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Hay algo que ocurre en París durante la Fashion Week que resulta difícil de explicar si no se ha vivido. La ciudad cambia de ritmo y cada esquina parece esconder una presentación, un showroom o una conversación alrededor de la moda. Esta edición de septiembre de 2026 me permitió comprobar que la semana de la moda ya no sucede únicamente sobre las pasarelas, sino también en las experiencias que las marcas construyen a su alrededor.
Mi recorrido comenzó con una cita especialmente significativa para la moda española: el estreno en el Instituto Cervantes de París de El eco de otras voces, el documental sobre la vida y trayectoria de Adolfo Domínguez, dirigido por su hija, Adriana Domínguez. Coincidiendo con el 50 aniversario de la firma, la proyección reivindicó el legado del diseñador en una ciudad fundamental para su historia. La buena acogida convirtió el encuentro en una celebración de la moda española y de su capacidad para trascender generaciones.
También pude asistir al re-see de la colección primavera-verano 2027 de Dries Van Noten. Ver los looks de cerca, descubrir sus texturas y proporciones y escuchar al equipo explicar las referencias creativas permite comprender todo aquello que una fotografía no siempre transmite: el trabajo minucioso detrás de cada silueta y cada estilismo.
Otra parada fue café rhode, la activación de la marca de Hailey Bieber en Le Bonaparte con motivo de su llegada a Sephora Europa. El bistró parisino se transformó en una extensión de su universo, con detalles personalizados y una hospitalidad especialmente cuidada. Una experiencia cercana que demuestra cómo la belleza también ha encontrado su lugar en el calendario de la moda.
En Le Marais descubrí, además, el nuevo concepto de Claudie Pierlot, un espacio que combina la casa normanda con el apartamento parisino contemporáneo. La visita permitió conocer su colección, sus materiales y una evolución hacia una identidad más madura, sin renunciar a su esencia francesa.
El broche final llegó con Re{form}, la primera colección de John Galliano para Zara. En un edificio histórico, cada sala proponía una experiencia diferente a través de vídeos, música, patrones, efectos visuales y elementos interactivos. Una presentación inmersiva que reinterpretaba los códigos del archivo de Zara bajo la mirada de Galliano, con su característico juego de deconstrucción, romanticismo y teatralidad.
Después de estos días, me quedo con una idea: París sigue siendo el gran escenario de la moda, pero su lenguaje evoluciona. Las colecciones importan, por supuesto, pero también cómo se cuentan, dónde se presentan y qué emociones despiertan. En una industria saturada de imágenes, la diferencia está en conseguir que la moda no solo se vea, sino que se experimente.
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