Omar Rodríguez, de Barcelona a Grixoa: “Por unas semanas, el pueblo finge no estar muerto, y las luces se encienden”

SIEMPRE QUE PUEDE REGRESA

Omar Rodríguez, residente en Barcelona, regresa siempre que puede a la aldea de Grixoa, en Viana

Omar Rodríguez
Omar Rodríguez

Residente en Barcelona, Omar Rodríguez regresa siempre que puede a la aldea vianesa de Grixoa. Desde pequeño, los periodos estivales han sido siempre en este enclave, disfrutando de la naturaleza, de la compañía de “los de siempre” y de una reconexión con sus orígenes.

Pregunta. ¿Cuál es su vínculo con Viana do Bolo?

Respuesta. Mi vínculo es la sangre y la memoria. La tierra. Mi padre nació allí, en Grixoa, un puñado de casas de piedra y pizarra colgadas en la montaña que algunos llamarían paraíso. Yo lo llamo el origen. El sitio al que perteneces aunque te hayas marchado. No es un recuerdo amable de postal, es un ancla. Es el lugar donde aprendí que la vida, la de verdad, olía a hierba mojada y a humo de leña, y que el silencio de la noche allí suena más fuerte que todo el ruido de la ciudad.

P. ¿Por qué regresa todos los años?

R. Uno no regresa porque quiere, sino porque no tiene más remedio. Es un asunto de lealtad. Allí tengo casa, que es como decir que tengo trinchera. Y queda familia, la estirpe, y amigos de los que no se gastan. Pero vuelvo, sobre todo, por la paz de los cementerios. Por el silencio. Vuelvo por el rito del magosto, con el fuego, el vino que raspa y las conversaciones sin pamplinas. Por las fiestas de San Pedro, que eran la vida entera en tres días. Y por el recuerdo de la siega, sudando la camisa de verdad, de sol a sol. Un trabajo de bestias que te enseñaba más sobre el mundo que cinco másteres universitarios. Para un crío de ciudad, aquello era la vida, sin adjetivos. Era real.

P. ¿En qué periodo del año le gusta más venir?

R. El verano. No hay discusión. Es cuando regresa la diáspora. Cuando los que se fueron a buscarse el pan a Cataluña, a Suiza o a Madrid vuelven a casa. Por unas semanas, el pueblo finge no estar muerto, y las luces se encienden en ventanas que llevan meses a oscuras. Es un espejismo, pero bendito espejismo.

P. ¿Qué valora del rural en contraposición a la ciudad?

R. La ciudad es el ruido y la furia. Un manicomio de gente con prisa que no va a ninguna parte. El campo es el tiempo de verdad. Es la intemperie. Es mirar al cielo y saber si va a llover sin necesidad de una aplicación en el móvil. Es la decencia de comer algo que sabe a lo que es: un tomate que sabe a tomate, un chorizo que hizo tu vecino, un trozo de pan que pesa. En la ciudad se sobrevive, se compite, se posturea. Allí, a veces, se vive. Y aquí, casi siempre, se come como Dios.

P. ¿Qué echa de menos cuando está aquí?

R. Poca cosa. O nada. La tontería de levantar hierros en un gimnasio, supongo. Y a los míos, a los que se quedan aguantando en el asfalto. El resto es ruido de fondo, perfectamente prescindible.

P. ¿Qué le gusta hacer en el tiempo que pasa en estas tierras?

R. Lo que ya no se hace en ninguna parte. Correr al amanecer, con el frío metiéndose en los pulmones. Comer sin prisas. La liturgia de ir a la feria a por pulpo, con una botella de vino y buena compañía. Perderse. Coger el coche sin rumbo, por carreteras donde no te cruzas con nadie en una legua, y acabar en una aldea que no sale en los mapas.

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