El escritor Alfredo Conde en Ourense: "Mi padre me enseñó que la cohrencia exige integrar contradicciones"
LIBRO DE MEMORIAS
El veterano escritor y periodista Alfredo Conde (Allariz, 1945) ajusta cuentas con su pasado, las etiquetas institucionales y el actual mercantilismo del sector editorial en su nuevo libro autobiográfico, “Memorias desaforadas” (Téofilo Edicións, 2026)
La trayectoria de Alfredo Conde (Allariz, 1945) abarca casi seis décadas de labor initerrumpida entre la navegación, el periodismo y la literatura. En 1991 obstuvo el Premio Nadal con la novela “Los otros días” y en 2016, el Premio Ateneo de Valladolid, con la obra “El beato”. Es articulista en La Región desde hace más de 30 años. En este 2026 fue reconocido con el Premio Alvite. Su libro de recuento vital “Memorias desaforadas” (Téofilo Edicions, 2026) se presentó ayer en la librería Tanco en la voz del profesor Ángel Arquero.
Pregunta. ¿Cuánto le enseñó el marinero al escritor?
Respuesta. Aristóteles decía que hay tres tipos de seres: los vivos, los muertos y los marinos; eso sigue vigente. El puente de mando me enseñó una disciplina férrea: saber exactamente qué hacer en el momento preciso. Esa responsabilidad y el rigor de navegar entre jerarquías complejas los trasladé íntegramente a mi ejercicio literario y personal.
P. ¿Es “Memorias desaforadas” un ajuste de cuentas con las etiquetas y los encasillamientos?
R. Las etiquetas son institucionales e inevitables. Para unos soy nacionalista y para otros lo contrario. Me defino, siguiendo a Madariaga, como un anarquista de lo público y un conservador de lo privado. Mientras el ambiente intentaba ignorarme o retiraba mis libros, yo seguía defendiendo nuestra lengua y cultura. Este libro es mi forma de confirmar, con total libertad, que aquí sigo existiendo.
P. ¿Cómo es un día suyo?
R. Yo vivo en una casa en medio del campo, en un valle de la ría, cerca de Santiago, y procuro salir muy poquito de casa. Entonces yo lo que hago es escribir y leer, leer y escribir. Ahora ya me cuesta mucho trabajo cultivar pimientos de Padrón o tomates... y ya no tengo barquito ni necesidad de ir a navegar. Y entonces lo que hago es leer y escribir, y escribir y leer, y después ver series de televisión o películas de televisión que me dicen que valen la pena. Y así pasan los días. Me levanto sobre las siete y media u ocho... leo los periódicos, me informo y después contesto el correo... Y después como muy temprano (eso es una costumbre que me quedó del mar, me parece lo más sano) comer sobre las doce y cenar a partir de las seis. Y después por la tarde leo novelas o libros de historia. Y después ceno y me meto en la cama y pongo la televisión.
P. ¿Cómo diagnostica usted la salud del mercado literario frente al auge de lo mediático?
R. El panorama es desolador. Hoy la gerencia comercial, que lo mismo vende chorizos que bicicletas, subordina a los directores literarios. Se premia la visibilidad del presentador o del influencer sobre la calidad del texto. Se publican miles de títulos bajo criterios de venta inmediatos, diluyendo la complejidad humana que antes buscábamos en la literatura. Hemos cambiado la influencia cultural por la simple fanfarria mediática.
P. Usted ha mencionado a su padre como figura clave en su formación. ¿Cómo convive el anarquismo con su faceta conservadora?
R. Es una dualidad. Me defino, citando a Madariaga, como liberal por pensamiento, de izquierdas por priorizar el bien público, y conservador, porque sin orden la libertad es imposible. En lo público cuestiono estructuras, pero en privado guardo rigor tradicional. Mi padre me enseñó que la coherencia exige integrar contradicciones.
P. Usted es crítico con los premios gallegos. ¿Qué son esos «pecados de amor» de los que habla?
R. Son galardones otorgados por afectos personales ajenos a la excelencia. Me parece imperdonable celebrar obras mediocres por afinidad grupal, pues eso ahuyenta al lector. Cuando se premia la posición y no la prosa, se pierde el autoaprecio y la dignidad de nuestra lengua. Si la complacencia dicta el canon, condenamos nuestra literatura a la irrelevancia. Debemos ser exigentes para que voz sea respetada en el resto de las sociedades literarias.
P. ¿Por qué España produce tantos libros pero tiene menos lectores que Francia?
R. El problema es un sistema de subvenciones ajeno a la calidad. Se publican obras que no interesan a nadie mientras la gran literatura se asfixia. En Francia el libro es un bien cultural esencial; aquí es un producto sujeto a transacciones que olvidan la vocación del autor y el derecho al asombro del lector.
P. Háblemos de sus motivaciones vitales…
R. ¿Qué otra cosa podría hacer sino leer y escribir?. Ya no puedo navegar ni trabajar la tierra como antes, pero el placer de la lectura y la creación sigue siendo inagotable. Escribir es mi forma de estar en el mundo. Mi intención es seguir en este ring literario, con las botas puestas, asumiendo la responsabilidad de cada palabra hasta que el tiempo decida el asalto final.
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