Ciclismo y genocidio. Hoy es siempre todavía
OPINIÓN
Las imágenes de los actantes contra el paso de los esforzados obreros de la bici de La Vuelta 2025, controlados por sus patronos a través de sensores digitales que miden robóticamente su productividad quilométrica, han revocado las loables intenciones pacíficas del resto de los protestantes
Alrededor de los comienzos de las pruebas ciclistas en el siglo XIX - el Tour de Francia como emblema a partir de 1903 - se acuñó acertadamente que los routiers son unos forzados de la ruta. Cualquiera que haya intentado emular algún recorrido de una de esas épicas pruebas - lo hago con conocimiento de causa por haber sobrevivido como cicloturista a cuatro etapas reinas del Tour en Pirineos y Alpes de diversas ediciones - asegurará que no existe ningún deporte que pueda compararse a su exigencia mental y física, en sus inicios, atractivo para huir de la esclavitud minera.
Y que más allá del glamur de los focos que muestran a los ganadores de las grandes pruebas, quienes demasiadas veces terminan las ascensiones con un rostro como si acabara de levantarse de la mesa de un café tras contemplar el esfuerzo de los velocipedistas, la mayoría de los profesionales apenas se asoman a nuestras pantallas. Simplemente aspiran a finalizar una gran prueba de 22 días, sin caerse, sin enfermar, sacrificando todos los días su preciosa energía para que pueda su jefe de filas, extraerse del pelotón y aspirar a ganar una etapa, e idealmente la prueba – no incluyo aquí al ciclismo femenino por equipos cuya práctica profesional responde mayormente al esfuerzo y tácticas individuales.
Los forzados suelen integrar lo que los italianos llaman el/la grupetto /a, los domestiques franceses, los portabidones en español, un pelotón de sobrevivientes que simplemente busca llegar, en cada etapa, dentro de los límites de tiempo establecidos por la organización de las pruebas. Luego, el mejor momento del día: el masaje reconstituyente, el diálogo con algún familiar y la cena reparadora, antes de encarar la noche en la que esperan conciliar el sueño, y recuperarse para, como Sísifo, tornar a pedalear sobre la piedra del dolor en un círculo vicioso de tres semanas … Son trabajadores que dedicarán toda su breve vida deportiva a andar sobre una bicicleta una media de 30.000 km anuales, bajo cualquier condición climática y peligros viales, en espera de una incierta reconversión laboral, sin apenas medios ahorradores. Y para poder destacar al azar de alguna prueba, tras ascender muros que pueden retar el equilibrio de sus endebles máquinas de titanio, tendrán luego que lanzarse a tumba abierta a cerca de 100 kms/h sobre una estructura de apenas 10 kg, con llantas y radios que más bien se asemejan a esculturas de alambre de Calder a punto de desintegrarse. Forzados, equilibristas y aspirantes a suicida.
Los espectáculos festivo-deportivos desde las olimpiadas helenas han servido para mostrar, por un lado, la capacidad humana para la superación, y por otro, confirmar estructuras simbólicas de hegemonía política, religiosa, económica, social, nacional, etc. En sus fórmulas más contemporáneas, el campeonato del mundo de fútbol celebrado en Italia en 1934 sirvió para blanquear el fascismo mussoliniano, mientras que los JJ. OO. de 1936 en Berlín fueron un gran espectáculo para la Alemania nazi de Hitler, pavoneado por las imágenes de Olimpia (1938) de Lenny Riefenstahl, cuya celebración ninguna potencia democrática de la época se atrevió a contradecir, a pesar de los propósitos racistas y totalitarios y las políticas concentracionarias iniciadas y publicitadas por el régimen hitleriano en Dachau. Por ello, cinco días después del fallido golpe de estado fascista que sufrió la Segunda República española, con el consiguiente conflicto total y la derrota de las fuerzas democráticas, debían abrirse en Barcelona el 22 de julio de 1936 en el estadio de Montjuïc las olimpiadas populares para contrarrestar, a pesar del tufo totalitario estaliniano, la ofensiva de los fascismos de entonces. Sin embargo, aquellos atletas-obreros internacionales fueron algunas de las primeras víctimas de aquellos, al cambiar sus armas deportivas por las de fuego y unirse a la resistencia popular contra el golpe militar, encabezado en la ciudad condal por el general Goded.
