Los setenta años recién cumplidos de Stevie Wonder
Con 10 años firmó su primer contrato, con 11 grabó su primer disco, y con 13 obtuvo su primer nº 1 en las listas del Bilboard. Hoy tiene 25 premios Grammy, ahí es nada
El pasado día 13, una de las voces más carismáticas de la música popular desde la segunda década del pasado siglo cumplió setenta años. Compositor, vocalista, productor, arreglista y virtuoso en la interpretación de casi todo lo que se puede hacer sonar para construir armonías, Stevie Wonder se sitúa hoy entre las figuras más respetadas del universo pop, no solo por desempeñar una carrera que inició siendo un niño prodigio capaz de tocar la armónica en niveles estratosféricos –los que aspiramos a soplarla sabemos lo complejo que es su mundo y lo difícil que resulta extraer de la vieja “arpa” blusera los endemoniados registros que Wonder obtiene de la suya– sino que se ha mantenido durante más de medio siglo en lo más alto del escalafón de intérpretes de música sin fronteras, cuyos acentos proceden naturalmente de su inconfundible patente góspel, pero cuya trascendencia ha superado las barreras del acento racial y las raíces de negritud, para convertirse en un fenómeno intercultural que no conoce fronteras.
Stevie Wonder ha obtenido veinticinco premios Grammy a lo largo de su carrera y ha vendido más de cien millones de discos en todo el mundo, y su extraordinaria contribución a la música popular hace de este corpulento pianista y armonicista de dedos mágicos y amplia sonrisa, la referencia obligada a la hora de escuchar, comprender y admirar un género mixtura de un notable y rico conjunto de tendencias que él contribuyó a consolidar y que medio siglo más tarde sigue vigente y admirable, tan actual y tan vivo como cuando lo fichó con once años un cazatalentos de perspicacia sin igual llamado Berry Gordy para su recién creado sello musical que aspiraba a dominar una gran bolsa de mercado entreverado de nuevas tendencias, victorias y progresos sociales de una creciente, progresiva e influyente población negra.
El género accesible
La música que venía y que arrasaría en un amplísimo panorama de la población estadounidense, brotaba en efecto de las viejas raíces del blues y el góspel, tenía acento sureño y rendía culto a los pioneros, desde Robert Johnson a Buddy Guy, de Bo Diddley a T-Bone Walker, de Willie Dixon a Muddy Waters, de BB King a Memphis Slim... Pero su concepción había otorgado al tradicional género una vuelta más de tuerca y predicaba un “soul” menos trascendental, un “blues” menos canónico y un “góspel” menos místico, construyendo un distintivo bailable, cantable, poderoso y libre que permitía su acceso sin puertas cerradas ni ridículas cortapisas. Predicaba un nuevo y contagioso “pop” una década después de la muerte de Otis Redding –el avión en el que viajaba se precipitó al lago Manona en Wisconsin a primeros de diciembre de 1967 unos días antes de que su universal éxito “Sittin’ on the Dock of the Bay” llegara a las tiendas– y proponía la posibilidad de que todo el mundo pudiera escucharlo, fuera cual fuera el tono de su piel. Escucharlo e incluso hacerlo.
En aquellos años finales de la prodigiosa década, un creciente e inspirado círculo de bandas especialmente sureñas compuestas en su mayoría por músicos blancos, se unió a la propuesta planteando el llamado “Blue Eyed Soul” en el que se integraron formaciones tan exitosas y respetadas como “Box Tops”, “Young Rascals” o “Lovin’ Spoonful” que se apuntaron y obtuvieron un notable éxito recreando el novedoso género. Aquel fue un tiempo creativo, brillante y artísticamente estupendo, con gentes de calidad y notable valor de estirpe blanca y por supuesto, de estirpe negra. Por ejemplo, “Earth, Wind & Fire”, “5ª Dimension” y, desde 1968, una banda vocal creada a partir de un vínculo familiar llamada “Jackson Five” cuyo hermano menor sería, andando el tiempo, el máximo exponente del nuevo pop de la década siguiente. El jovencísimo Michael Jackson superó no solo a todos los de su saga sino que se hizo el amo.
El niño prodigio
Pero antes de que la década de los ochenta cambiara radicalmente el concepto de excesiva ortodoxia que acosaba y cortocircuitaba el progreso de la música negra, un niño de once años dejó a todos boquiabiertos.
