Pablo Carbonell, cantante, humorista y actor: “Nuestra democracia está un poco deprimida, el algoritmo le está quitando el sitio”

VISITA CELANOVA

El polifacético Pablo Carbonell repasa una trayectoria de cuatro décadas díficil de encasillar antes de llegar este jueves 27 al claustro del monasterio de Celanova, en el que ofrecerá su espectáculo humorístico-musical “Notas cómicas”

El inclasificable Pablo Carbonell.
El inclasificable Pablo Carbonell. | Juanma Vidal

Pablo Carbonell (Cádiz, 1962) lleva más de cuatro décadas haciendo difícil ponerle una etiqueta. Fue uno de los rostros de “La bola de cristal”, lidera a Los Toreros Muertos, ha ejercido como reportero televisivo, actor, director, escritor y cómico, y todavía hoy sigue subiéndose a los escenarios con la misma vocación de hacer el cabra. Este jueves 27 se subirá a uno especialmente singular, el claustro barroco del monasterio de Celanova, donde a las 22,30 horas ofrecerá su espectáculo humorístico-musical “Notas cómicas”, dentro de una nueva edición de “Claustro Risas: Para o que me queda no convento, ríome dentro”. Llega, además, tras publicar “Jesús, qué vida llevo”, un libro en el que revisita su relación con la fe.

Pregunta. Ahora habla mucho de espiritualidad. ¿Hay cosas de las que ha dejado de reírse al empezar a tomarse más en serio la vida?

Respuesta. En general, uno se tiene que tomar en broma a sí mismo. Cuanto menos importancia te des, más relevancia tiene tu entorno. Es fantástico desaparecer y observar la belleza que nos rodea, y eso solo se consigue cuando consigues reírte de ti mismo. Es un deporte que yo le recomiendo a todo el mundo. Un cómico, si no se ríe de sí mismo, nunca podrá hacer gracia.

P. Músico, cómico, actor, director, presentador… ¿A estas alturas queda algo que no sepa hacer?

R. Mi problema es que no puedo dejar de hacer cosas. Tengo un TDAH y el vacío de no hacer nada me altera, necesito estar activo. Es un trastorno al que le he sacado partido con la creatividad; si hubiese sido una persona convencional, habría sufrido mucho. Creo que he conseguido ser lo que siempre deseé: ser muy libre y no estar tan encadenado a un éxito masivo. Vivo bastante tranquilo. No necesito aparentar.

P. Cuando surgieron Los Toreros Muertos, Siniestro Total o Semen Up parecía que se podía hacer humor de casi cualquier cosa. ¿Hemos ganado sensibilidad o nos hemos pasado de frenada con la corrección política?

R. Muchas de las cosas que han cambiado están bien cambiadas. La diana del humor tiene que estar por encima de uno mismo. No te puedes reír de la mujer cuando sabes que todavía no ha logrado el equilibrio salarial ni la posición que tienen los hombres. Tampoco te puedes reír de los discapacitados, porque tienen menos oportunidades. En ese aspecto sí que hemos ganado. Lo que me provoca amargura es ver la cantidad de tiempo libre que tienen algunos cenizos que aparecen por las redes a criticar. Buscan un grito desesperado para conseguir seguidores a través del discurso del odio. Con el tema de las redes estoy vacunado.

P. Hizo “Caiga quien caiga” cuando acercarse a un político con un micrófono podía combinar periodismo y humor a la vez. ¿Qué ha cambiado desde entonces?

R. Creo que entonces los políticos todavía gozaban de cierta ilusión, teníamos una democracia más joven. Hoy creo que nuestra democracia está un poco deprimida. Hay gente que ha empezado ya a no creer en este sistema y el algoritmo parece ser que es el que le quita el sitio. Y también, por supuesto, el fascismo. Mi lucha fue demostrar que los políticos tenían sentido del humor y capacidad de reírse de sí mismos, llevarlos lejos de su versión oficial y que la gente los mirase de otra manera. Tuvimos la suerte de hacerlo. Ahora parece que todas las elecciones son como si a partir de ellas pudiéramos ir al cataclismo o a la salvación. Yo creo que, siempre y cuando la gente mantenga la cabeza en su sitio, aquí no va a pasar nada, sea cual sea el resultado. Espero, porque hay ciertos discursos con los que no comulgo en absoluto.

P. Seguimos sin saber qué es lo mejor que le podría pasar a un cruasán pero, ¿qué es lo mejor que le podría pasar a Pablo Carbonell?

R. Que mi hija Mafalda saque unas notas estupendas en la escuela de interpretación, que encuentre su camino y sea feliz. Los niños siempre han sido maestros y ella lo es para mí. Tiene una discapacidad y la lleva de maravilla. Su manera de desplazarse por el mundo no es una cojera, es una chulería. Afortunadamente no tiene complejos y eso es lo mejor que le puede pasar.

P. Se refiere a la muerte con mucha naturalidad. ¿Le tiene menos miedo o más cariño a la vida?

R. Le tengo un cariño a la vida brutal, me gusta mucho vivir. Además, la responsabilidad que uno va adquiriendo con sus hijos y con su equipo de trabajo son motivos muy fuertes para seguir viviendo. Uno traslada su propia existencia a los compromisos que tiene con los demás. El servicio a los demás creo que también es una forma de eternidad.

P. ¿Qué parte de usted sigue siendo igual a cuando empezó?

R. Creo que no he perdido la ilusión ni las ganas de buscar la sonrisa de la gente. Tampoco los nervios antes de subirme a un escenario. La pregunta que me ronda antes de salir es: ¿voy a conectar? Sigue siendo un misterio, nunca sabes si el público va a estar cómodo, si va a venir. Esa incógnita es la que me hace estar inquieto antes de salir. Y cuando hago estas cosas y me parto de risa, comprendo que las hago para mí. Son gamberradas que a mí me hacen reír. Quizá mi mensaje sea simplemente: pásalo bien.

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