Bastantes años después, en 1972, la organización terrorista Septiembre Negro - palestinos que actuaron originalmente en contra del rey Hussein I de Jordania por su represión contra hermanos territoriales que habían tratado de asesinarlo - utilizaron los JJ. OO. de aquella ciudad para atraer la atención mundial sobre la cuestión palestina con un resultado masacrante para todas las partes. Aquello sirvió para que el deporte definitivamente entrara globalmente en la historia sangrienta de las protestas y luchas espectaculares, por parte de minorías reivindicadoras y hasta de estados. Así en 1980, los Estados Unidos de América encabezaron un importante boicot a los Juegos Olímpicos de Moscú, como continuación a gran escala de una política de exclusión que ya se había establecido en los Juegos Olímpicos de Amberes de 1920 cuando Alemania, Austria y sus aliados perdedores de la Primera Guerra Mundial no fueron invitados, como también ocurriría con África del Sur en los años 1970, etc.
En días recientes, a lo largo de las carreteras de la Vuelta a España 2025, hemos contemplado las protestas de colectivos que denunciaban las masacres que se están produciendo en el perenne conflicto de Gaza, escalado sin tregua significativa por Israel tras el pogromo de Hamás del 7 de octubre de 2023, con secuestro de rehenes, algunos de ellos todavía en paradero desconocido. Las cifras de víctimas son abrumadoras, tanto por acciones bélicas indiscriminadas hacia la población civil, como por daños atribuidos a la falta de alimentos o cuidados hospitalarios. La Organización Internacional de Estudiosos del Genocidio (IAGS), la relatora de la ONU sobre los derechos humanos en los territorios palestinos ocupados desde 1967 y el Comité Especial de Naciones Unidas sobre las Prácticas Israelíes que afecten a los Derechos Humanos del Pueblo Palestino, sin acceso alguno a dichos territorios por impedimento gubernamental israelí, han tipificado la situación como tal, y dicha palabra se repite de forma habitual en muchos medios de comunicación planetarios. Algunas declaraciones de ministros ultras del gobierno de Netanyahu así lo podrían ratificar, junto a una postura diplomática estadounidense que plantea contrariamente a Naciones Unidas un solo estado israelí para todo el territorio, junto a deportaciones masivas de la población de Gaza y anexión de Cisjordania. A parte de intervenciones puntuales en sus conflictos particulares con Israel, por parte de los Hutíes desde Yemen o de Irán, junto al apoyo subterráneo de esta nación a Hamás y Hezbolá, organizaciones que se esconden en Catar o Líbano, continuamente diezmadas por ataques transfronterizos israelíes de minuciosa preparación, ningún estado ha desarrollado acciones frontales contra el curso de esta guerra y los métodos de los gobernantes de Israel. Lejos quedan ya las de estados árabes (1948, 1956, 1967, 1973) que agravaron las opciones palestinas tras la partición de la ONU de 1947, con derrotas y progresivas ocupaciones israelíes de territorio originalmente asignado a aquellas, aunque el estado hebreo nunca se haya anexionado oficialmente dicha tierra a partir de 1967.
