiando. Una forma de mirar la belleza que mezcla clasicismo, sensualidad y una cierta melancolía mediterránea. Había en su trabajo una magia silenciosa, una armonía que parecía surgir sin esfuerzo, como si cada vestido hubiese estado esperando desde siempre ser creado exactamente así.

Hoy, al despedirle, no queda la sensación de una pérdida, sino la de una obra cumplida. Sus vestidos seguirán colgados en archivos, museos y armarios privados, pero sobre todo seguirán vivos en una idea que él defendió hasta el final: que la verdadera elegancia no es una tendencia, sino una forma de estar en el mundo.

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