Evelio Traba
LEER ES UN PLACER
Alguna vez fuimos como ellos
LEER ES UN PLACER
Los hallazgos me deparan una dosis considerable de ilusión, y esa ilusión se vuelve rara y deliciosa porque uno ha rebasado ya la edad de la inocencia, esa frontera donde todo entusiasmo está sometido al escrutinio excesivo y la desconfianza. Haber descubierto hace unos días la obra de Isaac Pedrouzo ha sido un acto iluminador, no solo por sus valores estéticos y filosóficos, sino por la cercanía de un autor con el que puedes quedar en una cafetería cercana para charlar sobre eso que traspasa los límites del papel impreso: los motivos detrás de las historias, las salidas en falso, las dudas, pero también las certezas.
Su “David y Claudia” (Plasson & Blartleboom, 2026) se lee en un viaje de ida en tren a Ferrol, por ejemplo. El universo emocional de sus personajes se desarrolla hábilmente en tan solo 134 páginas, con un poder de síntesis, gracia, y sobre todo un manejo de la sugerencia notablemente singular dentro del panorama de las letras ourensanas. Claudia llega a Madrid desde Coruña para estudiar Medicina. Es principios de los años 2000, y allí las interacciones cotidianas y los nuevos amigos, le llevarán hasta David, un joven DJ que vive la música a medio camino entre la revelación y el tormento.
No es la típica historia de amor, es un escenario donde los personajes se conocen íntimamente colisionando entre sí con la carga de sus insatisfacciones y miedos heredados. Claudia experimenta la liberación de la férula de una madre hiperexigente y obsesionada con la delgadez; David busca amparo en la música electrónica para refugiarse de un padre maltratador con quien sostiene una relación agrietada y precaria. Tanto uno como el otro anhelan conocer el amor, pero la complejidad de sus identidades desata una serie de malentendidos y conflictos que en buena medida son los de toda pareja juvenil.
Pedrouzo ha logrado aquí el difícil contrapunteo de entrelazar dos voces
Pedrouzo ha logrado aquí el difícil contrapunteo de entrelazar dos voces (las de David y Claudia) cuyas perspectivas dotan a un mismo hecho de una profunda ambivalencia; es decir, cada circunstancia, cada letra de canción, y cada encuentro adquieren el molde de la mirada de cada narrador, dejando claro una especie de precepto invisible: no hay hechos puros, lo que existe verdaderamente son las interpretaciones y el cómo nos aferramos a ellas con tal de no salir heridos.
Uno de los grandes aciertos de “David y Claudia” es la conversión del espacio social en un personaje amplio y flexible que los envuelve a todos; es tal vez ese mundo aún no contaminado por la saturación de las redes sociales lo que permite que un amor como el suyo, feroz y hermoso, pueda manifestarse con singular autenticidad. Luego me ha fascinado cómo Pedrouzo ha recreado con pulso delicadísimo un universo femenino pleno de belleza deslenguada. David y Claudia deben ser probablemente hoy dos cuarentones. Basta escucharlos para admitir que de cierta forma, alguna vez fuimos como ellos.
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