El gobierno español, como toda la Unión Europea, ha mantenido una línea de gestos condenatorios no radicales, como pudiera representar el cese de relaciones diplomáticas y comerciales con el estado de Israel. El 8 de septiembre, el presidente Sánchez decretó una serie de medidas en torno a cuestiones mayoritariamente de abastecimiento militar, en apariencia más espectaculares que eficaces que todavía no se han concretado. Entre tanto, se produjeron declaraciones contradictorias por parte del ministro de Asuntos Exteriores español respecto de la Vuelta a España y el intento de exclusión de un equipo ciclista parcialmente financiados por un filántropo judeo-israelí que apoya a Netanyahu, con el nombre de Israel-Premier Tech - palabra inicial borrada luego de su identidad durante la carrera ante el peligro para la integridad de sus corredores y equipo técnico -. Por un lado, el ministro Albares declaró que la decisión debiera corresponder a la Unión Ciclista Internacional, mientras que añadía, en un gesto de para-diplomacia quiero y no puedo, que personalmente sí lo expulsaría. Durante los actos de protesta, además de las banderas palestinas, se advirtieron en Cataluña, Euskadi y Galicia la presencia de organizaciones independentistas, con conexiones pasadas y probadas a través de ETA con el terrorismo palestino de Fatah y la OLP. A lo largo de la prueba, los manifestantes también contribuyeron a caídas entre el pelotón ciclista, o interrumpieron la competición con perjuicio para esforzados corredores que aspiraban a una quimérica victoria, junto a insultos o lanzamiento de orines contra los miembros del equipo Israel-Premier Tech. En este sólo había un corredor de dicha nacionalidad del que se desconoce su opinión sobre la cuestión palestina pero que ha declarado haber sido incapaz de conciliar el sueño para afrontar la prueba con garantías. Finalmente, mientras la presidente de la Comunidad de Madrid buscaba un interesado y provocador protagonismo al visitar al mentado equipo, elementos no pacíficos impidieron que la Vuelta celebrara en Madrid su final y homenajeara a sus campeones, entre ellos, el ciclista estadounidense de origen italiano, Mathew Riccitello, perteneciente al semi-borrado equipo Premier Tech, nombre de su segundo patrocinador canadiense.
En el discurso de Sánchez del 8 de septiembre, se dio validez al genocidio en Gaza sobre el que las Naciones Unidas previene acerca de la dificultad y necesidad de la prueba de su intencionalidad. Además, más allá de lo que se desarrolla ante nuestros ojos, casi anestesiados por la repetición industrial de las imágenes de la muerte, el genocidio como concepto paraliza la respuesta de gobiernos europeos como Alemania, Austria, Chequia y Francia, atenazados por una memoria histórica de crímenes nazis y de colaboración, presentificadas por políticas memoriosas condenatorias que se han vuelto abyectamente en contra de sus intenciones preventivas, y que apuntan a las limitaciones de lo que se creía representaba la memoria eficaz e infranqueable del Nunca Más. Azuzados por el auge de los seguidores de ideas cercanas a los perpetradores de ayer, los dirigentes democráticos de estos países se encuentran entre el Escila de la ética del principio de la condena sin ambages para los ejecutores israelís y el Caribdis de la responsabilidad electoral ante el miedo para su propia retaguardia azuzada por adversarios que esgrimen políticas de exclusión que los conectan a aquel Holocausto (Reagrupamiento Nacional, Alternativa para Alemania). Simultáneamente, la lideresa italiana desciende de un partido vertebrado entre las cenizas de Mussolini, y el estadounidense con el apoyo de un Tribunal Supremo garante de sus repetidos atropellos constitucionales al derecho de libre expresión y habeas corpus, entre otros, admira a los gerifaltes chinos y rusos de hoy, aunque fuera comparado a Hitler en 2016 por su vicepresidente actual.
Entre tanto, sobresalen las imágenes de plausibles crímenes de guerra atribuibles al ejecutivo israelí, entre ataques indiscriminados de su ejercito contra objetivos civiles teóricamente excluidos por el Convenio de Ginebra de 1949 relativo a la protección debida a los no combatientes, para los que la Fiscalía española acaba de abrir diligencias para cooperar con dichas acusaciones ante la Corte Penal Internacional. Nos hallamos ante una respuesta bélica desproporcionada más allá de cualquier límite planteado en el S. XVI por los teólogos de la Escuela de Salamanca (De iure belli), a pesar de poder atribuirse a Hamás la responsabilidad por su inicio de 2023, su camuflaje habitual entre la población palestina, y la toma de rehenes. Ende, estratégicamente la preferencia discursiva por acusaciones públicas de genocidio cuyas pruebas, como las de crímenes de guerra, deben ser ratificadas en garante juicio por la Corte Penal Internacional, que ni China, EE. UU, Israel o Rusia reconocen, podrían diluirse para la causa palestina y otros crímenes de lesa humanidad, al abrirse la caja de Pandora de un procedimiento viciado a caballo del supuesto prejuicio negacionista sobre la memoria del exterminio judío: embarrar el campo para que el balón de la verdad quede varado entre discusiones arbitrales.
