Óscar Méndez, palabras del sabio joyero, natural de un paisito lindo

LA NUEVA OURENSANÍA

Nació en Uruguay pero pasó un tercio de su vida en Brasil y ya cuenta diecisiete años en la provincia de Ourense. Desde su taller en Allariz, Óscar Méndez nos habla de los tesoros de la vida, sabedor de que no es el oro, el único material con el que se elaboran

Óscar Méndez, palabras del sabio joyero, natural de un paisito lindo | Marta Vázquez

Qué enorme privilegio el de poder entrevistar a un maestro de joyería que cuenta con casi sesenta años de trayectoria profesional, casi dos décadas en nuestra tierra. Nos recibe Óscar Ramón Méndez Olivera en su taller en Allariz, donde se pasa el día de lunes a domingo, de ocho a ocho. “Sobre las dos viene mi esposa y me trae la comida”, comenta. “Aquí lo tengo todo”, resume el artesano. A saber, un televisor con los canales de Brasil, donde vivió durante veinticinco años y concibió cinco hijos, una multitud de máquinas fascinantes, y quizá unos treinta minúsculos alicates.

Nos enseña su primera obra nada más entrar. “Es una rosa de plata, la primera cosa que aprendí a hacer, en 1963”, narra. Muestra en la despedida un pedrusco arenoso que encontró en O Forriolo, mientras hacía una caminata. “Viste que alberga una turmalina, una piedra muy cara”, informa. En efecto se ve un volumen de color negro, lo que nos da pie a hablar también de metales preciosos y minerales. “Cuando una piedra es natural lo sabes porque está fría”, revela. “Vení, probá esta en la cara”, añade. ¡La prueba del algodón aplicada a la roca!, qué gusto descubrir estos curiosos secretos así en un día cualquiera. Dibuja Óscar con un anillo ajeno, sobre una misteriosa piedra negra y luego le vierte ácido. “Si no se va la marca, es oro”, comenta. Contenemos el aliento para respirar finalmente aliviadas. Bien, no nos han dado gato por liebre en esa compra que lucimos diariamente en la mano.

Gajes del oficio

Nació en Montevideo, Uruguay, en el año 1950. A los trece años ya trabajaba el oficio y vivía con su amigo JC, que él pensaba un Juan Carlos, pero era gallego de nombre Jesús, y de apellido Cabezas. “Nadie se llamaba así allá”, rememora, por lo visto el apodo era todo un chiste. “En aquella época se trabajaba el oro y el platino, aprendí tan rápido que en seguida me pusieron de primer joyero”, aclara. En el 83 emigró a Brasil para trabajar con grandes firmas, y montó su propio negocio, con múltiples empleados. “Hacía piezas para Roditi joyas, Carolina Herrera…”, explica. “En una ocasión entraron y robaron todo lo que había en el cofre, y ahí acabó conmigo porque tuve que trabajar para pagar todo el oro que me habían robado”, relata. Tomaron finalmente rumbo Galicia huyendo de esta delincuencia, vivir acomodados pero con miedo no era una perspectiva halagüeña.

Óscar Méndez
Óscar Méndez

La cosa fue así, una persona con la que trabajaba creó un equipo, y vino Óscar de encargado del taller de alhajas que Adolfo Domínguez tuvo en su día. “Le hice a Doña Elena, su mujer, los pendientes para una gargantilla que había comprado en Estados Unidos y me mandó llamar”, explica. “Sólo me la había descrito por teléfono”, especifica. “Fue ella la que nos trajo para montar el taller que tuvo cuatro o cinco años”, aclara. “El 14 de enero de 2008 llegué a Madrid a una feria, y después ya vine a Ourense”, concluye el relato.

“Yo reparo hasta candelabros, y todo manual”, especifica sobre el amplio espectro de sus tareas, que van desde el diseño de un complemento, a arreglar unas gafas.

Ser padre, ese menester

Encanta no sólo por su oficio, sino también por esa cortesía que ya no se gasta entre los jóvenes, y por su inmensa sonrisa. “Las mujeres son mejores que los hombres”, comenta en medio de una reflexión sobre lo que hizo o deshizo en la vida, consciente de que si tuvo éxito fue gracias a una mujer en la sombra. “Criar cinco hijos sin vicios, todos educados, respetuosos y honestos es el mayor de mis triunfos”, añade. “Nació mi bisnieta, misión cumplida”, resumen de los objetivos del maestro Méndez en la vida.

Muy artesano y muy padre, Óscar Méndez es las dos cosas, aunque se la haya pasado trabajando fuera de casa. La emoción se asoma al recordar a los tres de cinco que quedaron en São Paolo. Aguante las lágrimas maestro, que luego salen en forma de joyas. “Nunca se abandona lo que se deja llorando”, concluye. Se hace el silencio en el taller, sobran ya las palabras.

“Fui buen papá pero no buen hijo”, dice con gran pesar, al recordar a su santa madre. “Yo lo di todo por los que vinieron después, pero mis visitas a Uruguay empezaron a ser menos”, aclara. No es cierto que diese guerra, o que dejase a los viejos de lado, pero sucede que de mayores nos acordamos de los sacrificios de los que nos anteceden.

En su mano tiene cinco tatuajes minúculos, uno por dedo, todos con mucha solera, de taleguero siendo todo lo contrario. “Los inventé yo, significan vida, energía positiva, la flecha de ‘vamos todos para adelante’, otro símbolo de ‘todos somos iguales’, y el último ¿quién es dueño de la verdad?”, enumera mientras luce esa garra, todo en él enamora. Un anillo con un escorpión diseñado y elaborado por él, acaba de dibujar el cuadro.

“El más malo nunca muere”, dice al recordarse solo en el mundo, entre todos sus difuntos hermanos. Nada más lejos de la verdad, si fuese por bondad ya estaría Óscar Méndez bien fiambre y sepultado. Larga vida a este hacedor de vida y joyas, que con su sabiduría transmite que lo primero es el mayor de los tesoros.

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