Juan Lobato, senador del PSOE: "Arrastrar los pies 20 años conserva cargos, pero no es hacer política"

FORO LA REGIÓN

El senador y técnico de Hacienda Juan Lobato protagoniza este jueves el Foro La Región para reflexionar sobre ética y política, analizando la crisis de la vivienda, el debate interno en el PSOE y las claves de su dimisión en la Asamblea de Madrid

Juan Lobato, protagonista del próximo Foro La Región.
Juan Lobato, protagonista del próximo Foro La Región.

El senador del PSOE y técnico de Hacienda Juan Lobato acude este próximo jueves al Foro La Región, en plena precampaña electoral, para reflexionar sobre ética y política. En esta entrevista aborda la crisis de la vivienda, la convivencia, la falta de debate interno en el PSOE, además del episodio que precipitó su dimisión como portavoz en la Asamblea de Madrid en noviembre de 2024 tras acudir al notario por el caso de la pareja de Ayuso.

Pregunta. ¿De qué va a tratar a grandes rasgos su ponencia en el Foro La Región?

Respuesta. Estaba prevista antes de convocarse elecciones, pero el momento viene que ni pintado. La idea es reflexionar sobre la ética del poder: cómo se ejerce y cómo debería ejercerse en tiempos de populismo, radicalidad y confrontación. El poder político se basa en dos elementos: gestionar políticas públicas eficaces -educación, sanidad o infraestructuras- y generar convivencia. Esta última es prioritaria y, con demasiada frecuencia, se descuida o se incumple en las sociedades democráticas.

P. ¿Cree que ética y política siguen yendo de la mano o nos hemos instalado ya en un “todo vale”?

R. En muchas ocasiones los partidos y dirigentes caen en el “todo vale”. Asistimos a semanas en las que la política no consiste en seducir a la ciudadanía con un modelo de país, sino en conseguir que odien más al adversario que a uno mismo. Esa dinámica de fabricar enemigos y buscar permanentemente lo malo del otro engendra rechazo, distanciamiento y desafección. Al final, quien se resiente es la propia democracia.

P. Con protestas como las vistas en Madrid, París o A Coruña, ¿está perdiendo la gente la confianza en la democracia y en la clase política?

R. Existe un peligro real originado por la frustración de expectativas vitales. Cuando gran parte de la sociedad ve truncadas metas como una vivienda, un empleo digno o formar una familia, surge el caldo de cultivo para el populismo y sus soluciones simples. En las democracias liberales es indispensable combinar dos principios: preservar el derecho de la sociedad civil a protestar y exigir, pero bajo el respeto escrupuloso al Estado de derecho. Cualquier propuesta, por radical que sea, es legítima si respeta las formas y la ley.

P. ¿Es la vivienda el principal detonante que puede fracturar la relación entre la ciudadanía y la política?

R. Es el riesgo más grave. El problema no reside únicamente en el precio, sino en la ratio entre salarios y coste habitacional. En la última década los precios crecieron mucho más rápido que las retribuciones. Además, el IPC no computa la compra de vivienda porque se considera inversión y no consumo, castigando el poder adquisitivo real. Es un drama que golpea a jóvenes, divorciados que no pueden costear dos hogares y familias asfixiadas. Al frustrar expectativas, se da lugar a la demagogia. Nos hemos hinchado a ver en los últimos quince años mítines prometiendo cientos de miles de viviendas que luego no existen, generando más desafección. O se toma esto en serio con un pacto entre las tres administraciones competentes, o se seguirá frustrando a la gente con el peligro que eso tiene.

P. Siempre ha defendido que en política lo enriquecedor es contrastar ideas. ¿Sigue habiendo espacio para discrepar dentro del PSOE?

R. Cuesta bastante más que en otras etapas. Se ha consolidado en los partidos, y particularmente en el PSOE, una cultura que premia la uniformidad absoluta de criterio y ve la diversidad como debilidad. Me rebelo abiertamente contra eso. Un partido con vocación de parecerse a España debe representar a ciudadanos que, compartiendo valores de justicia social, libertad e igualdad, aportan matices y dudas sobre el rumbo a seguir. Ese debate interno es una fortaleza inmensa. Tachar de traidor a quien discrepa internamente es un error de bulto.