Si una parte muy considerable de la sociedad civil ha emitido su sentencia de genocidio, la pusilánime parquedad de las reacciones oficiales de los gobernantes europeos, atados unos por la inacción comunitaria, otros por los intereses creados, terceros por el pavor a un pasado que termina, como advertía Nietzsche, por secuestrarnos, exigiría mayor firmeza ejecutiva pero también, velis nolis, respeto a los tiempos de enjuiciamiento de lo que son evidencias pero no veredictos. A pesar de las indescriptibles imágenes y cifras de muertes palestinas, la acusación-condena oficial genocida avant la lettre podría ser recusada por los acusados como prejuiciada y viciada en su forma. No podemos obviar los procedimientos legales obligatorios mientras reprochamos su ausencia entre los actos de los investigados, emboscados a su vez por su caso omiso frente a los Tribunales Internacionales y la excusa milenaria de antisemitismo: doble vara de medir legal y memoriosa.
Pero discursos ejecutivos como el español oficialmente parecen haber tomado la justicia por su mano de que Israel en bloque, un teórico estado soberano y democrático, establecido por mandato de las Naciones Unidas en 1948, es unitaria y unilateralmente ejecutor de la destrucción masiva del pueblo palestino. El territorio israelí, permanentemente en disputa desde su fundación, poblado por algunos descendientes del mayor genocidio industrial de la historia, es una democracia en grave peligro de involución totalitaria, pero todavía ampara, a pesar de Netanyahu y acólitos del sionismo racista del Likud y otros, resistencias internas que se oponen a las estrategias bélicas y excluyentes de sus gobernantes. Son nacionales israelís, entre otros, palestinos con pasaporte de dicho estado, o personas de confesión u origen judíos urbi et orbi, sionistas laicos y demócratas inclusivos con actitudes disidentes ante las políticas de ocupación y violencia sobre Gaza y Cisjordania. Por la misma ecuación, no todos los palestinos apoyan a Hamás, o no ven la viga ajena de la corrupción en la paja propia de la Autoridad Palestina.
Así, el término genocidio puede servir para aumentar una irrefrenable indignación entre la ética de los acusadores pero también se puede tornar palabra comadreja ante la necesaria prueba legal como crimen irrevocable de lesa humanidad, exagerado también sin distingos en torno a colonialismos varios entre anacronismos históricos. La estrategia discursiva con el posible abuso semántico y leguleyo del marbete genocidio frente al más evidente de crimen de guerra, tan imprescriptible como su primo exterminador, deja en suertes el miedo atávico del antisemitismo más primario. Su memoria no puede apartar jamás las pesadillas ancestrales y confesionales de dicha persecución, bajo la amenaza permanente de organizaciones como Hamás o Hezbolá que entre sus estatutos defienden la destrucción de Israel y sus ciudadanos, desde el río hasta el mar. Para su pasado ibérico, podemos exhibir tanto sombras inquisitoriales como luces salvadoras a sefarditas gracias a oportunismos culturales primoriveristas y nacional-católico franquistas, y el humanitarismo de funcionarios de los consulados españoles centroeuropeos durante la Shoah. Como las cancillerías de los aliados, aquellos también conocían – a pesar de la falacia que se repite hoy sobre Gaza como primer genocidio en tiempo real - la simultaneidad del exterminio que llevaban a cabo los nazis, no sólo contra judíos.
¿El boicot o prohibición a representantes de Israel en actividades deportivas o culturales como Eurovisión terminará con la política de guerra de Netanyahu?
