Obituario | Alberto Movilla Domínguez: mi padre, un hombre único

OBITUARIO

"Con él, el vaso estaba siempre medio lleno, y ni la enfermedad se atrevió a vaciarlo, ya estaba él para llenarlo de nuevo"

Esther Movilla
Publicado: 24 ene 2025 - 05:05 Actualizado: 07 feb 2025 - 01:36
Alberto Movilla, con su esposa, Julia.
Alberto Movilla, con su esposa, Julia.

Se abre el telón. Aparece un tipo único, estupendo, rodeado de gente y de planes… Así podría comenzar un chiste, que terminaría con seguridad en alguna broma y muchas risas si él se encargara de contarlo.

Para nosotros, hoy, las lágrimas se funden con la sonrisa abierta al recordarlo. El sábado descubrimos que mi padre es un poco de todos, que cada persona que se acercó con sinceridad a despedirse de él nos bendecía con algún recuerdo que acababa en risas y ternura, la propia del que quiere hacer de cada momento un buen momento, del que se esfuerza en juntar a amigos y compañeros de aventuras, tanto si hace más de cincuenta años que se conocen como si son amistades más recientes, pero con todos cree que merece la pena organizar un buen encuentro y celebrar la vida. Simplemente eso. Y con satisfacción compartimos así a una de las personas que más queremos y que deja un vacío grande a nuestro alrededor.

Con él, el vaso estaba siempre medio lleno, y ni la enfermedad se atrevió a vaciarlo, ya estaba él para llenarlo de nuevo, con su actitud frente a todo, porque hasta los momentos más duros los teñía siempre de humor… “Recuerdo a tu padre cuando se disfrazaba…”. “No veas cuando se escondió debajo de un banco para recibir a tu madre…”. “Vaya viaje cuando vino a buscarnos en su coche…” “Un tío cojonudo”, “único”, “lo llenaba todo”…

Y yo como hija añadiría tantas experiencias… Solo voy a compartir una, que me conmueve: recién llegado a casa de una operación de fémur, en noviembre, me pide que lo lleve en una silla de ruedas a la habitación y le acerque unos papeles: comienza a llamar uno a uno a cada compañero con los que tenía una cena organizada –de varias de las que tenía preparadas para Navidad– animando y oyendo con absoluta generosidad a todos, y sin hablar ni por asomo de su situación. Ahí le hice una foto, porque desde la puerta, sabiendo que ya estaba grave, descubrí una vez más la grandeza de mi padre. “Hay que cuidarse, que non queda outra, ánimo, amigo”… decía con una sonrisa, feliz de poder saludarlos. Ese era mi padre. Alberto Movilla. Yo misma me reía al querer compartir una foto “decente” de él y comprobar que hay pocas sin muecas, gorros y accesorios improvisados o fechorías varias en el momento de disparar la cámara.

Alegre, disfrutón, positivo… Nos lo dio todo. Dispuesto a beberse la vida a tragos grandes, con aficiones y dedicaciones que hicieron que se fuera encontrando con todas las personas que nos confesasteis que también lo extrañaréis mucho: trabajo, fútbol, pesca, mus… y así fue sumando personas a su vida. Gracias a todos por vuestro cariño, estamos abrumados y agradecidos. Mi madre, Julia, a la que se le va el amor de su vida; mi hermana y yo, sus hijas, con nuestros maridos Javi y Álvaro; y sus nietos, que son sus cuatro “piratiñas” –tan unidos a él– no podemos estar más orgullosos de tenerlo en nuestras vidas. Aunque sabemos que su despedida tan formal, la hubiéramos cambiado por una gran fiesta con comilona, y su “manzanilla” –JB con hielo– para todos, que lo hubiera representado más. Gracias a todos los que lo queríais.

Y no, no se cierra el telón. Porque él nunca lo cerraba… Eterno Alberto… Eterno papá… Te queremos.

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