Magín Picallo, la mano que humaniza la piedra

Hace ya sesenta años que Magín Picallo talla figuras humanas, no en busca de la perfección, sino tratando de encontrar ese gesto que define la belleza.

Magín Picallo (Jorge V. Landín)
Magín Picallo (Jorge V. Landín)

En su finca de Goián hay un gran bloque de piedra del país que ha convertido en un monumento conmemorativo de la pandemia, desbastando y tallando hasta que surgen los expresivos rostros que recuerdan el dolor de un tiempo vivido. Es la última obra, por ahora, de Magín Picallo (Cuntis, 1940), quien a los 82 años sigue buscando la belleza en el gesto, la expresión de un pensamiento en los protagonistas de sus obras talladas en piedra o en otros materiales.

Es usted un niño de la posguerra, ¿cómo fue su infancia?

Yo era un niño de aldea, en una parroquia de Cuntis que se llama Troáns. Como hijo de campesinos, tenía que ayudar en casa en las labores del campo y como era el segundo de cuatro hermanos a mí me tocaba pastorear el ganado. Y allá me iba con las vacas y unas ovejas. Un tío de mi padre, que era para mí como un abuelo, me regaló una navaja hecha por él, a conciencia, y con ella empecé a entretenerme en esos tiempos en el campo. Me enseñó a usarla y a afilarla, que era tan importante lo uno como lo otro. Primero hacía flautas con cañas de bambú. Luego silbatos, con madera de abedul. Y luego me metí a tallar figuras. Me gustaba mucho y conté con la ayuda del maestro de la escuela, que me prestaba libros, me enseñaba a dibujar, incluso me regalaba láminas para que dibujase, escayola y espátulas y me animó para que siguiera estudiando.

¿Y le hizo caso?

Me fui con quince años, en 1955, a Santiago. Recuerdo que cuando llegué los muchachos de allí se metían conmigo, como con todos los que veníamos de la aldea. Eran cosas de aquellos tiempos. La Escuela de Artes y Oficios tenía por entonces a los mejores artistas de Santiago de profesores. Asorey, por ejemplo, me dio clase de modelado. Aldrey, que era imaginero, daba la segunda parte de modelado. Fernando Barral, talla en piedra y un jovencísimo Felipe Criado que daba clases de pintura, creo recordar. Para poder vivir, trabajaba de albañil durante el día e iba a clases por la tarde hasta la noche, de seis a diez, todos los días. En el trabajo el jefe, que me quería mucho, me dejaba salir una hora antes para poder ir a clase.

La madera fue el material con el que empezó. ¿Con cuál se siente más cómodo trabajando?

Con la piedra. Me sentí siempre más cómodo y el trabajo resulta más rápido. Con la piedra trabajas con matices, con la textura. Sin embargo, pronto empecé a tener más encargos con mármol. El mármol ya requiere otra técnica, con un acabado mucho más preciso.

¿Qué decide el material con el que trabaja? ¿El tipo de pieza? ¿Es el mercado?

El mercado, digamos que de coleccionistas y galerías, prefieren el mármol y el bronce. En las obras públicas, sobre todo en Galicia, manda la piedra. Con respecto a la madera, cada vez hay menos demanda de obra en madera. Cuando preparo una exposición suelo llevar algo hecho en madera pero siendo consciente de que lo que se pide mayoritariamente son trabajos en otros materiales.

¿Cuál fue su primera obra pública, su primer monumento?

Fue un monumento al río Miño, en 1969, que me encargó la diputación de Lugo y se encuentra en el parque de Fonmiñá. Todavía tengo pendiente de cobrar veinte mil pesetas de aquel encargo (se ríe). Bueno, era algo que yo sabía que iba a ocurrir porque la diputación esperaba conseguir una ayuda que luego no llegó, así que en realidad no me deben nada.

Su obra se extiende por toda Galicia, sobre todo a partir de la década de 1970 hasta que se fue a Valencia, ¿qué le llevó allá?

Fui a llevar una pieza que me habían encargado y el comprador me presentó a un amigo que tenía interés en restaurar una fachada plateresca. En principio iba a ser un trabajo para seis meses, pero me quedé seis años, trabajando prácticamente por toda la comunidad valenciana: Elche, Ibi, Benidorm, Alcoi… Volví a Goián en 1984, pero seguí manteniendo el contacto con Valencia y tuve muchos encargos privados, porque unos clientes te presentaban a otros y así fue extendiéndose mi actividad por allí e hice varias exposiciones.

¿Le resultó fácil el regreso?

Yo quería volver a vivir aquí. Pero desde el punto de vista del trabajo, tras tanto tiempo fuera, fue casi como volver a empezar. No fue nada fácil. Pero como decía, no perdí el contacto con aquella tierra y seguí haciendo trabajos, incluso hasta 2010

Siempre se ha considerado un artista autodidacta, a pesar de la formación obtenida con maestros como Asorey o incluso con Xoan Piñeiro que lo tenía aquí de vecino. ¿Por qué?

En la vida de un artista lo primero es la escuela. Los profesores pueden ser muy buenos, pero te pueden enseñar hasta un punto. A partir de ese punto tienes que ser tú. Y ahí entran otras aptitudes. Tienes que conocer el cuerpo humano, su anatomía, pero también la mente, saber cómo piensan las personas, tienes que ser un gran observador. Si buscas la belleza no la encontrarás en una sola cosa. Son muchas las que intervienen. Con la escultura hay que captar esa belleza que va más allá, que se define con el gesto, con la pose, que muestra también la belleza interior de las personas. Ahí entra en juego todo y, por supuesto, también la composición. Una cosa es la belleza y otra la perfección. Puedes hacer una nariz perfecta, pero si el conjunto falla, no encontrarás belleza. Incluso la imperfección puede ser bella.

En los noventa su salud se ve muy afectada y se aparta por un tiempo, ¿qué cambió a partir de ese momento?

Gracias a un trasplante de hígado, me encontré con sesenta años mucho más joven que cuando tenía cincuenta. Pero también supuso para mí un cambio interior. Decidí repudiar los rebaños y traté de rodearme de gente que tuviera algo que decir. Volví a nacer, aprendí a escuchar y aprendí un montón de cosas, sobre todo de la naturaleza. Salir a pasear por el bosque con un problema en la cabeza y ver cómo cuando llegas de regreso a casa ya tienes la solución a ese problema. La vida cobró un valor diferente para mí.

Ya es usted octogenario, ¿sigue trabajando igual que cuando joven?

Sigo trabajando, sí. Pero el ritmo ya es diferente. Aguanto trabajando la piedra, como mucho, medio día. Ahora me dosifico. Por la mañana modelo, después descanso un poco a mediodía y por la tarde me pongo a escribir o a dibujar. Incluso estoy empezando a pintar. Estoy pensando ya en la vejez (se ríe)

¿Y a escribir? Hace poco publicó un libro.

Escribo a diario. Estoy con mis memorias. Hice el camino de Santiago y de esa vivencia escribí el libro “De Roncesvalles a Santiago de Compostela: un escultor en el camino”, que de alguna manera recoge esa forma de pensar, de observar en la naturaleza, los paisajes, la arquitectura, la soledad o las compañías con las que te encuentras mientras realizas ese recorrido.

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