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Lucha contra el coronavirus
El inicio del confinamiento en marzo del pasado año mostró la importancia de algunos trabajadores, no solo de los sanitarios. Sin mascarillas y con muchos miedos continuaron desempeñando sus funciones recogidas en el Boletín Oficial del Estado como "esenciales" y a los que nos se les podía pedir que se quedasen en casa porque ejercen "una función imprescindible para la sociedad".
Empleados de supermercados o de servicios de recogida de residuos, carteros, funerarios, veterinarios, quiosqueros, gasolineros, periodistas o transportistas, siguieron trabajando sin cesar para dar servicio a la población, llenos de dudas y en muchas ocasiones sin el material necesario para protegerse de ese enemigo invisible que aún hoy pulula por las calles.
Nueve meses después, con el inicio de la campaña de vacunación, la gran mayoría quedaron relegados a un segundo plano. La estrategia nacional de vacunación frente al covid, elaborada por el Ministerio de Sanidad, contempla como grupo al personal esencial. El apartado diferencia entre "servicios especialmente críticos" que incluye a las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, a los bomberos, a Protección Civil o a personal de instituciones penitenciarias. Luego, se encuentran los "otros esenciales".
El Plan Gallego de Vacunación priorizó desde el inicio la inmunización de la residencias de mayores y de personas con discapacidad, de los sanitarios, dependientes de grado tres y de la población mayor de 80 años. A partir de ahí se comenzó una línea paralela administrando vacunas para colectivos esenciales. El plan recoge tres subgrupos en los que se menciona a las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, a los bomberos, a los servicios de emergencias, a los militares y a los docentes, desde Educación Infantil a Secundaria.
Los "otros esenciales", los que no figuran en esos planes de vacunación, reivindican su posición dado el riesgo al contagio con el que viven cada día en sus trabajos. "Estuvimos, estamos y seguiremos estando muy expuestos", asegura Inés Bouzón, quien es encargada en un supermercado de Celanova. Como ella, muchos otros reclaman el lugar que creen que deberían ocupar por la labor que han desempeñado en el último año. "Entiendo que se prioricen las edad, pero no estaría mal que reconociesen lo que hemos hecho", explica Víctor Rodríguez, quiosquero de la Librería Ervedelo.
Casi 15.0000 ourensanos, según datos del Instituto Galego de Estatística (IGE) por sectores económicos, se dedican a estas profesiones que siguieron en las calles durante los días del confinamiento más estricto. La incertidumbre y el desconcierto formaban parte de sus rutinas, acompañadas por las temores a posibles contagios. "Tiñamos moito medo, pero había que traballar igual", reconoce Miguel Núñez, cartero de Correos. El material no llegaba, el desabastecimiento de mascarillas o guantes fue total, pero cada día salieron de casa para cumplir con su mandado.
Según el IGE, solo relacionados con el sector de la alimentación, incluyendo a agricultores, ganaderos o trabajadores de supermercados, son más de 7.000 las personas que se dedican a él y que fueron quienes facilitaron bienes de primera necesidad a una población que salió en masa para aprovisionarse. Atrás quedan las imágenes de las estanterías vacías en los supermercados porque el ritmo venta dificultaba la reposición.
También se podría destacar a los más de 4.000 que se dedican a los medios de transporte o los 630 relacionados con el tratamiento de residuos, incluso desinfectando las calles. Todos ellos solo piden una cosa, no quedar relegados porque "estivemos sempre ó pé do cañón".
Los servicios funerarios no cesaron de trabajar en ningún momento, incluso lo hicieron más dado el exceso de muertes que está provocando la pandemia. Pese a ello, la vacunación de los trabajadores de este sector parece no ser prioritaria. "A nivel nacional se preguntó por ello al Gobierno y no hubo respuesta", afirma Manuel Mosquera, de la Funeraria Sagrado Corazón, quien no está de acuerdo con esta diferenciación entre colectivos. "Si se empieza a vacunar a los profesionales esenciales, habrá que tenerlos a todos en cuenta", opina.
Las funerarias continuaron con su tarea de recoger cadáveres, positivos por covid o no, con los escasos medios que había. "Aún hoy entramos en lugares sin saber qué nos vamos a encontrar. Es un riesgo para nosotros", destaca. Por su tipo de trabajo contaban con cierto material de protección como mascarillas o batas de protección, pero conseguir más era complicado: "Recuerdo que una vez fuimos a recoger un fallecido y nos pusimos un EPI que llevaba muchos años guardado, nunca nos había hecho falta", recuerda. En esa ocasión, el cuerpo no era de un positivo covid, por lo que tuvo que enfrentarse a las quejas de la familia. "Le explicamos que el protocolo era así, no sabíamos si realmente estaban contagiados o no", relata Mosquera.
Para este sector, el riesgo sigue ahí pese a todas las prevenciones.
