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Se esforzaron por posar, pero estaban en modo trabajo. De fondo una vecina esperando el café, y un par de operarios de las vías fuera de la estampa. Con un entrar y salir de gente en su negocio, así pasan la mañana. Hasta la propietaria del inmueble echa una mano, ¡en Barra de Miño los consumidores no faltan!
La historia de esta pareja, mitad de Famelicão, mitad de Guimarães, es la de un par de jóvenes que “anduveron agudos”, confiesa Carlos Maia, para tener hijos, y poco tiempo tuvieron para pensar en otras gaitas. “Tenemos tres hijos, una de treinta, otro de veintiocho y un tercero de veintitrés años”, explica Sonia Silva, contenta y orgullosa de compartir que dos están en Suiza colocados. “Vinimos a Ourense porque aquí ya estaba mi hermano”, relata él, sobre un pasado que se remonta dos décadas atrás.
Suena una sirena repentina, a continuación una mosca surca el aire. Todos son sonidos que nacen del móvil de Carlos, ¿qué le pasa a este chico?, ¡menudos politonos se marca! “Es que al estar en la barra todo el rato trabajando no oigo ni llamadas ni mensajes”, se justifica el currante. No hay más que verlo en acción en su concurrido restaurante
“Yo buscaba un bar, pero con una cocina particular”, explica Sonia, que fue hostelera previamente en Piñor, donde además tienen su casa. Emprendieron en Barra de Miño, Coles, hace más o menos un año. “Estamos muy contentos con la gente de aquí, nos acogieron muy bien”, reconoce. El flujo de la clientela a media mañana es la mejor prueba de satisfacción, y podemos constatar que el café tampoco estaba malo. “Yo quería poder hacer plato del día y menú de fin de semana”, aclara Sonia, que buscaba fogones industriales. “No tengo ni un título, pero me gusta mucho cocinar”, reconoce humilde. Empezó trabajando en una pastelería en su país con tan solo catorce años.
Cuenta Carlos que llegaron a Carballiño, de ahí él saltó a Madrid, iba y venía por trabajo en la construcción, de lunes a viernes, libres sábados, domingos y feriados. “Un contratista nos llevaba a un equipo en coche a la capital todas las semanas”, explica. “Las cosas nos fueron bien, pero al final pasé tanto tiempo sin ver a mi familia que decidí cambiar de sector”, añade Carlos.
La especialidad de la casa es el bacalhau a la portuguesa, “con patata panadera, cebolla caramelizada con pimiento rojo y aceitunas”, apunta la chef, que ofrece también bocadillos y algo más especial los fines de semana. “Langostinos o chipirones de primero, croca o cordero de segundo, y también hago cachopos”, enumera sus delicias, originales de los primos astures.
A las ocho en punto están abriendo el bar Os Cruceiros, a las once, “o a veces a la una de la mañana en verano”, apuntan, están volviendo a casa. Les convenía mudarse de aldea, pero quien alimentaría entonces a las mascotas. “Dos perritos y tres gatos”, informa la pareja, que llegó a estas tierras con tres criaturas y multiplicaron dependientes sin miramientos, que le den a esta pareja de Portugal una fórmula para relajarse.
“Esto es lo que me gusta”, comenta Sonia, a pesar de reconocer que la hostelería es muy esclava. “Mi meta es trabajar diez años más y retirarme para poder disfrutar un poco”, reflexiona. “Tengo mi casa propia y mis hijos ya colocados”, explica.
A continuación se define Carlos, “un hombre normal, activo, con mis metas ya cumplidas”, complementa el discurso de su mujer, de expectativas realistas, y objetivos alcanzados. Sabe un lusitano que trabaja en una barra que gallego y portugués son idiomas hermanos, pero que aunque “botella y garrafa no son lo mismo”, culo grueso tienen ambas. Fondos que no son piedras preciosas, y hay que vender para ganarse los cuartos.
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