Gabriel del Campo, de vivir en varios países a hallar la felicidad en un pueblo de Toén: "Tengo una sensación de libertad absoluta"

UNA OURENSANA, EL AMOR DE SU VIDA

Hace medio siglo, su suegro se lo advirtió del potencial de O Olivar: "Hay que tener visión, Gabi". Hoy, tras jubilarse y recorrer medio mundo, este donostiarra le da la razón disfrutando de una calidad de vida envidiable: "Tengo aquí lo que me hace feliz, la tranquilidad, a mí me gusta leer, me gusta hacer deporte".

Gabriel del Campo posa con el paisaje que se observa desde su casa, en la aldea de O Olivar (Toén).
Gabriel del Campo posa con el paisaje que se observa desde su casa, en la aldea de O Olivar (Toén). | Alán Pérez

Gabriel nació en San Sebastián (País Vasco) sin saber que su apellido (del Campo) acabaría siendo premonitorio. Desde el mes de mayo se ha instalado en la aldea de O Olivar, perteneciente a la parroquia de Puga (Toén), tras una vida laboral dedicada a la industria energética que le ha llevado a vivir en distintas partes del mundo: Reino Unido, Francia, Marruecos o Australia. También en las ciudades más grandes de España, como Madrid y Barcelona.

Su llegada a este pueblo no es casualidad. Su conexión con la provincia comenzó cuando fue a Madrid a hacer la mili y conoció a Teresa, una mujer ourensana que fue el gran amor de su vida.

En el año 1973, el padre de ella, Ramón, llevó a Gabriel a conocer la vivienda que había rehabilitado en O Olivar. “Yo le decía: ‘Esto está muy aislado, Ramón, ¿te vale la pena?’. Y me contestó: ‘Hay que tener visión en la vida, Gabi. Llegará un día en que irás a la playa en 50 minutos, a Santiago lo mismo y a Madrid en tren podrás llegar en menos de cuatro horas”, recuerda del Campo.

Él creyó que su suegro era demasiado optimista, pero al final incluso pecó de prudencia, ya que el AVE a Madrid tarda poco más de dos horas. “Pensé: ‘Eso no lo voy a ver yo’. Pues sí, lo he visto”, asegura.

En ese momento, él no se imaginaba que este pueblo se acabaría convirtiendo en su hogar. La primera vez que se mudó a vivir a este entorno idílico fue en 2015. Lo decidió mientras trabajaba en Porriño (Pontevedra), al fin y al cabo la distancia desde O Olivar hasta la oficina no era muy grande gracias a que la aldea tiene la autovía muy cerca.

Estuvo hasta 2018 y ocho años después ha decidido volver dejando de lado Madrid, pese a tener casa allí. “Tengo aquí lo que me hace feliz, la tranquilidad, a mí me gusta leer, me gusta hacer deporte. Aquí puedes poner la radio al volumen que quieras, no molestas a nadie. Tienes una tranquilidad en un entorno magnífico”, señala.

Gabriel del Campo, en una de las calles de O Olivar.
Gabriel del Campo, en una de las calles de O Olivar. | Alán Pérez

Su vivienda presenta un aspecto muy alegre gracias a las plantas, que dan color a la casa, algunas de ellas traídas por Teresa desde París. Ella definía este hogar como “una gran terraza con una casita”. Sin duda, esta estancia es la joya de la corona, ya que cuenta con unas vistas a un entorno privilegiado dominado por los viñedos y el río.

“Tumbarte aquí por la noche es un lujazo porque ves toda la cúpula estelar. También tomarte un café, yo desayuno en la terraza todas las mañanas”, confiesa del Campo.

Perspectiva de la distancia

A sus amigos aún les sorprende que viva en Toén. La primera vez que se mudó a la aldea, a una compañera de trabajo de O Porriño le desconcertó que se fuese a un pueblo de Ourense. “Como si me hubiera ido a Tanzania… No pude evitar decirle: ‘¿Sabe usted lo que yo tardo de la puerta de mi casa a esta silla de mi despacho? 45 minutos. ¿Sabe lo que tardo desde mi casa de Majadahonda al centro de Madrid, que puede haber 14 kilómetros, si salgo después de las ocho de la mañana? Una hora y cuarto”, recuerda.

Ahora que se ha jubilado, utiliza el coche para disfrutar de sus aficiones, como ir a jugar al padel, al golf o ver una película en el cine. No es un inconveniente porque la distancia es pequeña. “Voy los sábados a jugar al golf con amigos y alguien puede pensar: ”Pero tienes una hora de conducción”. Sí, es verdad, pero hay mucha menos gente que en cualquiera de los campos Madrid y es más económico. Es decir, puedo hacer deporte, estoy en la naturaleza y tengo una sensación de libertad absoluta, no me siento en el ostracismo aunque no haya mucha gente”, comenta.

Además, vivir en O Olivar no le impide hablar con su nieto, quien vive en Australia y con quien hace videollamadas con frecuencia.

Hoy Gabriel disfruta de la visión que Ramón tuvo hace más de cincuenta años. “Esa percepción de las distancias es una limitación enorme y de ahí creo que nacen muchas cosas que le impiden a la gente ser más feliz en un sitio como este”, reflexiona.

El alcalde de Toén, Ricardo González, está encantado con la llegada de Gabriel a O Olivar. “Es un vecino fantástico que se ha integrado perfectamente. Él se ha dedicado a viajar toda su vida y es un gran ejemplo de cómo puedes encontrar tu lugar en el mundo en el rural gallego”, afirma. Además, González se muestra satisfecho con que muchas familias hayan encontrado en las aldeas de Toén el lugar para quedarse a vivir.

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