La exclusión de naciones o colectivos de diversos acontecimientos deportivos, en línea con la obsesión de la cancelación ideológica a lo woke, no ha conllevado el final de conflictos o abusos, como el de la URSS de 1980, o la Rusia de hoy en Ucrania, en una estrategia de contagio global que defienden los portavoces del gobierno español y voceros de comunicación afines. Pero las protestas, que han puesto en peligro la salud e integridad de todos estos forzados de la ruta de la Vuelta 2025, - hiriendo a uno de ellos, arrojando objetos punzantes ante el paso de otros – tipificable como intento de homicidio – han incurrido simbólicamente en análogos daños colaterales que se aspiraban a detener. ¿Qué se logra en estas manifestaciones con símbolos como banderas israelíes decoradas con esvásticas? ¿Qué papel juegan los bailes de los manifestantes frente a lo que debiera ser respetuoso silencio funerario ante las masacres en Gaza? ¿Cuándo existirá una política concertada de decidida ruptura de relaciones diplomáticas y comerciales y de cerco judicial contra los dirigentes actuales en Israel que apoyan esta política contra los palestinos, unida a otra decidida estrategia contra los abusos de estados teocráticos o terrorismos exterminadores antisemitas como el de Hamás? Y metidos en faena buenista, ¿por qué no abogar, de paso, contra equipos ciclistas como UAE o Baréin, satrapías que imponen la sharía y velan los derechos de las mujeres, Astana, escuadra del autoritario Kazajistán, Ineos y Total Energie y su industria de combustibles fósiles? ¿Por qué no hubo manifestaciones con similar vehemencia en 2022 contra la celebración del campeonato mundial de fútbol en Catar, donde se había utilizado mano semi-esclava para la megalomaníaca edificación de recintos deportivos que causaron un número desconocido de víctimas importadas como carne para la construcción? Y para cerrar un círculo de corrección histórica cancelatoria tan al uso hoy entre los cruzados de las causas que otorgan indulgencias totales en los Campos Elíseos de los bienaventurados, si no se excluye a equipos de Israel, ¿por qué no exigirles abyecta e histriónicamente el porte de una estrella de David como tras el Concilio de Letrán de 1213, y ya en memorioso territorio propio, evocar las prohibiciones antijudaicas de los de Toledo de la iglesia visigoda del siglo VII?
En esta sociedad del espectáculo, no nos hemos movilizado con igual vehemencia contra otros conflictos como los de Sudán, Tigray, Ucrania, Yemen, el de Casamance en Senegal, la década larga en Siria, Ruanda, próxima sede de un Mundial de ciclismo, que interviene en la República Democrática del Congo, la represión en Afganistán, China, Corea del Norte, Cuba, Irán, Nigeria, Turquía … Los políticos y manifestantes españoles sobre Gaza suelen repetir que están del lado bueno de la historia, lo cual puede ignorar la compleja diversidad de la fenomenología de los anales de esta y arrogarse sin matices la posibilidad de una construcción unívocamente justa ante el horror. Entre los algoritmos de la infocracia criticada por Byung-Chul Han, resalta en la España de hoy este buenismo bienintencionado que suele abrazar todas las causas menesterosas, y quizás paradójicamente, ninguna: hoy es martes , ¿qué mani toca? como aquella parodia fílmica del turismo sin sentido, Si hoy es martes, debe ser Bélgica ¿Tiene que ver con cierto síndrome de un supuesto déficit democrático, en particular, desde que se ha extendido una hipermnesia de estado ante nuestras deudas respecto de la dictadura franquista? ¿La hipercorrección lingüística para parecer más cultos se ha trasladado a la política para destacarnos en las redes sociales como más solidarios? ¿La defensa de lo palestino como pueblo colonizado que perdió sus derechos territoriales en 1948 tras una guerra anunciada por los estados árabes que abandonaron luego sine die a sus hermanos, no sirve también para favorecer lecturas neo colonialistas-independentistas autóctonas, particularmente caras a grupos soberanistas en Cataluña, Euskadi y Galicia que hacían ondear durante la Vuelta 2025 sus banderas junto a las palestinas? Opciones hoy, por lo menos, defendidas mayoritariamente con criterios de debate democráticos tras la larga travesía de la violencia etarra, el Procès catalán, y las acusaciones nunca despejadas de excesos en la violencia y manipulaciones de estado, respectivamente en Euskadi y en Cataluña. De paso, ¿no ayuda para soñar con un posible rediseño de estado nación español hacia la confederación y/o desmembración que algunos partidos de la izquierda aceptarían también como posibilidades de mañana? ¿No reverberan también estas protestas cierto oportunismo electoral para un enfrentamiento entre opciones ideológicas españolas de teóricos buenos tras el muro de la decencia y malos de la pusilanimidad y de discursos nacional-excluyentes cercanos al PP y Vox, como han mostrado los debates en el Congreso de los Diputados, en los que diversas formaciones se arrojan reproches sobre su exceso o falta de ética humanitaria?