Berry Gordy era entonces y sigue siendo ahora que ha cumplido noventa y seis años, el más perspicaz talento para hallar los mejores artistas en los mejores momentos. Él descubrió a Smokey Robinson, a Marvin Gaye, a las “Supremes”, a “Temptations”, a “The Four Tops” y también a Stevie Wonder, naturalmente. Cuando en 1958 fundó y puso en marcha el sello Tamla Motown, tenía tras de sí una exitosa carrera en el complejo universo de la canción que inició muy joven tras cursar una corta y no demasiado brillante carrera en el boxeo, militando en el peso pluma, y otorgando parte de su juventud a las Fuerzas Armadas, en cuyas filas permaneció tres años hasta regresar a su ciudad de nacimiento, Detroit en el estado norteño de Michigan, donde se puso a trabajar en el sector de la música. Gordy fundó la impagable Motown calibrando las posibilidades de aquella que tan bien conocía como argumento expansivo y no solo guardado para las gentes de su raza, y no hay más que escuchar temas como “Dancing in the Street” de “Martha & the Vandellas” o “My Girl” de “Temptations” para comprender que el ritmo, la fuerza, la pegada del sector rítmico y la cascada de sonido que se encierra en ellas es razón suficiente para convertir a cualquier descreído en un activo devoto de semejante propuesta.
En 1961, cuando acababa de cumplir once años, Berry Gordy descubrió, promocionó, educó e hizo suyo a un niño prodigioso llamado Stevland Hardaway Judkins, al que prefirió cambiar el nombre para hacerlo más accesible y al que llamó Stevie Wonder.
Stevie Wonder había nacido en la localidad de Saginaw, en el estado de Michigan, el 13 de mayo de 1950 y era el tercero de los seis hijos habidos de la unión entre un tal Calvin Judkins y una mujer de etnia guineana llamada Lula Mae Hardaway, a la que pronto abandonaría. El pequeño se adelantó seis semanas y hubo de permanecer en la clínica auxiliado por una incubadora que, sin embargo, resultó también su peor enemigo. Un ámbito demasiado rico en oxígeno le produjo un daño irreparable en la retina y lo dejó completamente ciego unas semanas después de su nacimiento.
La pareja se divorció cuando Stevie tenía cuatro años y Lula se fue con sus hijos a Detroit. Y fue allí, en la parroquia baptista de Whitestone, donde aquella criatura comenzó a cantar dejándolos a todos turulatos. Aquel niño ciego no solo cantaba sino que mostraba unas condiciones casi mágicas para tocar cualquier instrumento, si bien en los primeros momentos desarrolló una insuperable habilidad para tocar el piano y la armónica, aunque también probó con sumo aprovechamiento a tocar la guitarra y la batería. Junto a un amigo llamado John formó un dúo para tocar y cantar en fiestas e incluso en las esquinas de las calles. Allí lo descubrió quien tenía contactos en el mundo de la música y lo puso en la órbita del productor Berry Gordy.
Y con él firmó su primer contrato mientras era alumno de una institución estatal para niños ciegos llamada Michigan School for the Blind en Lansing, tiempo en el que grabó su primer disco titulado “The Jazz Soul of Little Stevie”. No fue un éxito, pero estuvo muy bien.
En aquel primer compás de la nueva década y recién cumplidos los diez años, Stevie Hardaway compuso su primera canción, un tema muy básico llamado “Lonely Boy” que, sin embargo, a un músico de la talla de Ronnie White –uno de los “The Miracles”– le pareció sorprendente para una criatura de su edad y además, invidente. Fue él quien avisó a Berry Gordy para que lo escuchara y luego ya se vería. El resultado fue una audición con el todopoderoso manager a la que asistió en compañía de su madre y de la que salió con un contrato rubricado que le unió al que ha sido su sello fetiche durante su larga y fecunda vida como autor, cantor e instrumentista.
Gordy siempre ha padecido fama de tacaño y explotador de sus artistas, y las condiciones de aquel primer contrato algo dicen de ello. Tenía una duración de cinco años y en él se fijaba que la compañía retendría los royalties del niño hasta que cumpliera veintiún años. Él y su madre deberían pagar un estipendio semanal de dos dólares y medio, y el sello se haría cargo de ponerle un tutor que le acompañaría y le enseñaría durante todas las giras.
