Alfonso I, rey de la Amazonia
Nacido en Avión (Ourense) y emigrado a Brasil, pasó de trabajar en una tienda en la que comerciaba con los indígenas a convertirse en el rey de los jíbaros
Alfonso Graña nació en Avión (Ourense) en 1895. Siendo aún un adolescente se traslada a Brasil, donde río arriba se va a vivir al alto Amazonas, en la zona limítrofe de Brasil, Perú y Ecuador. El joven Alfonso, cuya formación era muy rudimentaria, se dedicaría a distintas actividades, entre ellas la de cauchero.
Con la escasez de trabajo que se produce por la crisis del caucho de principios de siglo, muchos de estos trabajadores se instalan en la ciudad de Iquitos. Graña toma entonces el camino de sus compañeros, pero a los dos años desaparece rumbo al Pongo de Manseriche, entre los Andes y la selva. Otras fuentes señalan que Alfonso trabajaba en un comercio de sus tíos, oriundos de Ribadavia, quienes comercializaban con los indígenas de la zona. Lo cierto es que Alfonso Graña, años después, se iba a convertir en Alfonso I, Rey de la Amazonia.
Primeros hallazgos
La primera noticia sobre este rey gallego la recibí a través de un discurso grabado de Ramón Suárez Picallo, en una de sus famosas clases de periodismo del Centro Lucense de Buenos Aires. Al hablar de los gallegos en América, dice: “Hasta tuvimos un rey gallego en la Amazonia”. A partir de esta referencia comenzó mi interés por esta curiosa biografía, intentando aportar el máximo de datos de esta singular personalidad. Y, tiempo después, hablando con mi entrañable amigo Elixio Rodríguez, quien fuera capitán de la aviación republicana y conserva una memoria prodigiosa, le pregunté: "¿Elixio, usted escuchó hablar alguna vez de que hubiera un rey gallego en la Amazonia?". Y me contestó: "¡Claro que sí!".
El capitán Iglesias Brage, bajo cuyas órdenes había estado, fue quien le contó la historia, al hilo de su famosa proeza de volar sin escalas entre Sevilla y Salvador de Bahía. Desde Brasil recorrerá Argentina, para luego subir por la cordillera de los Andes. En su paso por el Alto Amazonas, rumbo a La Habana, el capitán Iglesias Brage se entusiasma con el objetivo de organizar una expedición científica financiada por el gobierno español, y en 1934 viaja a esta región selvática con la idea de organizar la expedició. Es en ese momento cuando conoce a Alfonso Graña, ya que iba a tener que contar con la ayuda de las tribus de la selva; o, de lo contrario, el grupo de expedición correría serios riesgos.
Según el relato que el capital Iglesias Brage trasladó a Elixio Rodríguez, Alfonso Graña trabajaba en una tienda que comerciaba con los indígenas, en la zona limítrofe entre la selva y la civilización. Un día, un grupo de nativos lo llevaron contra su voluntad hasta la tribu donde residía el rey de los indígenas, el cual le dijo a Graña que había sido elegido para casarse con su hija. Y así fue como Alfonso, sin quererlo, se vio obligado a vivir entre los aborígenes.
Contaba Iglesias Brage que este joven ourensano poca formación tenía, pero la poca que había aprendido en su aldea le valía para maravillar a los indios. Les prepararon un molino de agua y otras pequeñas obras de gran utilidad. Los dones masculinos de Alfonso comenzaron a ser disfrutados por la mayoría de las mujeres de la tribu, ya que su mujer, como muestra de respeto, se lo ofrecía a otras indígenas amigas; actitud muy bien vista en este tipo de culturas. Poco a poco Alfonso se había ganado el cariño de un vasto territorio de la selva, pero principalmente tenía la confianza del rey de los indígenas. Al morir este, sería Alfonso Graña, con el nombre de Alfonso I, rey del Amazonas, el que sucedería a su suegro. El capitán Brage también desveló que Alfonso I le había prometido toda la ayuda necesaria para que la expedición recorriera todo el Amazonas sin ningún tipo de dificultades con las tribus hostiles.
