El FMI desaconseja los subsidios para contener el alza de los precios

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El organismo recomienda a los gobiernos que opten por hacer transferencias directas y temporales a los hogares vulnerables, mientras advierte de que los topes de precios y las ayudas a los productores consumen hasta 22 veces más recursos públicos

Kristalina Georgieva, directora del FMI
Kristalina Georgieva, directora del FMI | Gent Shkullaku

El Fondo Monetario Internacional eleva la presión sobre los gobiernos para que abandonen la política de subsidios generalizados en un intento de contener el encarecimiento de la energía y los alimentos. Estas medidas, advierte, pueden costar hasta 22 veces más que las ayudas directas, benefician de forma desproporcionada a las rentas altas y dejan menos margen presupuestario para afrontar futuras crisis.

El diagnóstico aparece en un nuevo análisis sobre las crisis del coste de la vida, publicado como adelanto de las próximas Perspectivas de la economía mundial, en el que la institución pone negro sobre blanco su juicio sobre las respuestas aplicadas por los gobiernos durante las últimas tres décadas. Así, compara las transferencias monetarias dirigidas a los hogares vulnerables con los topes de precios, las rebajas de impuestos y las subvenciones a consumidores o productores, y su conclusión es clara: las intervenciones generales pueden exigir entre tres y veintidós veces más dinero público que entregar directamente la ayuda a quienes la necesitan.

La diferencia se explica, en parte, por quién termina beneficiándose del gasto. Según sus datos, al aplicarse con carácter general, una parte muy importante de las ayudas llega a familias que podrían asumir el encarecimiento sin apoyo público: por cada euro dedicado a contener el precio de la electricidad, el gas natural o la gasolina, los hogares con menos ingresos recibieron menos de veinte céntimos; y, en el caso específico de los carburantes, alrededor de cuarenta céntimos recayeron en el 20% más rico de la población, que consume mayores cantidades.

El desequilibrio es todavía mayor cuando la ayuda no se concede al consumidor, sino al productor. Además de su elevado coste, como señala el FMI, ni siquiera garantizan que todo el beneficio permanezca en el país: si los bienes subvencionados se exportan, una parte del dinero público termina abaratando las compras de consumidores extranjeros.

La distorsión del mercado es otra de las consecuencias de las que alerta el organismo que dirige Kristalina Georgieva. Si numerosos gobiernos recurren simultáneamente a esta fórmula ante una escasez mundial de petróleo como la actual, las subvenciones mantienen elevada la demanda pese a la escasa oferta, lo que presiona todavía más los precios. En este punto, calcula que podrían subir hasta 25 puntos porcentuales que perjudicarían especialmente a los países pobres e importadores, con menos recursos para proteger a su población.

Ayudas directas y con fecha de retirada

Es por esto que la alternativa del FMI consiste en ayudar directamente a las familias con menos recursos y menos posibilidades para absorber una subida repentina de los precios. Otras medidas, como los topes o las rebajas fiscales, admite, pueden estar justificadas si la perturbación es excepcional y claramente temporal, si existe margen presupuestario y si las expectativas de inflación corren el riesgo de descontrolarse, pero siempre que tengan un alcance limitado y una fecha de retirada anunciada desde el principio.

La advertencia cobra especial relevancia porque las crisis del coste de la vida no terminan cuando dejan de subir los precios. Las expectativas de inflación permanecen por encima de su nivel anterior durante al menos tres años; y esa persistencia puede obligar a los bancos centrales a mantener elevados los tipos de interés.

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