Cuatro años de exilio: rehacer la vida tras escapar de la guerra en Ucrania

4º ANIVERSARIO INVASIÓN DE UCRANIA

“El 24 de febrero a las cuatro de la mañana me llamó mi hermana: Levántate, empezó la guerra". Así recuerda Natasha Pinchuk el inicio de todo. No había maletas preparadas ni un plan claro. Solo miedo.

En la imagen Natacha Pinchutch
En la imagen Natacha Pinchutch | La Región Internacional

Esta semana cumplieron cuatro años del inicio de la invasión rusa de Ucrania, el 24 de febrero de 2024, una fecha que marcó el comienzo de uno de los conflictos más devastadores en Europa en las últimas décadas. Desde entonces, millones de personas han abandonado su país. Muchas de ellas, sobre todo mujeres y niños, encontraron refugio en España. Algunas de esas historias ya forman parte del paisaje humano de pueblos y ciudades.

Una de ellas es la de Natasha Pinchuk, economista ucraniana que hoy vive en Celorio, en el concejo de Llanes, en Asturias. Llegó con sus tres hijos y un sobrino tras huir de Kiev en los primeros días del conflicto. Cuatro años después, trabaja en una confitería en , estudia, canta y ha echado raíces en una tierra que ya siente como propia.

La madrugada que lo cambió todo

“El 24 de febrero a las cuatro de la mañana me llamó mi hermana: ‘Levántate, empezó la guerra’”. Así recuerda Natasha el inicio de todo. No había maletas preparadas ni un plan claro. Solo miedo.

En Kiev, los primeros días fueron de caos y angustia. Bajaron al sótano, improvisaron refugios, durmieron vestidos. En uno de los momentos más duros, pasó la noche en un banco, abrazando a sus hijos, con un pensamiento que aún la estremece: que, si algo ocurría, prefería que la alcanzara a ella antes que a los pequeños.

Cuando se abrió un corredor de evacuación, logró subir a un tren sin luz, abarrotado, donde en un espacio para cuatro personas viajaban diecisiete, la mayoría niños. “No sabía ni a dónde iba. Solo llevaba una bolsa”. Desde allí cruzó a Polonia. Después, gracias a contactos familiares, emprendió viaje hacia España.

Natacha con sus hijos
Natacha con sus hijos | La Región Internacional

Llegar sin saber si sería para quedarse

Primero fue Oviedo. Luego, Celorio. Una familia particular les cedió una vivienda. Natasha no hablaba español. No entendía las conversaciones, no sabía cómo empezar de nuevo.

“Aprendí con una aplicación, todos los días. Con dolor de cabeza, pero estudiaba”, recuerda. La necesidad fue su motor. Poco a poco, entre clases improvisadas, vecinos que hablaban algo de inglés y mucha voluntad, empezó a comunicarse.

Lo que en un principio parecía una estancia provisional se convirtió en algo más duradero. “Cuando me dijeron que los niños tenían que ir al colegio, yo pensaba: ‘¿Para qué? Si en un mes volvemos a casa’”. Pero el mes se convirtió en año. Y el año, en cuatro.

Hoy reconoce que el proceso de adaptación continúa. “Todavía estamos adaptándonos, paso a paso”. Lo más difícil, explica, es dejar de sentirse parte de “algo grande”, de una nación, y pasar a ser extranjera en otro país. Lo más fácil: la acogida. “Aquí encontramos gente maravillosa. Mis compañeros de trabajo, mis amigos… ya son familia”.

Un país herido, familias rotas

Mientras Natasha reconstruye su vida en Asturias, la guerra continúa golpeando Ucrania. Habla de ciudades sin luz ni agua en pleno invierno, de temperaturas de 25 grados bajo cero, de ataques cada vez más dirigidos contra civiles.

“No hay ninguna familia a la que no le haya tocado una pérdida”, afirma. En la suya, un hermano resultó herido en el frente. Muchos hombres se quedaron en Ucrania defendiendo el país. El éxodo masivo ha fragmentado familias, matrimonios, generaciones enteras.

“La guerra te enseña que no hay que hacer planes. Todo puede cambiar en un minuto”, dice. Antes de 2024 tenía una vida organizada: trabajo, rutinas, proyectos. Hoy su horizonte es distinto. No ha perdido la esperanza de que el conflicto termine, pero sabe que la reconstrucción —económica, social, emocional— será larga.

Crecer entre dos idiomas

Sus hijos son el termómetro del cambio. La pequeña llegó con dos años; hoy tiene casi seis y lee en español. “No conoce letras ucranianas, pero lee en español perfectamente”, cuenta con una mezcla de orgullo y nostalgia.

En casa hablan ucraniano. Fuera, español. Los niños mezclan tradiciones: celebran Papá Noel y los Reyes Magos, mantienen costumbres de su país y adoptan las asturianas. Entre juegos, hablan en castellano sin apenas acento.

Ese arraigo infantil hace que la idea de regresar sea cada vez más compleja. “Con cada minuto que estoy aquí es más difícil volver”, admite. España, y en concreto Asturias, ya no es solo refugio: es hogar.

En la Basílica de Covadonga
En la Basílica de Covadonga | La Región Internacional

Una vida nueva en Asturias

Natasha a pesar de ser economista trabaja en una confitería en Llanes. “La gente compra dulces y sale contenta”, sonríe. Ese entorno amable le ha permitido recuperar algo que la guerra arrebató: normalidad.

También ha encontrado tiempo para sí misma. Asiste a clases de canto, un sueño que nunca pudo desarrollar en Ucrania por falta de tiempo. “Aquí me invitaron y ahora estoy encantada. Es algo para mí”, explica.

Su vida cotidiana se entrelaza con la del entorno: acude a fiestas locales, comparte celebraciones, mantiene vínculos con su hermana en Oviedo. Asturias, dice, es “un lugar maravilloso”. Cuando llegó, buscó en el mapa dónde estaba. Hoy no se imagina en otro sitio.

Mirar al futuro

Sobre la política internacional y los movimientos diplomáticos en torno al conflicto, Natasha prefiere la prudencia. No pierde la esperanza de que la guerra termine pronto, aunque es consciente de que el daño ya es profundo.

Su proyecto personal está ahora en España. Tiene vivienda, trabajo y planes. “Costó decidir que nos quedamos, pero es inevitable. Buscamos cosas positivas y vamos a por ello”.

Antes de despedirse, deja un mensaje para quienes, como ella, viven desplazados y lejos de su hogar:

“No siempre va a ser así. La vida cambia. Hay que ser flexibles y buscar lo positivo en todo. Aunque sea difícil, siempre hay algo. Sale el sol… y hay que agradecerlo”.

Cuatro años después del inicio de la guerra, la historia de Natasha es la de miles de personas que llegaron huyendo y hoy forman parte del tejido social español. Historias de pérdida, sí, pero también de reconstrucción. De raíces nuevas que crecen, silenciosamente, lejos de casa.

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