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Una docena de metros mide la franja de tierra que separa las mesas de la terraza de este restaurante del mar. Se puede ver en la fotografía. Su carta de entrantes, pescado y carne es escueta. En realidad su cocina se centra en la elaboración de arroces, la mayoría a base de productos del mar: paella marinera, pulpo y zamburiñas (que en realidad son vieiras del Pacífico), pulpo y sapo, sapo y carabineros, bogavante… y así hasta quince. El comedor exterior se disfruta igualmente en verano y días de buen tiempo que en invierno, gracias a la galería acristalada que se quita o se pone según las condiciones climáticas.
El servicio es amable y competente pero hubo dos cosas que no me gustaron. La primera, que no tengan carta física. El QR estaba muy bien durante la pandemia, para evitar manoseo de un soporte físico. Pero ese tiempo ya pasó y, además, si lo que manoseamos es el papel en el que se encuentra el código QR, ningún beneficio tiene para el cliente. Solo para el restaurante que se ahorra imprimir las cartas. La otra, que también es exclusivamente para beneficio del restaurante, que la única agua mineral que tienen viene de Cuenca. Comer a la orilla del mar, con productos gallegos y vinos gallegos y agua de la Serranía de Cuenca que se encuentra a 788 kilómetros no parece muy coherente. Aparte de eso, los arroces estaban muy ricos y las raciones son generosas.
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