La locura se desató en los supermercados con el decreto del estado de alarma. Inés Bouzón, encargada de un supermercado de Celanova, recuerda esos momentos como algo "surrealista": "La gente se echó a la calle para abastecerse, tuve que pedir refuerzos porque fue impresionante". El lunes 16 se presentaron en sus puestos de trabajo, por aquel entonces las mascarillas era un lujo encontrarlas por lo que reconoce que estuvieron "desprotegidos" frente a lo que ahora se conoce del contagio por aerosol. "La empresa trató de que estuviésemos los más seguros con turnos siempre las mismas personas y enviando a casa a los compañeros de riesgo, hasta que pudieron conseguir material de protección", cuenta.
La frase que llevaba grabada en la mente era "no toques nada ni a nadie", por eso cuando regresaba a casa comenzaba el "momento desinfección". Su marido la esperaba cada día en el garaje para que pudiese quitarse la ropa y lavarse, evitando el virus. "Vivir todo esto dentro de un supermercado fue surrealista. Nos consideraron esenciales, pero ahora estamos a la cola en la vacunación mientras inmunizan a otros que estuvieron en casa", resalta.
Su exposición, atendiendo a un público que acudió masivamente a los supermercados, fue "desde el minuto uno" y, "afortunadamente", ninguno de sus compañeros se contagió en el trabajo.
Las cartas o lo envíos de pedidos a domicilio continuaron llegando a las casas. Los carteros, como los trabajadores de empresas de mensajería, siguieron trabajando durante el confinamiento recorriendo las calles. "Saímos ao reparto con moito medo, non había certezas nin protcolos para facelo con seguridade", cuenta Miguel Núñez, trabajador de Correos y representante sindical de CIG.
La plantilla se redujo al enviar a casa a los de riesgo y, los que se quedaron, la mayoría acabaron por contagiarse. "Eu fun positivo e moitos compañeiros tamén. Somos o segundo colectivo con máis infectados tralos sanitarios", explica Núñez. Por todo este riesgo de exposición urge la vacunación de este colectivo esencial. "Os carteiros chegamos a moitos puntos cada día e naquel momento, incluso agora, somos un posible foco de contaxio", señala.
El contacto lo siguen manteniendo con los vecinos, especialmente en el rural, donde reparte Núñez al igual que otros de sus compañeros. "Alí hai moita xente maior e nós durante o día topámonos con moitas persoas que non sabemos se están positivas ou non", explica. Núñez considera que estuvieron a la "altura do que se nos pediu e non no lo recoñecen".
Cumplir con ello supuso noches de insomnio, pero también de tomar precauciones al llegar a casa después de cada jornada laboral: "Eu sacaba toda a roupa ao entrar, non quería metela dentro polo que podía levar con ela e o risco que suponía". Después de padecer todo esto durante muchas semanas, considera que les "discriminan" en el plan de vacunación.
Los periodistas como los puntos de venta de prensa continuaron trabajando durante el confinamiento con las herramientas de las que disponían. Víctor Rodríguez, que regenta la Librería Ervedelo, se mantuvo detrás del mostrador para mantener informados a los vecinos de O Couto. "Estuvimos atendiendo a la gente sin mascarilla unos dos meses, porque no había", recuerda.
Mantener lo máximo posible la distancia con los clientes era la única seguridad con la que contaba cada día. "Entraba gente y se les atendía tal cual, tratando de estar lo más alejado posible", explica. Para cuando llegaron las mascarillas, ya estaban en el mes de mayo y poco después colocaron una pantalla de cristal para protegerlos.
Rodríguez valora la situación y, aunque no considera tan prioritaria la vacunación de los quiosqueros, sí lo vería más necesario para empleados del sector de la alimentación: "Todos fuimos esenciales, pero no recibimos el mismo trato con la vacuna. Si lo somos para una cosa, también para la otra", apunta. Además, Rodríguez destaca que algunos sectores que pudieron trabajar desde casa ya han recibido al menos una dosis, pero otros que no siguen esperando.
El "miedo" del inicio no se le olvidará y trabajó cada día pese a la incertidumbre. "Soy partidario de que vacunen a los que tienen más riesgo por edad, pero ya que tienen en cuenta a los esenciales, nos deberían tener en cuenta", señala. Pese a ello, Rodríguez sigue detrás del mostrador para que sus clientes estén siempre informados de la actualidad.
Los taxistas también estuvieron ahí, siendo esenciales y viviendo las consecuencias de una población movilizada en sus hogares que los dejó casi sin clientes. Un año después, su profesión tampoco figura en la estrategia de inmunización. "Están vacinando aos compañeiros, pero porque lles toca por idades", cuanta Francisco Álvarez, presidente de la Asociación Provincial de Taxis.
A nivel personal opina que otros colectivos como la hostelería podrían ser prioritarios, pero reconoce el riesgo en el que trabajan cada día. "Gustaríanos que nos vacinasen porque traballamos nun espazo reducido con persoas alleas a nós, pero entendo que se priorice a outros", comenta. El servicio público que ofrecen no los deja al margen de los riesgos y más cuando no cesaron su actividad.
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