De hecho, junto al músico Clarence Paul, el niño comenzó a trabajar en la creación de dos álbumes que, por imposición del propio Berry, serían interpretados por un novedoso Little Stevie Wonder, como quiso el productor que su joven talento fuera conocido a partir de entonces. El segundo de los trabajos, titulado “Tribute to Uncle Ray”, fue íntegramente dedicado a Ray Charles. Con doce años, el pequeño Steve ya estaba haciendo giras. Con trece años conquistó su primer número 1 del Billboard. Un tema instrumental llamado “Fingertips”, compuesto por Clarence Paul para armónica.
De San Remo a la publicidad para la Dirección General de Tráfico, medio siglo de éxito
Stevie Wonder es hoy uno de los músicos norteamericanos más conocido y escuchado del planeta, y de hecho su figura no solo es bien tenida y admirada en su país natal sino que el mundo entero le guarda una particular devoción y una profunda simpatía. Y es que Stevie Wonder –quien abandonó por si mismo su apelativo de “Little” en cuando pasó de niño a adolescente- ha frecuentado medios y sensaciones que podrían no serle expresamente propios. Por ejemplo, en 1969 y defendiendo junto a la intérprete Gabriella Ferri –era una belleza rubia que se suicidó a la edad de 61 lanzándose por la ventana de su apartamento en Viterbo- una canción titulada “Se tu ragazzo mío” en el Festival de la Canción de San Remo. Pero la más sorprendente y famosa intervención del cantante en un campo que no era estrictamente el propio se produjo en 1985 y convirtió a Wonder en una imagen institucional de un país tan alejado del suyo como España.
“Si bebes no conduzcas”
En aquellos años, la Dirección General de Tráfico se movía en términos de desesperación y sentía la necesidad de afrontar una maniobra de alto voltaje para detener la sangría que estaba asolando las carreteras españolas. En 1989, 9.344 personas se dejaron la vida en un accidente de tráfico, y si bien la imposición de controles para combatir la alcoholemia al volante había entrado en vigor a principios de la década, la conciencia de conducir sobrio no había penetrado en la población nacional y la DGT decidió afrontar el desarrollo de algún argumento que sacudiera la conciencia de los conductores y frenara de una vez por todas aquella terrible escabechina. Fue Jesús del Pozo, responsable de las relaciones exteriores de la firma discográfica RCA, quien se sintió inspirado por la película “La mujer de rojo” protagonizada por Kelly Le Broock y Gene Wilder y se puso en contacto con el ministerio para trasmitirle una ingeniosa sugerencia. La música estaba firmada por Steve Wonder y James Horner, y en la banda sonora figuraba, además de su tema estrella titulado “I just call to say I love you” otro de menor potencia pero con muchas posibilidades que se llamó “Don’t drive druk” y que Del Pozo propuso a la DGT para convertirlo en publicidad institucional. Se aceptó.
El spot se grabó en Los Ángeles, costó 300 millones de pesetas y el intérprete no cobró nada por hacerlo teniendo en cuenta que era un entusiasta defensor de la seguridad vial y solía afirmar que prefería conducir un coche él mismo – invidente de nacimiento- antes de meterse en un automóvil con un conductor beodo.
El anuncio se coronaba con una intervención de Stevie en español. “Hola, soy Stevie Wonder. Recuerda, si bebes no conduzcas” y teniendo en cuenta la deplorable pronunciación del intérprete norteamericano, el texto apenas era comprensible. Pero paradójicamente en aquel simpático galimatías idiomático estuvo el triunfo de la idea. Tráfico acompañó su exitosa campaña con un gráfico y esta trágica ecuación: Coche + Copas = Ambulancia. También le regaló al músico una hermosa guitarra de doce cuerdas.
25 Grammy y un Oscar
Stevie Wonder no solo ha ganado 25 Grammy –el último en 2006 gracias a la canción “For once in my life” que hizo junto a su amigo Tony Bennett- sino que también es Óscar de Hollywood por la película de 1985 “Woman in red”. Está desde 2002 en el Hall of Fame, ha tocado en la Casa Blanca y muchas de sus canciones como “You are the sunshine of my life”, están depositadas en la Biblioteca del Congreso. Ha colaborado con lo más prestigioso de la música desde Barbra Streisand a Michel Jackson, Maria Carey o Paul McCartney al que aportó su armónica en una grabación reciente. Es caballero de la Legión de Honor y Comendador de las Artes y de las Letras en Francia, y ha puesto en el mercado 35 álbumes de larga duración en sus cincuenta años de oficio.
Se ha casado tres veces y actualmente está unido desde 2017 a Tomeeka Bracy con la que tiene dos hijos. Stevie tiene nueve, producto del actual y de sus anteriores matrimonios y relaciones al margen de ellos.
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