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AVENTURERO EN LA MONTAÑA
A Sebastián Álvaro (Madrid, 1950) es difícil verlo en un mismo sitio durante demasiado tiempo. Periodista, escritor y, sobre todo, aventurero, lleva más de cuatro décadas dándole uso a la brújula, con la montaña como hábitat natural. En la primavera de 1981 realizó su primera expedición al Himalaya y, desde ese momento, su unió para siempre con las mayores cimas o los más áridos desiertos del planeta. Acaba de aterrizar, literalmente, de Pakistán. Todo, sin olvidar su faceta de divulgador. Durante más de 30 años estuvo al frente del mítico programa “Al Filo de lo Imposible”. Paisajes y personajes únicos que marcaron a una generación. Álvaro fue el protagonista del Foro La Región “Liderazgo al filo de lo imposible”, que presentó Antón Gómez Reino, exdiputado en el Congreso de los Diputados y declarado amante de la aventura. “Muchos hemos viajado desde casa con Sebas”, admitió. Fue una lección de experiencias propias sobre comandar grupos en las situaciones más delicadas que escucharon con atención los asistentes al Centro Cultural Marcos Valcárcel.
“La palabra liderazgo está maltratada. Los estudiosos dicen que el líder nace en un 15% y se hace en el otro 85%. No hay un líder sin un equipo. No creo que el coaching ni en que las experiencias propias sean traspasables a los otros. Lo peor que lleva el ser humano es trabajar con incertidumbre. Hay una parte de la población, mínima, que quizá tenga que ver con el gen de la aventura, que somos más proclives a vivir esas aventuras”, afirmó Álvaro.
Y ahí comenzó su “viaje”, tomando como referencia al británico Ernest Shackleton y su expedición a la Antártida, en la que sacó a todo su equipo con vida en las condiciones menos probables a las que se podía enfrentar. “Si quieres liderar, sufre con el resto del grupo, discute con ellos y, a veces, te harán caso”, explicó Álvaro rememorando su etapa dirigiendo “Al Filo de lo Imposible”. “Una de las grandes cualidades del líder es la imaginación. Tener capacidad de entendimiento global. Y eso nos llevó a hacer más de 200 expediciones. No solo montaña, buceo, navegación, parapente… No todo lo que hicimos nos salió bien, pero el 90% sí. Tuvimos cuatro accidentes, dos de ellos mortales. Nuestra vida nunca supuso dar saltos tontos al vacío”, recordó sin evitar hablar de esas tristes excepciones, del peaje que deja lanzarse a la incertidumbre.
“Trabajé con la mejor gente, la mejor generación de alpinistas de este país. Personas con capacidad para improvisar, que no es lo mismo que hacer chapuzas. No había nada más importante que la seguridad de mi gente. Funciona bien tener metas, pero estas deben ser accesibles. Y en esas situaciones, la comunicación directa es muy importante. La gente tiene que entender lo que dices”, explicó el aventurero. Y en esas situaciones de vida o muerte, y no es una forma de hablar, también hay que lidiar con la tensión. “Hemos tenido agarradas, claro que sí. Con Juanito Oiarzabal, os podéis imaginar, el día de sus congelaciones, por las que perdió los dedos de los pies. Pero creo que eso es mejor que guardarse los problemas y que terminen explotando. Ahora somos como hermanos”.
Una expedición fallida al K2 (“en la que más errores he cometido”) y otra exitosa, 11 años después, evidenciaron la formación de Álvaro como líder. También como narrador en una conferencia donde aparecieron cumbres y referentes históricos. Pero siempre con Shackleton muy presente. Aquel al que muchos años después, Álvaro y su equipo dejaron alcohol y tabaco en su tumba en el fin del mundo. De líder a líder.
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