El valor del silencio

María José Novo, profesora del colegio Padre Feijóo Zorelle

El valor del silencio
El valor del silencio

El mundo actual no deja de sonar, las pantallas zumban, los coches rugen, la música no cesa y las notificaciones nos persiguen, por lo que el silencio parece haberse vuelto un bien escaso. Sin embargo, más allá de la ausencia de ruido, el silencio guarda un valor profundo: es espacio, pausa y escucha. En la música, en la infancia y en la educación, el silencio no es vacío, sino una forma de presencia consciente que nos enseña a escuchar mejor a los demás y a nosotros mismos.

El silencio en la música: la otra mitad del sonido

“Sin silencio, la música sería ruido”, decía el compositor francés Claude Debussy, para quien el arte de la música residía precisamente en los espacios entre las notas. En esas pausas vive la emoción, la tensión, la sorpresa o el descanso. Un silencio bien colocado puede decir más que una cascada de sonidos; puede hacer que un acorde resuene en el interior de las personas mucho tiempo después de haberse apagado.

En música, el silencio también es parte del lenguaje porque tocar o cantar no solo consiste en emitir sonidos sino también en controlar los tiempos del silencio. Desde el compás inicial de una sinfonía hasta la respiración entre dos frases de una canción, el silencio estructura el discurso musical y le da sentido. Las pausas, los calderones, los momentos en que nada suena, son los que permiten al oyente percibir el ritmo, anticipar lo que viene y apreciar lo que acaba de escuchar.

El silencio en los niños: un refugio y una herramienta

Los niños de hoy crecen rodeados de estímulos constantes: pantallas luminosas, música de fondo, videojuegos inmersivos, juguetes que hablan, notificaciones que parpadean... En medio de tanto ruido, el silencio puede parecerles algo incómodo o incluso aburrido. Sin embargo, es precisamente ese silencio el que necesitan para desarrollar su mundo interior porque les ofrece la posibilidad de observar, imaginar y sentir. Cuando un niño se detiene a escuchar su propio corazón, el viento, el canto de un pájaro o el sonido lejano de una campana, está entrenando su capacidad de atención y su sensibilidad porque es en el silencio donde florecen la curiosidad y la creatividad, y se regulan las emociones.

El silencio en la educación: un aliado invisible con valor pedagógico

En el marco de la Agenda 2030 de las Naciones Unidas, el Objetivo de Desarrollo Sostenible (ODS) 4, referido a la educación de calidad, plantea la necesidad de garantizar una enseñanza inclusiva, equitativa y de calidad, promoviendo oportunidades de aprendizaje a lo largo de toda la vida. Este propósito trasciende la adquisición de conocimientos técnicos o académicos, e implica también el desarrollo integral de la persona en sus dimensiones cognitiva, emocional y social.

En este contexto, la importancia del silencio adquiere una relevancia especial como componente esencial del proceso educativo porque, lejos de ser una mera ausencia de sonido, se convierte en un espacio de escucha activa, reflexión y atención consciente donde el aprendizaje puede desarrollarse de forma más profunda y significativa. La pedagogía contemporánea comienza a reconocer que el exceso de estímulos, la sobreexposición a la información y la constante hiperactividad en el aula pueden obstaculizar la interiorización del conocimiento.

Desde la perspectiva de los ODS, el silencio puede relacionarse directamente con varias metas. En primer lugar, con el ODS 4, al favorecer una educación centrada en la persona que promueva la autorregulación emocional, la capacidad de concentración y la formación integral del individuo. En segundo lugar, con el ODS 3 (Salud y bienestar), ya que los espacios de calma y silencio contribuyen al equilibrio emocional y reducen los niveles de estrés y ansiedad entre estudiantes y docentes. Finalmente, el ODS 16 (Paz, justicia e instituciones sólidas) encuentra también un reflejo en esta práctica educativa: el silencio cultivado como forma de respeto, de escucha del otro y de resolución pacífica de los conflictos es una vía concreta hacia una comunidad escolar más justa y armoniosa.

Promover el valor del silencio en la educación significa enseñar a escuchar y a convivir en serenidad. En las aulas, el silencio no siempre tiene buena fama pero es una herramienta poderosa y, aunque muchas veces se asocia con disciplina o con represión, en realidad es un preciado aliado del aprendizaje porque un silencio bien entendido no impone, sino que invita a pensar, a observar y a conectar ideas. Después de una pregunta, una pausa puede ser más elocuente que una explicación. Ese pequeño espacio da tiempo para que los alumnos reflexionen, para que la curiosidad despierte y para que el pensamiento se organice. En un aula donde se respeta el silencio, también se aprende a respetar la palabra de los otros porque educar para el silencio es educar para la convivencia.

El silencio favorece la atención plena, una competencia cada vez más valorada en la educación actual. En tiempos de multitarea y dispersión, enseñar a los niños a detenerse, respirar y escuchar puede ser tan importante como enseñarles a leer o sumar. Muchos centros educativos ya incorporan minutos de silencio o prácticas de mindfulness al inicio de la jornada. No se trata de imponer quietud, sino de ofrecer un espacio de calma interior desde el cual aprender mejor.

La música y la educación comparten un mismo objetivo: enseñar a escuchar los sonidos, los silencios, las palabras y las pausas. Si logramos que los niños aprendan a disfrutar del silencio con la misma intensidad con que disfrutan de una canción, estaremos formando no solo mejores músicos o estudiantes, sino personas más atentas, sensibles y humanas. Recuperar el valor del silencio no significa apagar el mundo, sino aprender a escucharlo mejor.

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