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Adrián y Julio apuraban ayer sus cafés apoyados en un banco junto al Padre Feijóo. Era el primer día de las nuevas restricciones, la Xunta decretó nuevas restricciones y ordenó el cierre de las terrazas de bares y restaurantes hasta el 16 de febrero. Una vez más, la única opción que les queda a los hosteleros es el take away, y un paseo por el centro lo deja patente. "¡Somos como gringos!", exclamaba Genia al recoger su vaso de cartón, invocando esas comedias americanas con ejecutivas estresadas recorriendo la Gran Manzana, Starbucks en mano.
Pero no. En la realidad ourensana, el glamour deja paso a la resignación. "La situación es la misma que la vez anterior: poco trabajo, y aguantando", musitaba Raúl Estévez detrás de la barra del Druida, en la Praza Maior. La diferencia entre este cierre y el anterior está en el matiz que recoge la norma de la Xunta: no se podrá comer, beber ni fumar en la calle excepto si la persona "o efectúe parada e fora dos lugares habituais de circulación de viandantes", manteniendo dos metros de distancia siempre con otras personas.
A pesar de la confusión que se preveía anteayer, clientes y hosteleros sí tenían clara la norma, que dibuja un nuevo paisaje urbano en el que macetas, bancos y barandillas se convierten en improvisadas mesas de cafetería.
"Nosotros no tenemos terraza -destacaba la gerente del bar Xes, María López-, pero hasta ahora los clientes se tomaban el cafecito fuera, en un tablón que tenemos… ahora no es lo mismo, sales de la oficina a por un café para despejarte, ¿y te lo has de tomar allí otra vez?". "Han bajado algo los pedidos, sí, aunque tenemos una clientela muy fija", añadía, mientras atendía a Isabel: "Creo que las restricciones están bien, deberíamos tener incluso más -dice ella-, pero también pienso que podrían ser más claros, y no sacar las normas a última hora".
Otros vecinos iban más allá e intentaban analizar la situación. Pablo es opositor, y en un descanso de su estudio comentaba que la nueva norma quiere evitar las aglomeraciones de las cañas durante el aperitivo o después de trabajar. "En algunas calles era un cachondeo", destaca.
María López atiende el bar Xes, solo para llevar (Foto: Óscar Pinal).
Por el momento, el plazo establecido para estas nuevas restricciones es de tres semanas, un horizonte que algunos miran con sorna. Es el caso de Paco Ovejero, del bar Orellas, que bajaba la persiana y gesticulaba con incredulidad al escuchar la supuesta fecha límite: “Nosotros cerraremos y aguantaremos, a ver hasta cuándo…”, mascullaba con hastío.
Él es uno de los que cierran. En el horizonte del sector está ahora el proyecto de ayudas anunciado por la Xunta, por el que pedía ayuda a concellos y diputaciones, pero que -de momento- no se ha llegado a concretar.
“Aquí no hacemos más que generar gastos, las ayudas siempre llegan tarde”, criticaba López. Otros hosteleros llaman al optimismo, como se podía leer en un cartel dejado por uno de los bares en mitad del Paseo: "Tenemos casi de todo. (...) Tenemos ilusión y no nos rendiremos, ¿y tú?".
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