Ana Karen Soliz Flores, ¿quién cuida de la coqueta boliviana? ¡cómo pues, ella!

La nueva ourensanía

Andina de nacimiento, limiana porque la vida la llevó hasta allí, y ourensana por méritos propios, Karen Soliz, vencedora frente a la desventura, ‘khaleesi’ boliviana comparte su vida en una etapa próspera y serena

Miriam Blanco | M. Vázquez
Publicado: 14 feb 2024 - 05:44 Actualizado: 14 feb 2024 - 09:44
La nueva ourensanía | Entrevista a Ana Karen Soliz Flores

“Te dejo ir si me quitas el lunar”, le dice a su madre aún niña, cuando ésta le comunica que tiene que quedarse con sus tíos, pues parte como interna a Alemania. Madre soltera de Ana Karen Soliz Flores, futuro por delante, y ninguna oportunidad en su Bolivia natal, emprende un viaje que años después acaba en tierras de A Limia. “Se casó con un gallego, después tuve un hermano, me dejó con once, y me vine con dieciseis”, habla Karen de números y antepone la edad al calendario cristiano, haciendo de su infancia una memoria viva.

“Mi madre mandaba dinero y yo me arreglaba”, especifica en relación a esos años previos a su gallegidad, allá en Cochabamba, medio adulta sin serlo, lidiando con una peca en la frente que disimulaba con el flequillo tupido. “No salía al recreo para que el viento no me descubriese la mancha”. La Karen de ayer no desvestía el rostro pero hoy desnuda el alma.

Gallego y boliviana, ambos emigrantes, se asientan en Xinzo donde ella se gradúa con gran esfuerzo. “Me ayudaron mucho los profesores, porque yo estaba perdida”, reconoce. “Aquí retrocedí”, menciona Karen los renovados cuidados maternos, el cambio de ciudad a pueblo, la lengua gallega, la adolescencia, y el racismo. “Me sentía sola… me tiraban patatitas”, denuncia, “o eres fuerte o te caes”, concluye.

Años después, como beneficiaria de una beca para el centro Residencial de A Laboral, estudia un doble ciclo de formación profesional, y primero como asalariada, después con su propio Salón de Manicura, toma las riendas de su vida y empieza a disfrutar de una edad adulta plena. El negocio va bien, “si trabajas lo ves”, transmite Ana Karen un conformismo afable que sólo manifiesta alguien que conoce el hoyo y que a base de pura voluntad ha sabido salir. “No me puedo quejar”, refuerza, y el que la escucha piensa todo lo contrario, que tendría que haber protestado y bien alto porque fue este mundo el que decepcionó a una niña.

Casada con un gallego de A Merca y madre de un bebé de dos años es residente en la avenida de Buenos Aires. “Ourense fue una vía de escape de Xinzo maravillosa”, confiesa. Se siente feliz aquí a pesar de que según ella “todos son primos, hermanos, parientes…”, ríe Ana Karen y automáticamente duda “no se si es bueno lo que dije…”, como si delito fuera tener una opinión.

Confidencias coquetas

“Me preocupo por mis clientes de verdad y no se si es bueno o malo porque luego me lo llevo para casa”, habla la manicurista de su día a día, de quebraderos de cabeza y cutículas. Tiene anécdotas buenísimas pero su humildad le impide reconocerlas y ver lo extraordinario de su profesión. “Quedé de parva”, comenta en relación a un episodio que le sucedió con una clienta gallego hablante -”¡pronunciaba tan lindo!”- que le pidió le dibujase los símbolos del feminismo en las uñas. “Me voy a buscar en google”, hormiguita trabajadora no hay empeño del que no pueda hacerse cargo, se siente mal por su ignorancia como si fácil fuera sacarse iconos para diez dedos de la manga. Deberes hecho pregunta inocente “¿y qué significa el triángulito?”. Estupefacta le responde la clienta “¿non o sabes muller?, ¡a forma da perrecha!”. Choque cultural, idológico, colisión de camiones y mil cosas más podría responder, en el feminismo nos estamos reeducando todas, pero para qué decir nada, Ana Karen a lo suyo de casa al trabajo y del trabajo a casa.

Cocina boliviano pero prefiere ir a comerlo a Madrid. Delicias como una versión del astur cachopo que allá llaman silpancho, el chicharro con choclo y queso, o la sopa de maní. “A veces hacemos algún pique macho pero poco porque da trabajo”, comenta. “Es una comida contundente”, dice bajito, como si fuera menos noble que una cachuchada. A su país volvería en modo turismo “¡cómo pues!”, tiene que hacer memoria para recordar una expresión andina.

Cuenta Karen al final de este ejercicio que de pequeña tenían que tratarle las plantas de los pies con el dinero que enviaba su madre porque tenía una enfermedad rara que le hizo perder las uñas. Como un vómito freudiano, ‘La Coqueta cuida de ti’, (nombre de su negocio) nació para redimir a esa niña, ratita presumida boliviana, que precisaba ser curada.

Contenido patrocinado

stats