400 años de As Ermidas, la otra Ribeira Sacra ourensana
REPORTAJE
As Ermidas cumple cuatrocientos años como uno de los más grandes santuarios marianos de Galicia en el corazón de los cañones del Bibei
As Ermidas, joya del barroco gallego y uno de los santuarios marianos que más devoción despierta cumplió cuatrocientos años de la fecha que se señala como fundacional, de manos del entonces obispo de Astorga, Alfonso Mejía de Tovar.
El santuario se encuentra a cuatro kilómetros de O Bolo, cerca de la comarcal 533. Al llegar al lugar de Outar de Pregos se puede divisar al fondo, encajonado en las gargantas del río Bibei. Es una de sus singularidades, pues si hacemos un repaso por la mayor parte de los grandes santuarios de Europa, observaremos que casi todos ellos se encuentran en lugares prominentes: la cima de una colina, un alto, la parte más elevada de una ciudad. No hay que ir muy lejos de O Bolo para comprobarlo: Os Milagros, A Franqueira, O Bon Jesús de Braga… todos menos As Ermidas.
La razón de esa singularidad se explica por la decisión de Mejía de Tovar de erigir allí el santuario. Se cuenta que el obispo se encontraba de visita pastoral en la parroquia de San Miguel de Bidueira (Manzaneda) enfermó de tal gravedad que al verse desahuciado se encomendó a la Virgen de As Ermidas que se veneraba desde la Edad Media en una pequeña ermita situada en el cañón del Bibei ya en el municipio de O Bolo. La curación fue total y en agradecimiento el obispo Mejía de Tovar acudió en peregrinación hasta la citada ermita y ordenó que fuese sustituida por un santuario cuya construcción comenzó bajo su tutela.
Los obispos de Astorga
Otra de las singularidades del santuario es su adscripción eclesiástica. A pesar de encontrarse en la provincia de Ourense, forma parte de la diócesis de Astorga, como todas las parroquias de la comarca de Valdeorras, Vianda do Bolo y Vilariño de Conso, que conforman el arciprestazgo gallego de la referida diócesis. La lejanía con respecto a la sede episcopal, que se hacía más evidente hace cuatrocientos años, fueron varios los obispos que tras Alfonso Mejía de Tovar tomaron especial empeño en dotar a este santuario de unas instalaciones de una magnitud inusual. Entre ellos, destaca también fray Nicolás de Madrid, conocido como “el obispo arquitecto” por sus conocimientos en la materia y la dedicación a ella en labores tan señaladas como el Panteón Real del Monasterio del Escorial, del que había sido prior y al que Felipe IV había nombrado superintendente de las obras finales del Escorial. Nicolás de Madrid es nombrado obispo de Astorga por el monarca en premio a su labor y ya al frente de la diócesis, en 1655, asumirá la dirección de las obras del santuario, en el que fallecería cinco años después.
Sin embargo, será a partir del siglo XVIII cuando se culminen las obras que le dan al santuario el aspecto que conocemos en la actualidad. La fachada de la iglesia tiene una majestuosidad catedralicia. El barroco se muestra en su máximo esplendor, dos grandes columnas corintias, acompañadas de columnas salomónicas que flanquean la puerta principal y dos torres de sólido aspecto y cinco cuerpos de altura, que están unidas por una balaustrada sobre el cuerpo central.
Un barco colgando
Si la fachada ofrece una visión majestuosa, no es más que un aviso de lo que el peregrino se encontrará en el interior, con sus tres naves, numerosas capillas y un retablo mayor de gran trabajo artístico y el altar de plata. Las tallas en madera y las esculturas enriquecen su patrimonio interior, y ponen de manifiesto la importancia de este santuario y la gran devoción que arrastra desde hace cuatro siglos de fieles procedentes de todos los lugares, nos solo de Galicia sino también de otros puntos de España. Buen ejemplo de ello es el barco que cuelga de la nave central, reproducción en miniatura de un galeón de la época que allí llevó en agradecimiento un marino que al haber caído al mar sin saber nadar invocó el auxilio de la Virgen de As Ermidas y logró salvar la vida. El hecho tuvo lugar cerca de Bayona, a finales de septiembre de 1702, pocos días antes de que se produjese el enfrentamiento entre la Escuadra de la Plata y la flota angloholandesa en la Batalla de Rande.
