Julio Ancochea, el niño médico de Trives
VIDA
El neumólogo Julio Ancochea, referente del Hospital La Princesa con raíces en Terra de Trives, abandera el humanismo médico, la docencia y el compromiso social en la sanidad
Figura indiscutible de la neumología española, el doctor Julio Ancochea atesora una trayectoria vital y profesional profundamente marcada por el humanismo médico. Heredero de la vocación de su abuelo como médico rural en su adorada Terra de Trives, compagina su Cátedra en la Universidad Autónoma de Madrid con una incansable labor solidaria internacional en pro de los desfavorecidos y los colectivos más vulnerables mientras ejerce su especialidad como jefe del Servicio de Neumología del Hospital público de La Princesa de Madrid. Desde su liderazgo en primera línea durante la crisis del covid hasta su visión sobre el futuro de la profesión médica reivindicando la cercanía con el paciente, Ancochea encarna la simbiosis entre el rigor científico, el compromiso social y la más cálida dimensión afectiva del arte de curar.
Pregunta. Como cada verano, está ahora en Trives. ¿Qué significa para usted volver?
Respuesta. Vuelvo a Trives y recupero mi esencia, mis sueños. Vuelvo a ser un niño. Todo está lleno de recuerdos, están ahí a mano. Esos recuerdos para mí son para toda la vida, porque Trives para mí es hablar de la niñez, de gozo, de estar en casa. Es notar de nuevo la presencia de personas que ya no están, como mis padres, que viven en mí para siempre y siguen haciéndome sentir el cariño con que me criaron. Recupero mi esencia, mis amigos. Volver a Trives es añoranza, sentimiento, gozo, orgullo de pertenencia. Porque yo soy muy de Trives, esté donde esté, y he estado en los cinco continentes. Y de alguna manera también los valores que han vertebrado mi vida, donde nació mi vocación médica. Hay una semana de mis vacaciones en la que vengo solo. Luego ya viene mi mujer y ya compartimos proyectos. Pero hay una semana en la que yo recupero la esencia, los olores, los sabores, una que otra parranda con los amigos de siempre. Sé que soy un sentimental, me lo dice mucha gente. Es un cúmulo de emociones. El vino de la Ribeira Sacra, el pulpo, la bica mantecada... Cargo las pilas porque yo de Trives soy militante, creyente y practicante.
P. Y, desde 2023, lo hace como hijo predilecto de la localidad.
R. Para mí fue algo muy especial, inesperado. Me llena de orgullo, aunque inmerecido, pero me vincula para siempre a mi pueblo, aunque ya estaba vinculado.
P. Decía que fue aquí donde nació su vocación.
R. Mi abuelo, que nació en Maceda, estaba en la Universidad de Santiago. Hizo, de hecho, la tesis con el profesor Nóvoa Santos y tenía una brillante carrera académica. Llegó la famosa y mal llamada gripe española de 1918, y mi abuelo dejó la universidad, se vino a su pueblo, montó a caballo y con un perro iba por las aldeas tratando y ayudando a la gente. Luego se enamoró de mi abuela, de Trives, y él vino aquí y fue médico y médico forense hasta que se jubiló. Vivió toda la vida en Trives. Yo vivo en la casa del abuelo, una casa que data de 1883. Estoy arreglando la galería porque esta casa es la ruina (risas) es antigua y abajo está todavía la sala donde mi abuelo tenía los rayos X, su despacho y el quirófano porque él hacía de todo, que los estoy tratando de rehabilitar. Yo en Trives, aunque esté de vacaciones, también paso consulta y veo a mucha gente que quiere hablar conmigo, comentarme sus cosas, sus enfermedades, sus tratamientos. Cuando me jubile, pues acabaré teniendo un despachito que será el de mi abuelo. Seguiré ejerciendo mi vocación, que viene de él.
P. ¿Era lo que hoy reivindican como médico rural?
R. Sí. De hecho, como presidente de Asomega, soy patrono de la Fundación del Médico Rural de Maceda, que es excepcional, por cierto. Allí hay una sala con algunos materiales que tenía mi abuelo, su quirófano, el diploma de su graduación y de su tesis doctoral. Yo reivindico ese médico rural, cercano, como decía Otero Pedrayo de su padre, que era médico rural en Trasalba, esos médicos que conocen los sonidos y los silencios de la aldea.