P. Aunque esta campaña todavía no ha comenzado, parece que el PSOE vuelve al “o nosotros o el abismo del fascismo”. ¿Cree que este discurso del miedo puede seguir funcionando o ya está agotado?

R. Para la calculadora electoral puede funcionar a corto plazo para movilizar abstencionistas frente al avance del fascismo. Sin embargo, para la convivencia resulta perjudicial: la política debe unir. Es un error que los grandes partidos se empujen mutuamente hacia los extremos en vez de buscar pactos de Estado sobre cuestiones fundamentales. El debate público no puede basarse en ver quién descalifica con mayor dureza al adversario.

P. Visto desde la otra cara, la derecha plantea esto como un plebiscito sobre Sánchez. Vamos a hacer política ficción: si el PSOE pierde estrepitosamente, ¿qué queda del partido? ¿Existe riesgo de una crisis existencial?

R. Creo que no. El PSOE acumula 150 años de historia y cuenta con una red territorial de alcaldes y concejales capaces de escuchar a la gente. Ya vivimos etapas complejas tras los liderazgos de González o Zapatero; parecía que quedaba un vacío, pero el partido supo levantarse. Llegará el momento en que una nueva generación dé un paso al frente para definir qué proyecto ofrecemos para los próximos quince años, reeditando el histórico debate entre reformismo y populismo, que siempre enriqueció al socialismo.

P. Como senador, ¿cómo valora las listas conjuntas de la izquierda al Senado?

R. Creo que no compartimos ideología: una cosa es la socialdemocracia y otra el comunismo. Se puede acordar y colaborar, pero , ¿cuál es el programa con el que nos presentamos conjuntamente? Nosotros defendemos la igualdad de oportunidades donde se premie el esfuerzo, el talento y el sacrificio, y ellos defienden una sociedad distinta. Entiendo la jugada táctica para sacar más escaños, pero falta reflexión.

P. Para los que nos pilla lejos la política madrileña, pero sí conocemos por los medios a Isabel Díaz Ayuso: a usted, personal y políticamente, ¿qué opinión le merece su figura?

R. Llegó en una situación muy débil, con el peor resultado de la historia del PP en Madrid, pero pactó con Vox y Ciudadanos. Hizo en la pandemia una gestión que yo nunca hubiera hecho, pero conectó emocionalmente con gente contra las cuerdas que vio una luz. Mi frustración es que no tiene modelo de región: no aspira a que un cañón como Madrid lidere en el mundo; deja que las cosas fluyan. A eso suma una estrategia continua de buscar enemigos: su razón de ser es Pedro Sánchez y vive para atacarle en vez de para desarrollar un proyecto que nos permita prosperar.

P. Tiene un episodio muy conocido con ella: cuando le llegan a su teléfono los documentos sobre su pareja. ¿Qué fue lo primero que pensó y por qué decidió actuar como actuó?

R. Lo primero que pensé fue: “Esto no tiene que estar en mi móvil”. Pregunté tres veces en ese momento: “¿De dónde sale?, ¿cómo tenemos esto? No podemos tenerlo, va a parecer que nos lo ha dado la Fiscalía”. Por mi profesión de técnico de Hacienda del Estado, el deber de sigilo y el carácter reservado de los datos son la norma número uno. Cuando te entra eso sabes que está mal; si no viene por una vía legítima, es un tema muy serio.

P. ¿Le ha pasado factura en su partido actuar de esa manera?

R. En partidos con una gestión absolutamente vertical, lo que ha salido caro con la dirección es hacer preguntas. Si te dicen que hagas algo, solo preguntar “¿de dónde sale?” ya se interpreta como debilidad: no aceptan que se cuestione cómo se actúa. Un partido necesita autocrítica y cuestionamiento; asumir eso tiene coste, pero es un camino necesario. Claro que es más fácil cumplir instrucciones y seguir en los cargos durante veinte años arrastrando los pies, pero es mucho más importante hacer buena política.

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