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LEMBRANZAS
Se podría pensar que la apertura de la sala de la calle Instituto 7 daría lugar a otra orientación del mundo de la exhibición, sin embargo diversos motivos llevaron de nuevo a los solares con barracones provisionales a triunfar.
En mis datos, 1906 fue un año extraño: después de la vorágine de los momentos anteriores, podríamos decir que fue este un año de calma. No es que desapareciera la exhibición cinematográfica, visitas esporádicas de empresarios fueron completando el año. Cabría apuntar que las máquinas de exhibición estaban mejorando mucho en calidad, ofreciendo unas proyecciones más nítidas y mucho menos ruidosas, pero eso daba lugar a más problemas de transporte y unos precios más elevados; habría que adaptarse.
Como os decía, algo de cine hubo, aunque tal vez lo más reseñable fue la época primaveral, en la que el Victorius Cinematograph tomó posesión del Teatro Principal. Con algunas lagunas, pero me parece haber entendido que esta era una empresa que se asociaba con empresarios locales para compartir riesgos. En este caso, el empresario del Teatro Principal y el del Café Unión eran los encargados de la gestión. En verano se sabe que de nuevo abrió barraca de cine en la esquina de Paseo, pero poco tiempo. Sin saberlo se estaba preparando el autentico despegue del cine en Ourense.
Fue en diciembre de 1906 cuando un ya conocido Isidro Pinacho, después de incesantes giras por Galicia y el norte de España, decide establecerse de manera más estable; con eso quería decir plantearse estancias más largas, pero poco más.
Triunfaba en ese momento un cantaor flamenco, Antonio Pozo, conocido por el Mochuelo, que hizo buenas migas con Pinacho y decidió probar suerte con él. Así, el 29 de diciembre de 1906 debutan en el Palacio Luminoso Pinacho como empresario con su nueva máquina de proyección, y el Mochuelo, con su acompañante: el maestro de la guitarra Joaquín Rodríguez. Olvidaba decir que ver actuar al Mochuelo, tenía el aliciente de intentar descubrir cómo era alguien de quien se conocía su voz por el fonógrafo. Eran tiempos de muchos avances tecnológicos.
Comenzaba 1907 y este fue el año de Pinacho (hubo más, pero como éste…).
Isidro ya conocía nuestra ciudad y a los ourensanos de anteriores visitas y parece ser que se sintió bien recibido. De los empresarios que decidieron continuar, él fue uno de los más activos: máquina nueva, gran fondo de películas y contactos con las productoras para tener las novedades, y por si fuera poco, una mentalidad incapaz de descansar y siempre buscando el disfrute de su público.
Podría dejarlo en su empeño por hacerse con un “orquestrofón”, realmente se llamaba orquestrión pero… Era una maquina parecida a un órgano pero de la que se conseguían sacar sonidos de viento, percusión e incluso de cuerda, casi era como una orquesta. ¡Un consejo si tenéis alguno, cuidarlo que hoy tienen un valor altísimo!
A la adquisición de ese aparato le siguieron innovaciones como la de crear el “día de moda”, algo parecido al día del espectador, pero que se complementaba dedicándoselo a alguna familia significativa de la ciudad. Eso daba lugar a llenos increíbles en la sala y que en frecuentes ocasiones hubiera que cerrar las puertas para no sobrepasar el aforo. En esos días, el todo Ourense acudía a la barraca: los Pedrayo, Paris, Gaite, Meruéndano. Román, Villar, Ulloa, García del Villar, Neira, Sabucedo, Temes, etc. Cuentan los papeles que, al terminar la función, Pinacho y los homenajeados y amigos terminaban la fiesta en el Café La Unión, o cualquiera de los cafés de la Alameda. ¡Pinacho sabía ganarse a la gente!
Y eso fue lo que terminó de conseguir a partir de abril de ese año. Ocurrió un día que tenía como homenajeados a los señores Vizcaíno y Acebedo, interventor del Banco de España el uno y de Hacienda el otro, y las películas que iba a estrenar no llegaron. Pinacho tenía ya amistad con José Pacheco, vecino de calle, y éste hacía tiempo que le había contado el éxito que había tenido tiempo atrás mostrando sus fotos en público. De manera rápida vieron que se podría mostrar, y coincidía que días atrás los quintos del Ceriñola habían jurado bandera en el Posío. Pacheco había obtenido instantáneas de todo el acto, las mostraron y fue el gran éxito de la temporada, desde ese día en todas las funciones alguna fotografía de Pacheco se incluía en el programa: retratos, casas, paisajes, villas, todo lo que fuera reconocible por los ourensanos gustaba.
Además de esa visión comercial, Pinacho tenía también gestos de humanidad que le aseguraban el favor del público. A frecuentes colectas para casos de gentes necesitadas se unió una anécdota original: en frente del Palacio de la calle del Alba vivía el que era presidente de la Diputación, don Emilio Morenza, quien cayó enfermo de gravedad; Pinacho, a petición de la familia y para no molestar al enfermo, decidió que esos días sería de silencio absoluto.
Ocho meses estuvo abierto esa temporada el Palacio de Pinacho. A pesar de los continuos llenos, el verano de Ourense ya sabemos lo que es y era, con lo que Isidro, tentado por las aguas de Vigo, decidió cerrar la sala a finales de junio, aunque a través de la prensa hizo saber a quien no pudo decírselo personalmente que en diciembre volvería. Al final no fue así, pero tampoco nos dejó huérfanos del espectáculo, pero eso es el siguiente capítulo de esta historia: el Palacio Luminoso.
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