P. A pesar de que su trayectoria está más ligada al ámbito hospitalario, ¿cómo influye esta herencia de médico rural en su día a día?
R. Influye mucho. Yo tengo una relación muy directa con la Sociedad Española de Médicos Generales y de Familia y en concreto con SEMG Galicia. Juntos hemos convocado varias ediciones del Premio de Medicina Rural para potenciar y valorar todo este ámbito de actuación, esa medicina de proximidad, que tiene mucho que ver con la longevidad. Tenemos muchas mujeres centenarias, sobre todo mujeres, pero también varones, tanto en la zona rural de Ourense y le sigue de cerca Lugo. Eso es un ejemplo a nivel nacional, el estilo de vida, la alimentación, los alimentos de proximidad, la actividad física, las relaciones humanas, las emociones compartidas... Todo esto es muy importante. De manera que la medicina rural, que a veces carece de medios e incluso de profesionales, es un ejemplo de lo que es el médico de verdad. Yo procuro ejercer esa medicina en mi hospital. Siempre hablo de la dimensión humana de la medicina. Decimos que la medicina es ciencia, es arte, son valores, pero también es sentimiento. Hay una medicina basada en los afectos, porque los médicos somos personas que trabajamos con, por y para personas, y estas personas piensan, sienten, lloran, sufren y viven con la enfermedad a menudo una situación de incertidumbre. De esos múltiples premios que te dan cuando eres mayor, como el de Médico del Año, recuerdo un titular de un periódico nacional que decía: “Mis enfermos me quieren y yo les quiero”. Y esa relación es la esencia de la medicina.
P. Y es una esencia que también lleva a su labor humanitaria.
R. La verdad es que sí. Una de las mayores alegrías, quizás después de lo de Hijo Predilecto de Trives, fue que este año la reina doña Letizia me entregó la Medalla de Oro de Cruz Roja Española. La palabra clave de todos los premiados era “compromiso”. ¿Qué significa compromiso? Obligación contraída, palabra dada. En ese sentido, yo soy un médico comprometido con lo social y con los desfavorecidos. Cuando fui presidente de la Sociedad Española de Neumología y Cirugía Torácica entre 2006 y 2009, creamos SEPAR Solidaria y desarrollamos proyectos en Nicaragua, en Umvita (Colombia) compramos cocinas porque allí padecen EPOC, no porque fumen, sino por biomasa. Me fui a Zambia, sigo activo en la Alianza Sáhara Salud, en enero estuve en los campamentos de refugiados saharauis, y en Asomega tenemos el Proyecto 21 con Asomega Nova, Asomega Muller y Asomega Internacional. La red de Asomega está formada por médicos de todo el mundo, el año que viene tendremos un encuentro en Santiago con profesionales de los cinco continentes. Colaboramos con la Fundación Andrea, la Asociación de Amigos de los Niños Oncológicos de Galicia, Aspronaga, las monjitas de San Vicente de Paúl, la Fundación Recover, apadrino niños en Senegal y con Cruz Roja mantenemos proyectos como Stop Epidemias, que alcanzó su máxima expresión durante la pandemia de covid.
P. ¿Por qué Neumología?
R. Siempre digo que los neumólogos somos poetas del aire. Yo hablo del milagro de la respiración. Usted está respirando quince o dieciocho veces por minuto y no se da cuenta. Cada vez que inspira, arrastra medio litro de aire que llega a 300 millones de alvéolos. Y ahí se produce el milagro de la respiración, ese oxígeno pasa al capilar sanguíneo y, transportado por la hemoglobina, lleva vida a todo el organismo. Por eso digo que los neumólogos somos poetas del aire. Aire para respirar, aire para vivir. Tengo muchos amigos poetas y enfermos poetas, como Félix Grande, Paca Aguirre o Javier Reverte. Antonio Hernández, discípulo de Luis Rosales, me dedicó un libro precioso titulado “Nueva York después de muerto” porque Luis Rosales se moría con la pena de no escribir un libro dedicado a Lorca y Antonio Hernández le dijo: “Maestro, yo lo escribiré por usted”. Y está dedicado a un chaval de Trives.
