A medio camino entre Toubes de A Peroxa y el ciberespacio

LA NUEVA OURENSANÍA

Viviendo en el rural pero también enchufado a la pantalla, un joven bonaerense, Julián Noenlle, estudia en la universidad ourensana. Hablamos de cortar leña, su perro, y las cabras, pero también del séptimo arte y de programación informática

Miriam Blanco y Marta Vázquez
Publicado: 24 ago 2024 - 06:51 Actualizado: 24 ago 2024 - 14:53
La nueva ourensanía | Julián Noenlle

Julián Agustín Noenlle Gerli es un tipo con chispa que huye del gran público y hace su vida social desde un ordenador sentado. Vive en A Vila, un rincón de una pequeña aldea, en una parroquia desparramada en unidades, perteneciente al ayuntamiento peroxano. Toubes, se llama el pueblo, un sitio especial, por allí se pasaron grandes personalidades. Dicen los mayores de la zona que Julio Iglesias contaba una prima, y algún verano siendo niño -y con Papuchi- se dejó caer por uno de esos cantones, llamado A Lama.

Todo esto Julián no lo sabe, nació en 2021, ronda los veintitrés años. Es argentino, y brillante como pocos, aunque él se considera “un raro”. “Mi padre llega a un sitio y se pone a hablar con la gente, el antisocial soy yo”, dirá en algún momento al ser por amistades interrogado.

Envía Julián un mensaje al móvil, horas después de ser entrevistado. “En la foto salgo con esas chanclas raras”, comenta. Y solicita hagamos algo con el encuadre. Se sabe Noenlle un poco freakie, pero tampoco quiere serlo tanto.

Proyecta Julián ganas de comerse el mundo desde un ostracismo elegido, y conocimientos que no todo el mundo atesora, sólo los que hurgan en las segundas y terceras capas. “No me gusta el drama barato en el cine, sólo si es narrativo, si tiene una razón”, explica, como antesala a hablar de la diégesis en la música y en la ficción en pantalla. Si se le insinúa que es un lumbrera, reivindica lo contrario y comparte sus torpezas, vistas desde fuera geniales.

“Muestra de mi estupidez más grande fue pasear a mi difunta perra, pero sin ella, es decir, sólo el collar y la correa”, confiesa. Iba Julián pensando en código y programaciones y se dejó el can en casa encerrado.

Nos recibe en su morada al fondo de una cuesta, con el set de grabación ya preparado. Encendidas estaban unas velitas para dar luz y hacer ambiente, y aquello era entre agradable y extraño. ¡Venimos a jugar a la güija!, pensamos. Pues no va a ser nada de eso, porque con un ingeniero en ciernes nos topamos. “Estudio informática en Ourense, en parte presencial en parte a distancia”, comenta. Cuenta que pasó de cero a cien en una asignatura por confundirse con el nombre de un programa en el arrancado.

Comparte Julián Noenlle un peculiar amor por el rural que insta a repoblar, eso lo deja claro. “Yo soy del campo del Mercadona”, ríe con nosotras, aunque se nota que le apasionan las cabras. Según él “son bichos absurdamente ágiles”. No todo el mundo habla así de una ‘chiba’ cuando pastan a la par que cortan hierba en los campos. Vio un día a un vecino “hablarle a una cabra ‘en cabra’”. Bee, bee, vendría a ser la onomatopeya, lo del balido no lo tiene controlado.

Intenta una revelar conocimiento de pueblo a este joven, al hablarle de las propiedades curativas y antipicores del ‘meltraste’, planta común de caminos y montes, que en realidad se llama atapulgas o matranzo. “Eso es placebo,” opina sin ser empírico, como aquello de que “si no respiras no te ortigas”, remata.

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Su historia no está repleta de efemérides, los grandes hitos de su cuento vienen con sus vocablos. Vive con su madre que trabaja de auxiliar sociosanitaria en Aspanas, y su papá gallego que emigró con dos años a Argentina, y hoy está jubilado. En su casa cuando están los tres juntos, montan un buen tinglado. A esa madre tienen bien loca estos dos amantes del villorio y del poblado.

“Llegué a Madrid en 2009, tenía yo nueve años”, relata. “Tras el corralito el país se fue para abajo, hablo por lo que me dicen, mis padres decidieron venir para reinventarse”, aclara. De ahí se mudaron a Vedra, después a Teo, y en 2020 a la provincia ourensana. Recalaron en Galicia porque su padre nació en un tal barrio de Ponteseca en Compostela, y después, por sus estudios, decidieron seguir juntitos y por aquí se buscaron una casa. “No teníamos lazos tan fuertes con Santiago”, aclara. “Quizás no fue la mejor decisión, tendría que haberme movido yo solo”, opina. Reconoce que su madre es muy de ciudad, y la tienen medio amarrada en el campo.

“A mí me gusta mi laboratorio, mi habitación, la soledad”, dice sobre la vida lejos del núcleo urbano. “Es una mezcla de supervivencia, espíritu familiar y deber”, explica Julián lo de estar todo el día en alguna vaina “furgando”. “Comparto con mi padre un lema, el de si no te mueves, te mueres”, manifiesta ufano.

Denuncia Noenlle que no hay buen internet en el medio rural. “Paz mental y fibra óptica”, encabezan la lista de deseos de Julián, quizá para los Reyes Magos. Lo primero dice que lo lleva al día, para lo segundo hay que regatearle a Movistar el cableado.

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“Creo que soy muy honesto, para lo bueno y para lo malo”, lo tiene claro el bonaerense, que además de sincero es simpático. “O que quere pan, ten que prender o forno”, comparte en gallego una expresión que calienta harina, y también le entibia el ánima. De otra manera lo dijo antes cuando hablaba del lema paterno, y del movimiento como motor, si no hay eso no hay nada.

“La ciudad está muy mitificada”, dice sobre la tranquilidad del monte, el que se conecta a través de la pantalla con sus camaradas. “No sé si es porque me cuesta o porque no me apetece hacerlo”, dice sobre lo de prodigarse y la amistad cara a cara. Ha sido Julián Agustín un entrevistado excelente, que socializa y se le ve animado. Cabe puntualizar, no obstante, que se dará a conocer en papel, y en un enlace, a un click, en la pantalla.

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