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Salir a la calle puede convertirse en todo un reto para personas como José Manuel Rodríguez, un ourensano con ELA (esclerosis lateral amiotrófica) que se enfrenta a múltiples obstáculos cada vez que cruza la puerta de su casa.
Como otras muchas personas que se desplazan en silla de ruedas, la de José Manuel es la voz que se alza ante la autonomía privada, no por su condición, sino por unas dificultades externas alimentadas por el olvido generalizado de las instituciones.
“Yo tengo vida propia y soy independiente para moverme por todas partes, pero solo si las calles me lo permiten”
Los rebordes con alturas imposibles, las cuestas que se acercan a la verticalidad o las aceras empedradas de tal forma que las ruedas pasan con dificultad, son solo algunos de los problemas acusados por el vecino de A Valenzá, que ve en Ourense un escaparate de la exclusión social: “Yo tengo vida propia y soy independiente para moverme por todas partes, pero solo si las calles me lo permiten”. Aunque vive con su mujer y con su hija, José Manuel siempre se ha sentido una persona con capacidad para continuar realizando sus rutinas diarias sin ningún impedimento, a pesar de su enfermedad. No obstante, el deterioro de las calles y la falta de consideración popular se convierten en barreras inasumibles para quien tiene que desplazarse sobre cuatro ruedas. De hecho, para José Manuel el suyo es un privilegio, ya que cuenta con una silla motorizada. Se pregunta cuántos serán los ourensanos que se queden aislados en sus hogares por no poder disponer de la fuerza necesaria para desplazarse por esas mismas cuestas que él salva pulsando un botón, o para enfrentarse a algunas alturas que incluso se le complica a un motor: “Hay una señora que vive por esta zona que tiene que ir siempre con otra persona porque no puede llevar la silla sola”.
Una acción tan cotidiana y tan simple como ir a sacar dinero tampoco es fácil para el ourensano, que se ve obligado a pedir ayuda cada vez que acude al cajero porque un bordillo lo convierte en inaccesible: “Ni siquiera puedo entrar solo, ni acercarme al cajero”. “Muchas veces voy a un sitio y tengo que dar la vuelta”, explica resignado José Manuel, acostumbrado ya a llevar su recorrido aprendido, sin poder salirse de lo establecido y con el peso de tener que hacer un sobre esfuerzo para seguir teniendo esa independencia que una silla no le pudo quitar, pero amenaza con hacerlo ahora el entramado de la ciudad.
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