El Cinematógrafo, de la barraca al pabellón

Publicado: 27 may 2024 - 05:00

Revolucionó el sector de la imagen. Nunca, con más razón, se podía decir aquello de que la vida es sueño. Es cierto que todo el mundo estaba familiarizado con las diapositivas o linternas mágicas, incluso en Ourense. En los alrededores de la Alameda ya se realizaban este tipo de espectáculos ópticos en las postrimerías del siglo XIX. Pero que, sobre un telón, las imágenes cobrasen vida, eso era…, fascinante. En el denominado Siglo de las maravillas, el cinematógrafo suscitó, al menos, lo que, en su día, la aparición de la imprenta. Solo que, al papel, lo sustituía la película; al libro, la pantalla; y los filmes eran, ahora, como bibliotecas ambulantes. Gracias a él, se proyectaban short storys -historias cortas-. E inevitablemente, su encantamiento, el fácil traslado, o mismo, el sencillo manejo, permitió su rápida difusión. En 1925, se contabilizaban 17000 cinematógrafos en EEUU; 4000, en Alemania; 3500, en Inglaterra; y, 1600, en España.

En realidad, solo un año más tarde de que en París, los hermanos Lumière, en 1895, llevasen a cabo la primera exhibición pública con aquel mágico artefacto, se hacían sesiones en Madrid, San Sebastián, Bilbao, Sevilla o Barcelona. Y, en menos de dos años, aparecía en Ourense. En la Huerta del Concejo se levantaba una barraca a la que concurría, primero, la burguesía ourensana -encandilada con los cuadros coloreados o con las corridas de toros-, y, luego, cuando se pone al alcance de cualquier bolsillo, un amplio espectro de espectadores. La demanda continua y la actualización del repertorio en temporadas, como Navidad, hizo que, a veces, tuviese un carácter más permanente que itinerante. Alguna, casi de forma ininterrumpida, estuvo abierta al público, hasta principios de 1902. Incluso, tras levantar los bártulos, enseguida otra ocupa su lugar. Allí Jaime Pacheco -cumplido su contrato con la Comisión de Fiestas de las Marzas de Celanova-, en los festejos de Ourense, antes de emprender la gira estival por las ciudades lusas de Braga, Espinho o Vianna do Castelo, proyecta Los siete Castillos del Diablo -Les sept châteaux du diable-, una producción innovadora, de unos 20 minutos, sobre uno de los temas favoritos de Méliès.

Pese a todo, la Alameda no fue el único espacio de la ciudad en el que se exhibían las proyecciones, al público. El teatro de la calle La Paz, en ocasiones, se adaptó para este tipo de espectáculo. En 1900, recibía la visita del ventrículo ruso Hermamm. Entre las actuaciones de prestidigitación, cartomancia o ventriloquía mostraba con el cinematógrafo en colores de Wargraph -combinado con el fonógrafo-, un repertorio de 150 cuadros de gran novedad. Claro que, en esta fase embrionaria, este tipo de salas era la excepción. Lo que, realmente, predominaban eran las barracas ambulantes. En 1904, por ejemplo, se erigía, una en un solar, propiedad de Águeda García, en la calle Alba. Proponía como novedad la colección de números musicales con el piano-órgano con electro-motor. Los cuadros que se exhibían allí -Consecuencias funestas del alcoholismo o escenas de la guerra entre Rusia y Japón-, despertaban un enorme interés.

Es obvio que muchas de estas casetas eran un auténtico polvorín. No se puede soslayar que se levantaban sobre un armazón de maderamen, más bien, viejo. E incluso los hilos eléctricos, que salían del motor de luz eléctrica, no siempre estaban bien aislados. Recorrían el compartimento, entre telas embreadas. Y cuando, por infortunio o por negligencia, se producía fuego, todo hacía muy fácil la combustión. Con la velocidad de una sesión de pirotecnia podía reducirlo todo a cenizas. El propio Isidro Pinacho lo vivió en sus carnes en 1904. En Salamanca, un incendio le generó grandes pérdidas. Es verdad que pronto aprovechó la desgracia para renovar el material en un momento en el que el pabellón elegante iba suplantando a la inmunda barraca. Tres años más tarde, presenta, en Ourense, el Palacio. “A Pinacho - se decía- continuaba dándole la cara el Santo”. Era más moderno; tenía una sala, verde y rosa. Y estaba lleno en cada función. Mismo permaneció cuatro meses seguidos en la ciudad antes de partir hacia Santander. Al mismo tiempo, otro empresario -Agar-, también instalaba, en la calle Alba, el pabellón Palacio Luminoso -un espectáculo que combinaba cuplés morigerados con películas que tenían escenas conmovedoras como, La novia del voluntario o Víctima de su deber-.

En 1912, el cine Barbagelata se ubicaba en la calle de Paz Nóvoa, en un pabellón de madera, en el mismo año en que, desde Ribadavia, la Corporación del ayuntamiento le solicitaba a la Comisión provincial la correspondiente autorización para cederle a Jesús Sánchez García, por el plazo de 10 años, una parcela, con objeto de construir un salón-teatro destinado al cinematógrafo. Fue tal la impaciencia por inaugurar cuanto antes aquel pabellón que el Noticiero del Avia -tras la tragedia de Pinocho o la hecatombe de Villarreal- alertaba del riesgo que podía suponer la apertura de un local sin, antes, cumplir con lo exigido por la ley -informe del arquitecto municipal o del Gobernador-.

Decididamente, se le daba preferencia a la seguridad del público. No es de extrañar, pues, que, en 1915, en el Teatro de la calle Paz, José Riande construyese una cabina, de ladrillo refractario, y montase sobre hierro, el aparato de proyecciones -un Pathé inglés-, en cumplimiento de la normativa. Y, si bien el local, aún respondía a un modelo híbrido, sin embargo, se ponían ya los pilares de lo que serían los primeros templos del cine.

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