La camada de Obdulia

La camada de Obdulia

Solo en extrañas ciudades como esta puede existir una camada así: “los niños de Obdulia”.

¡Ah, Obdulia! Una leyenda, tuvo todos los hijos del mundo.

Te preguntarás qué es un “obduliano”. Sitúate en los 60; el obispo Temiño controla con sus ojos castellanos la ciudad y tolera la movida de la calle Villar: “Hay que darle un respiro al ourensano”.

El barrio chino echa humo, la explanada llena de coches con matriculas de Centroeuropa; en los bares aceptan francos y marcos y te hacen el cambio tal un banco.

Los emigrantes bajan de vacaciones, corre el dinero a tumba abierta; en las gramolas suenan las rumbas. La calle Villar es el mejor barrio de todo el noroeste.

Los ‘obdulianos’ hacen recados a los chulos, llevan mensajes secretos de los clientes y platos de comida del cercano Bar Pérez. Alguno controla las veces que sube su chica a ‘ocuparse’; el macarra desconfía. Claro, esto último se lo tenía prohibido Obdulia y les castigaba a rezar.

Eran tiempos en que las prostitutas tenían hijos que no podían cuidar. Tener un hijo de soltera era un estigma.

“Me llamo José Antonio; tengo 53 años y me crie en el barrio, justo en la calle Cervantes. Tuve tres hermanos de sangre y otros diecinueve de convivencia, a los que quise mucho. Mi progenitora, como muchas prostitutas, me entregó a la señora Obdulia, que fue mi verdadera madre hasta el 85, en que falleció. Allí me crie. Todos éramos hijos de prostitutas, un trasiego; créeme, fue un tiempo muy feliz. Dormíamos de tres en tres, comíamos por turnos y, por supuesto, íbamos todos a los colegios cercanos del Posío. Una santa”.

En una vieja entrevista, cuenta el periodista Alvarez Alonso cuando visitó a los niños de Obdulia: “Entro en una casa vieja, muy vieja, las escaleras crujen, te expones a meter un pie en un agujero. En el último piso viven la señora y los suyos. Todo es muy limpio, ordenado, los niños van llegando. Dicen: ‘Hola mamá’, y se ponen a hacer sus deberes. Uno de ellos se concentra en dibujar”. El periodista queda pasmado del orden, las camas de hierro en donde duermen, la comida por turnos y el calor humano que cubre el hogar.

Tengo a mi lado a aquel niño que dibujaba, José Antonio: “Fui muy amigo de Quessada; de vez en cuando me daba un cuadro para que me buscase la vida, me empujó a hacerme pintor. Todos los ‘artistiñas’ fueron mis amigos”.

Le pregunto por su vida: “Corrí mundo, viví en la Ibiza de los buenos tiempos; me da algo de vergüenza, pero ejercí de gigoló, tal vez por el recuerdo de mi barrio. Los chulos tienen muy mala fama, pero yo jamás presencié violencia con sus chicas. Alguna vez brilló la navaja albaceteña, pero se respetaban y mantenían el orden en la calle”.

José Antonio sonríe: “Siempre nos recogíamos pronto. Una tarde había mucho nerviosismo en el barrio, enseguida nuestra madre nos buscó. Después supe que alguien importante había muerto en los brazos de su mujer favorita”.

(“La noche en que murió Obdulia, nos pusimos todos en fila, nos despidió de uno en uno. A mí me dijo: ‘Sé bueniño, y algo más que guardo para mi’. Los ‘obdulianos’ andamos esparcidos por el mundo, incluso salió un buen futbolista ourensano.”

José Antonio me hace un guiño: ‘Escribe que el que quiera ver mis pinturas se pase por la c/ Xoan Novoa nº 6”.