Las imágenes de los actantes contra el paso de los esforzados obreros de la bici de La Vuelta 2025, controlados por sus patronos a través de sensores digitales que miden robóticamente su productividad quilométrica, han revocado las loables intenciones pacíficas del resto de los protestantes. Y la postura gubernamental del presidente del gobierno y ministros favoreciendo el boicot ciclista no podía ignorar la dificultad para mantener las manifestaciones dentro de cauces controlables, mientras se dejaba en plano secundario el derecho de unos 3500 trabajadores de la carrera a ejercer su profesión y cometidos. Comentarios exultantes posteriores sobre la ética solidaria de los españoles y su efecto contagioso no dejan de apelar a cierta autosatisfacción nacional-moralista, frente a un exigible y discreto humanitarismo sin fronteras, dentro de un enfoque que cree poder cambiar una geopolítica siempre sorda a laudables gestos solidarios. El horror de Palestina y otros conflictos se escabulle ante decididas sanciones político-económicas contra intereses creados - enormes los que encierra la próspera economía israelí, por ejemplo, militares y de servicios de inteligencia de los que depende la Unión Europea - por parte de gobiernos sabedores de dichos impedimentos.
Paradójicamente, el ineficaz boicot al deporte que de nuevo proyecta elementales sentimientos nacionalistas, que quizás sólo sirva para enardecer más a los fanáticos de Netanyahu and Co., yerra de plano al atacarse al ciclismo. A pesar de la profusión de banderas que sobre todo apoyan la identidad d sus portadores en las cunetas de las retransmisiones televisivas, probablemente sea la única práctica en la que los seguidores muestran la ausencia de banderías y el aplauso más ecuánime hacia todos los corredores, incluidos y en particular, los últimos de los forzados para así ayudarles a superar el mal trago de la grupetta, de la caída, de la enfermedad, corran en un equipo marcado por el azufre de la peoría o el incienso de la mejoría: una ascensión al Gólgota en el que nadie puede evitar portar la cruz de su pedaleo.
Mientras, la flotilla de apoyo al pueblo palestino fletada desde Barcelona ha surcado estos días el Mediterráneo, mecida demasiadas veces en redes sociales por sonrojantes selfis dorados. A la vez, anónimos voluntarios de las diferentes ONGs en Gaza intentan aliviar entre la escasez, el peligro máximo y el silencio la desesperación de los sobrevivientes, como aquellos voluntarios no combatientes, por ejemplo, los cuáqueros en la Guerra de España, que buscaron proteger a los niños o que los acogieron lejos de nuestras fronteras. ¿Dónde, cuándo un procedimiento de urgencia europeo para aceptar refugiados palestinos como el que se implantó con los ucranianos? Gaza y tantas otras masacres planetarias nos retrotraen al funesto recuerdo de las rimas de las ineficaces fotografías de los niños muertos en la Guerra de las Españas de 1936-39 que no alteraron la connivencia de las democracias de entonces (EE. UU., Francia, Reino Unido) para frenar aquella agresión militar-fascista que remarcaba el hundimiento del orden internacional de entonces en la Sociedad de Naciones y que nos condujo al segundo cataclismo planetario. ¿La parálisis sobre Palestina, Ucrania, las noticias de violación de fronteras por parte de medios aéreos rusos, las arbitrariedades de todo tipo ya denunciadas por Primo Levi como la pendiente sin frenos - otra metáfora ciclista - hacia el precipicio del campo de concentración, secundadas hoy sin tapujos por la supuesta primera democracia burguesa que se acerca a un paradójico 250 aniversario, abren la vía hacia una tercera conflagración planetaria? ¿Dejaremos de jactarnos de nuestras buenas intenciones en esta sociedad de la inmanencia ombliguista – la trompeteada caridad mal entendida que denuncian Evangelios y Corán – ante las contradicciones de las pusilánimes No-intervención(es) de los gobiernos supuestamente democráticos, incluidas las españolas? ¿En aniversario machadiano, centuria y media después, hoy es siempre todavía para la continua brutalidad de parte de nuestra especie?
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