Obituario | Alfonso Cid Sabucedo, amigo, compañero, profesor y político
El 29 de julio, hace unos pocos días, familiares y amigos, dimos el último adiós en el cementerio de Vilar de Ordelles (Esgos) al entrañable amigo, compañero, profesor y político, Alfonso Cid Sabucedo.
La noticia de su muerte, que impactó a la sociedad ourensana, lo hizo mucho más en los amigos y compañeros que compartimos con él, desde hace muchísimos años docencia, gestión e investigación y, desde su jubilación, tertulias, un café (normalmente de doce a una), paseos y algún que otro ágape con compañeros de la Universidad de Santiago o de la de Vigo, manteniendo la relación de amistad que nos unía; todos renovábamos votos de nuestra amistad y fijábamos la fecha de la siguiente.
Era muy habitual vernos a media mañana en una terraza del parque de San Lázaro o caminando por la calle del Paseo. En los últimos días estas citas empezaron a espaciarse, mi amigo dejó de tener su presencia habitual, dándonos escusas (que respetábamos, aunque no comprendíamos), “a ver cómo me encuentro mañana, llámame mañana” (nos decía) y que vendría al día siguiente…, ya no hubo día siguiente para contar con su presencia en la terraza del parque. Nuestro contacto último se limitaba a llamadas telefónicas, animándolo a salir hasta que conocimos el fatal desenlace.
Lo conocí al comienzo de la década de los setenta, él recién llegado a la Escuela Normal en el Puente, como PNN, y yo como alumno del Practicum de Magisterio, mi último curso de mi formación como maestro. Este primer encuentro fue en una reunión para preparar la memoria del Practicum, ya que él era el coordinador del mismo, y fue el inicio de una amistad inquebrantable, que mantuvimos con total lealtad, y que seguirá a pesar de su ausencia.
Ahí se inició un camino que juntos compartimos, tanto en lo personal, como en lo profesional e incluso en lo político. En lo personal siempre me tuvo a su lado (como yo a él) dándonos consejos y ayudas en todo aquello que afectaba a nuestras vidas.
Su paso por la Escuela de Magisterio en el Puente, marcó un antes y un después. Su buen hacer docente, su forma de entender la docencia, su talante democrático, dando juego a la participación de los alumnos (estábamos vetados) en una época oscura de la dictadura que empezaba a dar muestras de agonía, su relación cordial con la mayoría de sus compañeros, le llevaron a ser director de la misma, con un estilo que abrió las puertas de la institución a la sociedad.
En lo profesional, con su apoyo, llegué a ser su compañero en la universidad, como profesor de su departamento, primero como profesor asociado y luego como profesor contratado doctor. Fue mi director de tesis y compartí con él muchas investigaciones y publicaciones; compartí docencia en las aulas de la facultad de Educación; participamos en congresos universitarios, y como no, en la organización del Symposium Internacional sobre el Practicum en el Monasterio de Poio, durante muchos años, que presidía el profesor Zabalza; fueron jornadas muy ricas en todos los aspectos, dejando una profunda huella en todos nosotros.
Dirigió el departamento de Didáctica, Organización Escolar y Métodos de Investigación que abarca los Campus de Ourense y Pontevedra y que yo tuve el honor de dirigir cuando él cesó en su mandato democrático. Compartí en la Uned de Pontevedra, durante un curso, tutorías y allí coincidíamos con otros compañeros de Pontevedra, Santiago y Ourense. En los encuentros informales que manteníamos, él era siempre el animador de las tertulias, discusiones…
En lo político, compartí su paso a la misma, como concejal en el Ayuntamiento de Ourense. La gestión de Alfonso como director de la Escuela Normal (luego Escuela Universitaria de Formación del Profesorado, hasta que se trasladó a la Facultad de Educación en el Campus) suscitó el interés del PSOE de integrarlo en sus filas. Yo era militante, él no lo era; me lo comentó, lo hablamos (también con su esposa María José) y, después de darle vueltas, decidió dar el paso; me pidió que yo lo avalara para darse de alta como militante. Entró en política con las manos limpias y salió de ella, también con las manos limpias, con la cabeza muy alta, de haber cumplido una etapa al servicio de sus vecinos con honradez y honestidad.
Nos dejó en silencio, sin querer molestar, ni siquiera a los amigos, eso sí, dejándonos su huella de profunda amistad; él lo quería así, y debemos respetar su voluntad.
Alfonso, sabes (allí donde estés) que tus amigos te estamos preparando un homenaje merecido, aunque sea póstumo; que sepas que todos aquellos que te apreciábamos estamos volcados en ello. Sé que tu no eras dado a estas cosas, que querías pasar desapercibido, pero me perdonarás (nos perdonarás), aquí no nos vas a convencer de lo contrario.
Amigo, compañero, que la tierra te sea leve.
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