Además, en la Enciclopedia Galega, el historiador ourensano Alberto Vilanova resume de esta forma su figura: "Aparece establecido desde 1922 en las orillas del Amazonas, dedicado al oficio lucrativo de cauchero. Muy pronto se convirtió en el jefe indiscutible de los pueblos asentados en una extensión territorial equivalente a la de Andalucía, Extremadura y las dos Castillas juntas: sus habitantes, los jíbaros, disecadores de cabezas humanas, hechiceros y guerreros sanguinarios, en una palabra: imposibles para toda civilización, lo reconocieron como soberano por el solo milagro de su nativa sagacidad". Y de él destacaba que "pudo realizar la magna empresa que supone no solo el hecho de haber sometido a su obediencia a aquellos indios, que tienen fama de ser los más temibles del continente americano, sino que, civilizándolos a su manera, les enseñó a curtir pieles, a fabricar chozas, a extraer la sal de las lagunas, a desecar la carne del paiche, un gigantesco pez del Amazonas, y a hacer chacina de un mono melenudo, negro y sedoso...".
El destacado escritor Víctor de la Serna cuenta en un artículo reproducido por la revista Raíces de Cuba, del año 1948, que Graña era "un gallego oriundo de Ribadavia, que reinó doce años y podía movilizar un ejército de cinco mil indios. Sus poderes abarcan el período de 1922 a 1934...". "Ningún europeo podía, sin su permiso, penetrar en la selva...", relató.
De la Serna se entera de la noticia de la existencia de Graña por la información que le proporciona un gallego residente en Iquitos, de nombre Cesáreo Mosquera. El paisano mencionado era oriundo de Ribadavia, el cual, como Graña, había subido río arriba rumbo a Iquitos. En esta ciudad montó una barbería, para luego instalar la famosa librería Amigos del País. Cesáreo Mosquera, que había conocido a Graña en la época en que este había residido en Iquitos, mantendrá con su paisano encuentros esporádicos, de seis en seis meses, cuando Graña bajaba de la selva.
En unas conversaciones de Mosquera con Graña, en relación a una idea de Iglesias Brage de filmar una película sobre los jíbaros, Graña le dijo: "Yo pongo a disposición del capitán cinco mil indios...".
Pozos petrolíferos
Cuando en 1926 la Standard Oil quiso explotar los supuestos pozos petrolíferos del Alto Amazonas, tuvo que pactar con Graña y, gracias a él, le fue posible hacer los sondeos. Graña les proporcionó a los norteamericanos los medios para que pudieran vivir y comer. En 1932, la Expedición Latinoamericana, dirigida por el ingeniero inglés William J. Williard, inició una exploración por los dominios de Graña; este les ayudó no solo con alimentos, sino también con tabaco, armas y ropa. Williard fue el primero en afirmar que existía petróleo en la cuenca del río Tigre, antes de 1930, y también dio indicios en otros puntos de la zona fronteriza del norte, donde contó con la ayuda imprescindible de Alfonso Graña.
Cuando en 1933 un aviador peruano se perdió en la selva amazónica, sus compañeros lo buscaron infructuosamente en vuelos difíciles. Pasados varios meses, se vio descender una balsa, en cuyo centro venía una especie de túmulo cubierto con follaje y a la popa las banderas de Perú y España a media asta. Graña, que había encontrado el cadáver, lo había embalsamado y lo devolvía a su patria. Por este gesto, el gobierno peruano le reconocería oficialmente su soberanía y la utilización de las salinas del territorio jíbaro.
Los jíbaros
El escritor ecuatoriano Juan León Mera, en su libro Cumandá, relata algunas de las características de estos indígenas.
"No hay caníbales en estas tribus, como algunos lo creyeron sin fundamento; pero es peligroso viajar por ellas, al menos cuando no se toman todas las precauciones necesarias para no causarles el menor disgusto ni sospechas. En la guerra son astutos y sanguinarios, sencillos en las costumbres domésticas, fieles en la alianza y en la venganza inflexible. No obstante su adoración a la libertad, a veces miran a sus jefes, cuando sobresalen por la bravura y el número de hazañas, con supersticioso respeto; y cuando mueren, sacrifican a la más querida de sus esposas para que les acompañe en el país de las ánimas".
