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Ramón Santamarina, de Ourense a La Pampa argentina

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Su vida estuvo marcada por un destino trágico, aunque su voluntad inquebrantable lo convirtió en un verdadero urbanista

Ramón Santamarina
Ramón Santamarina | Archivo personal de Lois Pérez Leira

Ramón Joaquín Manuel Cesáreo Santamarina Valcárcel es una de las figuras más vigorosas de la huella gallega en suelo americano: su voluntad inquebrantable, en una vida marcada por un destino trágico, lo convirtió en un verdadero urbanista de la Pampa.

Nacido en Ourense en 1827, en una casona de la calle Tomás María Mosquera cercana a la Praza do Ferro, su infancia quedó fracturada por la muerte dramática de sus padres, el capitán José García Santamarina y doña Manuela Valcárcel. El episodio más definitorio de su juventud ocurrió en A Coruña. Ante la Torre de Hércules, su padre, tras haber agotado la fortuna familiar, le hizo jurar sobre la cruz de su espada que restauraría el patrimonio y el honor de su madre antes de quitarse la vida frente a sus ojos. Tras quedar huérfano y ser recluido brevemente en un hospicio en Santiago de Compostela, Ramón huyó y se embarcó como grumete desde el puerto de Vigo hacia Buenos Aires en 1844.

Sus primeros pasos en Argentina los dio como recadero, pero pronto se sintió atraído por el horizonte de la llanura y se trasladó a la región de Tandil, que por aquel entonces era un asentamiento de apenas 700 habitantes. Allí comenzó como ayudante de boyero, pero con sus ahorros adquirió una carreta y bueyes, iniciando una vertiginosa carrera como financiero y colonizador que transformaría la geografía bonaerense.

Su flota de carretas se convirtió en el cordón umbilical entre la capital y el interior, transportando desde materiales de construcción y pianos hasta los 71.000 ladrillos necesarios para levantar la iglesia de Tandil. Gracias a su visión comercial, aprovechó la demanda de cueros durante la guerra de Crimea para capitalizarse y adquirir sus primeras estancias, Dos Hermanos y El Cristiano, a las que seguirían otras 25 propiedades que sumaban cien leguas de tierra y cientos de miles de cabezas de ganado.

Su labor como fundador y civilizador fue vasta y tangible. En el partido de Tres Arroyos, su legado cristalizó en la fundación de la localidad de Orense, bautizada así por su hija Ángela en un emotivo tributo al pueblo natal de su padre. Además de este hito urbano, Santamarina fue el motor del crecimiento de Tandil, donde financió la construcción de escuelas y hospitales que hoy son monumentos históricos. Su influencia se extendió también a las provincias de Santa Fe y Santiago del Estero, donde estableció centros de negocio que funcionaban con la solidez de bancos y fomentaban el asentamiento de nuevos pobladores. A pesar de su inmensa riqueza, mantuvo una filosofía de trabajo austera, prefiriendo formar hombres a través del empleo y protegiendo a los colonos de amenazas como la banda xenófoba de Tata-Dios en 1872.

Al contraer segundas nupcias con Ana Irazusta, integró a todos sus hijos en sus negocios para garantizar la equidad y les impuso por contrato la obligación patriótica de forestar la llanura, logrando la plantación de más de un millón de árboles que cambiaron definitivamente el paisaje de la provincia. Aunque su vida parecía haber alcanzado la plenitud, el 23 de agosto de 1904 decidió poner fin a sus días, emulando el trágico final de su progenitor. Su herencia perduró a través de la firma Santamarina e Hijos y de una descendencia que ocupó los más altos cargos en la vida política y económica de Argentina, consolidando el imperio que nació de la promesa de un niño ante el mar gallego y se materializó en ciudades y estancias en el corazón de la Pampa.

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