Rosendo Luis Fernández
Los churumbeles de España
Súbitamente me vino a la memoria “Los Churumbeles de España”, recordando que me lo hablaba mi abuela en los años setenta del siglo pasado, describiéndolos como “unha orquesta de música romántica que escoitaban polos anos cincuenta nas festas e despois na radio e lles gustaba moito…”, cuando escuché y vi la imagen de Sánchez en Fuenlabrada besando a Begoña Gómez bajo el ornamentado “Que lo escuchen: te quiero”. Un beso, el de Fuenlabrada, de precampaña, pero semejando enternecedor, de los que humanizaría la política… si no conociéramos al político. Un beso que, como decía, me despertó la mente, porque los Churumbeles cantaban, haciendo las delicias del público, algo así como: “En España, bendita tierra, donde puso su trono el amor, solo en ella el beso encierra, sentido y valor. Un beso en España lo lleva la hembra muy dentro del alma…”.
Ese beso público, de Sánchez a Begoña, que no sabría discernir si fue un beso a la española -lo dudo firmemente- o un beso a Begoña Gómez, importa el matiz. Ya que mi duda, creo que fundada, surge desde finales de septiembre, aún sin campaña preelectoral por medio, cuando un periodista le pregunta a Sánchez por su mujer investigada y a espera de juicio, y el presidente se detuvo tan raudo como explicativo para aclarar: “No mi mujer, sino Begoña Gómez, es importante el matiz”. Dicho lo cual, el beso a la española, el de los Churumbeles, debió ser un beso a Begoña Gómez, que remeda un beso de dos churumbeles -criaturas, muchachos, niños-, en el significado y sentido gramatical de la palabra. Yo, por mi parte, quedo con el beso en España…, recuerdo de mi abuela, el beso de los Churumbeles.
La palabra de un presidente debe recuperar su valor, y no continuar siendo moneda de cambio, para que ante su incumplimiento sistemático nos despachen con el cambio de opinión. Los Churumbeles dejémoslos como recuerdo.
Pero si el beso, que a entender por la parroquia sanchista, fue fruto de la ternura, un beso humanizador de la política despectiva, de la zozobra, de la confrontación y división actual, el PP contraatacó seguidamente con un “Contrato con España”, a través del cual Feijóo se compromete a decir la verdad, a una reconstrucción nacional, con 12 promesas de gobierno, bajo la exclamación “No voy a fallar”. Quiero entender que el respeto a la verdad, a la ley, al esfuerzo, a la unidad de España sean una máxima tan creíble como real. Y donde tengamos las cuentas lo más claras posibles; siendo para ello imprescindible cumplir el mandato constitucional de presentar y aprobar presupuestos anuales, y no la aberración al respecto de esta legislatura.
Podemos oír actualmente a los Churumbeles a través de los grupos modernos que reproduzcan su cante, con la letra de esos besos de España. Podemos ver sobre el escenario el beso de Pedro a Begoña, edulcorado del “Que lo escuchen: te quiero”, que será -lo sabrá Pedro- a su mujer o a Begoña Gómez, pero lo que es una realidad es que, ya sea Begoña, su señora o la mujer, ha entrado en precampaña, cuando el deseo general, de unos y otros, es “res, non verbas”, imágenes enternecedoras cara a la galería aparte.
Hemos oído en infinidad de ocasiones que “en política no vale todo”. También que “en política los gestos tienen su valor”, aunque es verdad que hay gestos y gestos, y cuando de gestos se trata tengamos que reconocer y desengañarnos de los que son cara a la galería en políticos con antecedentes en estas artimañas. Estando en precampaña, y pronto en campaña, ante la polarización política a la que nos abocó el bloque sanchista, yo prefiero las propuestas a los gestos; o sea “verba movent, exempla trahunt”. La palabra de un presidente debe recuperar su valor, y no continuar siendo moneda de cambio, para que ante su incumplimiento sistemático nos despachen con el cambio de opinión. Los Churumbeles dejémoslos como recuerdo.
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