Desde el atrio se ve, mirando al sur, la fachada de la que fuera la Casa del administrador, hoy posada para peregrinos y residencia de los religiosos que sustentan los oficios litúrgicos. Frente a la exuberante ornamentación del templo, esta dependencia contrasta por su aspecto sobrio, casi menesteroso.
Via Crucis
También en el atrio comienza el Via Crucis, que recuerda el camino de Jesús al Gólgota y las distintas estaciones representan todas las etapas de la pasión de Cristo. Tiene una apariencia sencilla, de pequeñas capillas, a veces un simple cuarto hecho en piedra. Pero lo que verdaderamente llama la atención es el interior de esas capillas, pues en cada una de ellas hay un conjunto escultórico que representa cada una de las escenas de la pasión con el mismo realismo que los mejores pasos de procesión de Semana Santa. Más de sesenta tallas reviven en quince etapas las escenas de las últimas horas de la vida de Cristo, desde que es condenado ante Poncio Pilatos, hasta la resurrección. La concepción del Via Crucis sigue el modelo de los sacromontes italianos, muchos de ellos promovidos por San Carlos Borromeo y que tendrán continuidad más allá de ese país en territorios como España o Portugal. De hecho, Domingo Xosé Rodríguez Blanco, administrador del Santuario durante 35 años que fueron decisivos para su construcción, tomó la decisión de acometer el Via Crucis tras conocer el que existía en el Bon Jesús de Braga tras una visita a ese santuario.
Tenía que resultar impresionante para los peregrinos que acudían en Semana Santa, o incluso en cualquier otra época del año, la visión de ese camino hacia el Calvario representado por las 15 estaciones del Via Crucis, las cuatro primeras dentro del Atrio o patio central del Santuario, y el resto, serpenteantes por un sendero en el que las imágenes policromadas teatralizaban de manera muy didáctica los momentos principales de la Pasión de Cristo. . Cada Semana Santa, el santuario se llena de fieles que siguen con fervor los oficios religiosos. El Via Crucis es uno de ellos, que se celebra el día de Viernes Santo, junto con el Sermón de las Siete Palabras y el Desenclavo. Desde el Jueves Santo hasta el Domingo de Resurrección se llevan a cabo procesiones y otras actividades, una de ellas, aunque en un plano más profano es la Estoupa do Xudas, en la que un judas montado sobre una plataforma era explotado con petardos. Su celebración fue suspendida después de 1996 y se ha recuperado, 28 años después, en la Semana Santa de este 2024.
La historia de As Ermidas ha ido avanzando a lo largo de estos cuatro siglos, viviendo unos momentos de más intensidad que otros. Uno de ellos, de gran trascendencia para el entorno es la creación de una escuela elemental en 1846, ofreciendo las enseñanzas más básicas a los niños de la parroquia que no tenían recursos. En 1863 se crea una preceptoría filial del seminario de Astorga para impartir allí los primeros cursos de la carrera sacerdotal. Ochenta años después, en 1944 la preceptoría se convierte en seminario menor. Tres años antes se había creado la residencia para que los alumnos pudieran estudiar en régimen interno. El seminario cerró sus puertas veinte años después.
Otro, el más trágico de su historia, se vivió el 22 de diciembre de 1909, cuando tras una larga temporada de lluvias ininterrumpidas se produjo un corrimiento de tierras de la montaña sobre el santuario y las casas que había en el entorno, causando el derrumbe de muchas viviendas y más de una treintena de muertos. La revista “Vida Gallega”, dedica un amplio reportaje fotográfico y una crónica de los hechos en su número del 1 febrero de 1910, haciendo incluso relación de nombres y apellidos de las víctimas mortales y de los vecinos que habían perdido sus casas. Quince días después, As Ermidas vuelve a ser portada de esta revista gráfica, con el atrio del santuario abarrotado de fieles en uno de los días de fiesta. “La abruptuosidad del sitio y la magnificencia del santuario dan a la fiesta una grandeza extraordinaria” celebra la revista hace 114 años.
As Ermidas sigue siendo un santuario al que acuden cada año miles de romeros procedentes de todos los puntos de Galicia. Pero también uno de los grandes activos turísticos de Valdeorras, que se complementa en sus alrededores con la Torre de O Bolo, y todo el cañón del Bibei.
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