Claroscuros de un alfarero bohemio
Los penúltimos de Niñodaguia
Agustín Vázquez sueña con una escuela de cerámica en su Niñodaguia natal, donde ejerce un oficio en extinción desde hace tres décadas. El artesano cacharreiro sigue recuperando desde su taller las vasijas tradicionales que desaparecieron hace un siglo
Escucha el reportaje: Agustín, el arte de la cacharrería
Desde el ventanal del taller de Agustín, enclavado en una pequeña aldea de la Ribeira Sacra, podría medirse el interés de la sociedad por el arte. Bastaría con contabilizar cuántos coches aminoran la marcha al darse de bruces con esta alfarería tradicional en plena OU-536, cuántos pasan de largo y cuántos frenan en seco. El apuntador podría ser él, uno de los últimos “cacharreiros” de Niñodaguia, que mira la vida sentado frente a un torno en el que moldea medio centenar de vasijas, de las que aparecen en los libros de etnografía de hace un siglo. Pero también piezas (“inventos” le llama) que surgen “da miña rareza, que é moi grande a que levo dentro de min, a cabeza non che deixa parar. Fas cousas todo o tempo, iso é malo, pero é bo”. Agustín Vázquez es un artista, uno de los penúltimos de Niñodaguia.
Una mañana, paró un coche frente a la alfarería de Agustín. Como cada artesano, tiene sus obsesiones. La suya son los “mouchos” (búhos). Es fácil encontrarlos en cada esquina de su taller: más pequeños, más grandes, más serios, más tristes, con el ala que parece que quiere abrazarte… Hay uno que es especial y ese día preguntaron por él. “Púxenlle un precio de 10.000 euros, para non vendelo! Fago moitos mouchos pequeniños. Ás veces miro para un e boto a rir, porque me está transmitindo algo. Porque estamos un pouco barrenados os artistas. Os inventos nacen da bohemia que levas dentro, estamos falando de arte e a arte vaise cultivando día a día”.
Los ojos del cacharreiro ven más allá de una vasija de cerámica para la miel. Agustín acaricia su pieza de barro amarillo, el color que caracteriza a la alfarería de Niñodaguia, y filosofa: “A do mel é unha elegante muller. Se lle fixéramos uns ollos e unha boquiña…“. Y, sin embargo, su favorita es la bacinilla familiar que se utilizaba antiguamente: “Non sei por que, téñolle especial cariño. A xente ri, pero cagar e mexar temos que facelo todos”.
EL BARRO AMARILLO
Agustín aprendió el oficio con 11 años, gracias a su tío Cachela. “Despois estiven un ano na emigración e con 19 púxenme pola miña conta cunha alfarería. Sabía facer mal, pouco, e só tarteiras para cociñar”. Décadas después, es el encargado de salvaguardar la tradición de su pueblo. “Levo desde os anos 90 intentando recuperar a alfarería tradicional, son 40 vasixas diferentes e únicas no mundo. Este barro é grisáceo, despois queda branco e despois co esmalte, amarelo. Iso é o que nos distingue doutras alfarerías”, cuenta mientras da forma a una jarra de agua. Es la pieza más conocida de Niñodaguia. “Ten dous bicos e dúas asas, en certa maneira é a identificación da cacharrería de aquí”.
El alfarero sabe que son malos tiempos para el arte, que un día sin sol no secan las piezas y que este es un oficio de claroscuros. A veces está convencido de que desaparecerá, otras le gusta pensar en futuro. “Se somos realistas, aquí hai moita vida. Pero hai que traballar. Este oficio son cinco anos de aprendizaxe como mínimo, e os dous primeiros non serve para nada o que fas. Os oficios desaparecen. E, sobre todo, non se valora. Desprezamos o noso, esa é a gran desgracia. Somos mellores ca ninguén pero non o cremos, os entes públicos teñen que apostar pola raíz cultural. Porque un país sen cultura non é nada”.
Propone un taller para formar a futuros cacharreiros, una especie de último deseo de quien sigue aprendiendo el oficio tres décadas después. “Cando es novo, queres comer o mundo. Eu penso que foi a inquedanza de querer facer as cousas. E despois, que eu son un amante da alfarería e do meu pobo, Niñodaguia”. Deja el mensaje a los jóvenes, y a la administración: “O futuro é ben sinxelo. De aquí podería saír moita xente. Con 100.000 euros ao ano, poderíamos ter unha escola de cerámica fantástica. Os novos podían ter fe nestas cousas e loitar pola nosa Galicia, que temos moito que ensinar”.
Y aunque confiesa que él “non serviría para a docencia”, ya tiene un pupilo en el taller. José Vázquez, su hijo, es uno de los alfareros más jóvenes de España. En la cerámica encuentra la libertad. Se la enseñó su padre.
Para Niñodaguia es una especie de última bala, la esperanza de conservar la tradición. “Empecei nisto de rebote”, confiesa José. Su historia, en el próximo capítulo de “Los penúltimos de Niñodaguia”.
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