P. En su carrera, uno de los puntos más críticos fue estar en primera línea del covid. ¿Cómo lo recuerda?
R. El covid fue tremendo. Siempre digo nos hizo mejores personas. Los neumólogos lo vivimos en primera línea de combate; éramos la puerta de entrada y salida de la UCI. Como las camas escaseaban, creamos una Unidad de Cuidados Respiratorios Intermedios (UCRI) con ventilación mecánica no invasora que llegó a tener 180 pacientes, ocupando toda el área de cirugía mayor ambulatoria. Fue un reto extraordinario. Nos hizo mejores personas y nos enseñó una lección termenda. Con los neumólogos y otros especialistas trabajamos juntos como una orquesta, conjugando la primera persona del plural. Yo me infecté dos veces de covid, pero trabajé como nunca, buscando la sonrisa del paciente en su mirada a través de la mascarilla y apretándole la mano. La pandemia fue un reto tremendo pero fue maravilloso ver cómo fuimos capaces de unirnos, de investigar, de no dormir luchando.
P. ¿Cambió la medicina para siempre o ya lo hemos dejado atrás?
R. A veces la memoria es frágil, y esto se lo aplico también al reconocimiento y la gratitud, que no siempre están de moda. Uno de mis pacientes y amigos, Ángel Gabilondo, que fue quien me entregó el Pulmón de Oro, que se lo dieron a uno de Trives. Él siempre dice que cuando sólo quede una palabra en nuestro diccionario debe ser “gracias”. Pero de la pandemia, con todo lo dramático que fue, también tenemos que agradecer que nos unió más. Recientemente se ha creado la Agencia Española de Salud Pública, lo que nos dejó la lección clara de que hay que contar con los auténticos expertos. Además, la crisis sanitaria demostró la importancia del enfoque One Health y un gran ejemplo fueron las vacunas.
P. Es también es profesor universitario. ¿Qué le aporta su trabajo como docente?
R. Soy catedrático de Neumología de la Universidad Autónoma de Madrid. Estudié en los Maristas de Ourense y mi padre decidió que hiciese Medicina en la Autónoma, así que con 16 años me fui a Madrid y me quedé para siempre, hice la tesis doctoral y escalé hasta catedrático. Trabajo en el Hospital de La Princesa de Madrid, donde hoy, 43 años después, soy el médico en activo más antiguo y llevo 25 años como jefe de servicio de Neumología. Me encanta la docencia y seguir vinculado a la formación médica.
P. Más allá de la parte técnica y científica, ¿cuál es el gran consejo que le da a estudiantes y residentes?
R. Tengo un decálogo que transmito en un proyecto que llamamos “Be neumo, be you”. Ese decálogo abarca desde el respeto a la vida y la dignidad de las personas hasta la competencia científica basada en la evidencia. Pero también una medicina basada en los sentimientos, en la afectividad. Insisto mucho en la inteligencia emocional, el trato humano, la empatía y la humanización. Les pido espíritu universitario, formación permanente, humildad, trabajo en equipo y generosidad y solidaridad, porque la medicina es una profesión centrada en los demás.
P. ¿Hacia dónde va el horizonte de la medicina?
R. Vivimos un momento de profundos cambios. Por un lado, asistimos a una gran feminización de la profesión. Por otro, como comenta Ángel Carracedo, el gran reto es encontrar el equilibrio necesario entre las nuevas tecnologías, la digitalización y la inteligencia artificial con la medicina de cercanía, de proximidad, de ese médico entrañable en el que confiar, porque la confianza es la base de la relación médico-paciente. Y también debe cuidar más a sus profesionales, tanto de enfermería como de medicina, con cuestiones como el precio de la vivienda. La medicina del futuro curará lo incurable pero no debemos abandonar el espíritu del padre de Otero Pedrayo de conocer los sonidos y los silencios de la aldea, tratar al enfermo como persona y no ser sólo un algoritmo. Como dice Ángel Gabilondo en uno de sus libros, “hablar con alguien es quererle”.
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