“Extranjero, cállate” el incidente en un tren de un trabajador español reabre el debate sobre la xenofobia en Suiza

XENOFOBIA EN EL TREN

La presencia española en Suiza no es nueva. Desde los años 60, miles de trabajadores emigraron al país, estableciendo una comunidad que hoy supera las 130.000 personas. A lo largo de décadas, muchos españoles han logrado integrarse plenamente, participando en la vida económica, social y cultural.

Un tren en la estación de Saint-Gingolph, con el lago Lemán de fondo
Un tren en la estación de Saint-Gingolph, con el lago Lemán de fondo | Europa Press

El caso de Felipe Hilario, un trabajador español residente en Suiza que recibió una tarjeta con mensajes xenófobos mientras viajaba en un tren, no es algo que ocurra habitualmente ni en Suiza, ni en ningún país europeo. Sin embargo, este episodio, aunque anecdótico, se produce en un contexto de creciente debate político sobre la inmigración en Europa.

Hilario viajaba desde Zúrich cuando encontró sobre su asiento una tarjeta con iconos que instaban a guardar silencio y una cruz roja sobre una persona hablando por teléfono. Y aunque en muchos país, hablar por teléfono en el transporte público está prohibido para evitar molestias al resto de pasajero, este mensaje en concreto, traducido a varios idiomas, era tan específico como tajante: “Extranjero, cállate”. La multiplicidad de lenguas dejaba claro que no se trataba de una queja genérica, sino de un mensaje dirigido específicamente a personas extranjeras.

Suiza cuenta con una de las mayores proporciones de población extranjera de la vieja Europa, incluso superando el 27%. En paralelo, el debate político sobre la inmigración se ha intensificado en los últimos años, con propuestas para limitar el crecimiento de la población extranjera e incluso someter a referéndum posibles restricciones.

Esta situación, ha contribuido a polarizar el discurso público, algo que, según algunos residentes, acaba trasladándose al día a día, aunque de formas muy distintas según las experiencias personales.

Una comunidad española histórica

La presencia española en Suiza no es nueva. Desde los años 60, miles de trabajadores emigraron al país, estableciendo una comunidad que hoy supera las 130.000 personas. A lo largo de décadas, muchos españoles han logrado integrarse plenamente, participando en la vida económica, social y cultural.

Es el caso de José Gil, presidente de la Asociación As Xeitosiñas de Zúrich, que asegura que "llevo en Suiza 54 años y jamás he sido discriminado, en nada, pero en nada de nada. Ese es un cuento como muchos otros. Quizás es porque veo a Suiza como un país que se esfuerza por atender bien a los extranjeros. Suiza es tolerante y nos permite desarrollar actividad sociocultural, política y religiosa.

Y añade, que "los que tienen problemas son los anarquistas. Suiza pretende que, si vienes aquí y quieres vivir aquí, te integres, respetes las leyes, sus principios y sus valores. Cuando vas de progre te llaman la atención; si eres residente, incluso te pueden expulsar del país, y eso es correcto.

Para Gil, a Suiza "no se puede venir para vivir del sudor de los demás; a Suiza se viene a trabajar, a respetar y a ser respetado. Ya nos lamentamos de que Suiza no siempre logra ser el país que era, pero lo intenta. Los racistas son los que lo son y dicen que son los demás”.

En cambio, Mery Ballester, retornada tras una década en el país, considera que el episodio encaja en una realidad más compleja y afirma que se trata de un caso evidente de discriminación: “Lo que ocurrió es, sin duda, un acto de racismo como nunca antes había vivido. En mis diez años utilizando el transporte público en Suiza, lo máximo que había percibido eran miradas incómodas o algún suspiro de desaprobación. Pero algo así va mucho más allá. Me parece profundamente deleznable y creo que es necesario denunciarlo para que se pueda identificar a quien esté detrás”.

Además, sostiene que este tipo de situaciones no son aisladas, sino que responden a una forma más sutil de rechazo: “Después de una década viviendo en Suiza he visto muchos actos de lo que yo llamaría ‘micro-racismo’: pequeños comentarios o actitudes que dejan entrever un malestar latente hacia el extranjero. La sociedad suiza rara vez te dice a la cara las barbaridades que se escuchan en otros países sobre la inmigración; son maestros de lo políticamente correcto. Sin embargo, al convivir y trabajar con suizos y hablar su idioma, llegó un punto en el que muchos se sentían lo suficientemente cómodos como para hablar con franqueza sobre su incomodidad hacia otras culturas. Cuando yo les recordaba que yo también era inmigrante, más de una vez escuché cosas como: ‘sí, pero tú eres de las buenas’ o ‘tú te has integrado bien’”.

En este sentido, destaca la paradoja que supone que la suiza ser una sociedad con un alto porcentaje de población extranjera: “Esto siempre me ha resultado paradójico en un país donde aproximadamente un 25 % de la población es extranjera y otro gran porcentaje tiene origen migrante. Uno pensaría que Suiza es plenamente consciente de que sin inmigración sería difícil prosperar. Pero la xenofobia existe, y está creciendo. Basta con mirar el peso político del SVP y sus campañas contra la inmigración para darse cuenta”.

Asimismo, relata experiencias personales de discriminación que, según explica, han marcado su percepción: “A lo largo de estos años también he vivido situaciones que me han hecho sentir discriminada. Comentarios constantes sobre mi origen, insinuaciones de que quizá no había entendido algo por la ‘barrera del idioma’ cuando surgía algún desacuerdo, o frases disfrazadas de halago como ‘qué carácter tienes, se nota que eres española’. Una vez, en el tren, unos desconocidos nos oyeron hablar español entre risas y, al salir, nos empujaron mientras nos gritaban ‘mierda de extranjeros’. En el trabajo incluso me negaron un aumento de sueldo diciéndome literalmente que, ‘siendo mujer y extranjera’, no iba a encontrar nada mejor y que debería estar agradecida”.

Por último, advierte de la necesidad de visibilizar este tipo de comportamientos: “Todas estas experiencias me han hecho entender que el racismo muchas veces no se manifiesta de forma abierta, pero está ahí. Y por eso creo que es importante hablar de ello y señalarlo cuando ocurre. Me preocupa muchísimo la deriva a la que nos está llevando este pensamiento globalmente, y creo que es importante que empecemos a tomar medidas”.

Por su parte, Andrés Junco, emigrante de larga trayectoria en Suiza, introduce un matiz intermedio: “Nosotros ni nadie de nuestros conocidos hemos tenido este tipo de problemas. Suiza tiene sus particularidades que hay que comprender y respetar si queremos que ellos nos respeten. Es evidente que hay personas a las que los extranjeros no les gustan (a mi entender los españoles no están entre ellos) pero también hay extranjeros que no hacen los esfuerzos de integración necesarios y luego se extrañan de ciertas reacciones. En fin, complejo, como la vida misma”.

Un debate abierto

La compañía ferroviaria suiza ha condenado cualquier acto de discriminación y asegura que este tipo de materiales xenófobos no están autorizados. Sin embargo, el origen de la tarjeta sigue sin esclarecerse.

Más allá del caso concreto, el episodio ha servido para visibilizar una realidad poliédrica: mientras algunos españoles destacan la integración y las oportunidades que ofrece Suiza, otros alertan de una xenofobia más sutil, pero persistente.

En un país donde la inmigración ha sido determinante para su desarrollo, el equilibrio entre integración, convivencia y discurso político sigue siendo uno de los grandes desafíos. Y casos como el de Felipe Hilario demuestran que, más allá de las estadísticas, el debate también se vive —y se siente— en lo cotidiano.

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