La expedición
Mientras Alfonso I, rey de la Amazonia, seguía reinando en la vasta selva, el capitán Brage había conseguido que el gobierno de la república en España se entusiasmara con su proyecto. Es así que, contando con la ayuda de intelectuales de renombre como Marañón y Pittalunga, elaboran la propuesta titulada "Anteproyecto de un viaje de exploración científica por el Alto Amazonas", la cual fue entregada al ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes, Fernando de los Ríos. El 16 de junio de 1932, las Cortes Constituyentes aprueban la elaboración de una ley que facilite la rápida ejecución de la expedición. Se formó un Patronato para probar la intencionalidad científica que se quiso dar al proyecto. Entre sus miembros estaban los directores del Museo Nacional de Ciencias Naturales, del Instituto de Física y Química, del Observatorio Astronómico de San Fernando y de la Escuela Nacional de Sanidad, además de Ortega y Gasset, Marañón y Menéndez Pidal.
Una vez elaborados los programas científicos, se encarga la construcción de un barco especialmente dotado para esta iniciativa, el Ártabro. Botado en presencia de Alcalá Zamora, Iglesias Brage difundirá los objetivos de su expedición por todo el país. En su ciudad natal, desde el Ateneo Ferrolano, explicará: "No es el río el objetivo de la expedición, sino el estudio científico de una zona que abarca una extensión de 1.500 kilómetros cuadrados comprendida entre la cordillera andina y el río Negro; elegida por ser la que mayor variedad ofrece para las investigaciones. El barco expedicionario será de poco calado y preparado para realizar las diez o doce clases de investigaciones científicas que se pretenden; al mismo tiempo que albergue, será gabinete de trabajo y laboratorio para los numerosos especialistas que compondrán el viaje. Irá provisto de aviones de pequeño tamaño y alas plegables para ser empleados en las exploraciones".
Sin embargo, a pesar de la ilusión del gobierno de la República por comenzar la expedición, los sucesos de la Guerra Civil suspendieron los preparativos y el capitán Iglesias Brage combatirá al lado de las fuerzas leales a la República. Será durante estos años cuando Iglesias Brage les contará a sus dos amigos Ramón Suárez Picallo y Eduardo Blanco Amor las aventuras de Alfonso Graña. Tiempo después serán estos dos escritores los que difundirán las historias del rey de la Amazonia.
El escritor Gonzalo Allegue, en su libro Galegos: as mans de América, relatará algunos paisajes de la vida de Alfonso I: "Con él venían cuatro o cinco jíbaros, indios huambisas. Los indígenas lo adoraban y lo seguían a todas partes. En la ciudad les curaba las úlceras de las piernas, les cortaba el pelo, los invitaba a helados y los llevaba al cine. Por la tarde los huambisas se vestían de frac y sombrero de copa de los masones de la colonia española y salían a pasear en el Ford 18 descapotable, cedido por Cesáreo Mosquera. Los huambisas iban muy serios, abismados y saludaban a los peatones, tocándose muy ligeramente el sombrero. Graña conducía y les mostraba la ciudad...".
"Graña, con su rostro aniñado, ojos de gato, pelo rubio y extrema delgadez, sorprendía a las gentes. Era difícil imaginarlo entre los jíbaros. Pero su fragilidad era solo aparente; resistía como cualquiera las fiebres y las tarántulas y se negaba a que le atasen cada vez que cruzaba el terrible Pongo de Manseriche, un rápido que se tragaba continuamente balsas y curiaras..."
En una oportunidad, Alfonso Graña llevó a Iquitos a un mago-médico, al que le hizo una fotografía. Un día Mosquera le preguntó por él a Graña, y este le contestó: !Mariano murió. Lo mataron por brujo... Sí, lo mataron porque se hizo pasar por médico y fue a curar a una criatura y se le murió. Y como allí es costumbre entre ellos matar al médico cuando no sana al enfermo, pues... ¡murió el brujo!".
Alfonso I, rey de la Amazonia, falleció en algún lugar del territorio jíbaro en 1935, cuando aún no había cumplido 40 años. Seguramente en el corazón de la selva se oculta uno de los tantos misterios de esta apasionante historia. Como dijera el escritor Manuel María en un artículo en A Nosa Terra referido a Graña: "Valdría la pena investigar a fondo sobre la vida, hechos y aventuras de este gallego emigrante".
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