La vida sigue siendo un regalo

La obra de Jacqueline Harpman
La obra de Jacqueline Harpman

Todo hombre que aspire a comprender, al menos en una discreta medida, el universo femenino, debe leer “Yo que nunca supe de los hombres”, (Alianza Editorial, 2025) la distopía de Jacqueline Harpman a la que parecen respetar reverencialmente las hiedras destructoras del tiempo.

Imaginad cuarenta mujeres de mediana y avanzada edad encarceladas en un búnker, custodiadas por hombres que han sustituido el uso del lenguaje por el chasquido de sus látigos. Ninguna de ellas sabe quién las confinó allí, cuándo, ni por qué.

El recuerdo de lo que podría ser el mundo exterior es acaso tan difuso y grotesco como el cristal de una ventana empañado por el aliento. A esas imágenes inconexas y desdibujadas, ellas suelen denominar la “Gran Catástrofe”.

La menor de todas, a quien suelen llamar La Pequeña, es la narradora de este universo enrarecido donde sus compañeras de cautiverio matan el tiempo zurciendo sus harapos con sus propios cabellos trenzados en forma de hilos. Es ella, entre todas las prisioneras, la única que no tiene referentes de un pasado a razón de que era tan sólo una niña en el momento en que fue capturada, y por tanto, resulta, en ese momento del relato, una virtual analfabeta que tan solo ha aprendido cálculo básico.

Lo que parece en principio una desventaja, se convierte para ella en una forma de lucidez no condicionada por la herencia cultural ni otro tipo de aprendizajes sociales. Las preguntas en torno al sentido de vivir, la exploración a ciegas, puramente instintiva, de la experiencia erótica conducen a la protagonista a una extraña forma de liderazgo basada en el potencial creativo de la inocencia.

Es ella quien convierte su propio corazón en un reloj humano como una forma de contabilizar el tiempo y subdividirlo en jornadas para medir lo que tal vez afuera serían horas de luz y oscuridad.

Su amor platónico por el más joven de los guardias, condenado por el resto de las reclusas, será un elemento detonador de la trama: un buen día suena una sirena, y esta señal desencadena el abandono inmediato de las instalaciones por parte de los hombres.

El carcelero, que no había dado muestras de conmoción alguna, sin embargo deja en la puerta de la gran jaula un mazo de llaves que permitirá a las cautivas explorar un mundo exterior sombrío y silencioso, sin animales, únicamente coloreado por la acuarela sanguinaria de los crepúsculos.

Si antes era un gran reto vivir bajo una vigilancia atroz en un confinamiento impío, ahora la hazaña será sobrevivir en una interminable llanura gracias a la rapiña de lo que ha quedado en las despensas de otros búnkeres, auténticas criptas repletas de cadáveres. Harpman supo convertir el horror en un ejercicio estético donde, a pesar de las atmósferas asfixiantes y las vivencias extremas, la autora hace hincapié en la idea de que la vida sigue siendo un regalo.

Por sus obras los conoceréis...

Jacqueline Harpman (1929-2012) fue una narradora y psicoanalista belga cuya obra recibió importantes premios y ha sido traducida a varios idiomas. “Yo que nunca supe de los hombres” la consagró en 1995 como a una de las voces más singulares de la novela en lengua francesa.

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