Manzaneda: eclipse en la montaña

ESTACIÓN DE MONTAÑA

Los niños, entre efusivos y adrenalínicos, fueron los protagonistas del eclipse en la Estación de Montaña de Manzaneda. Un evento que reunió a un grupo de afortunados para presenciar un fenómeno que quedará grabado en su memoria.

La Estación de Montaña de Manzaneda fue uno de los lugares privilegiados para observar este fenónemo.
La Estación de Montaña de Manzaneda fue uno de los lugares privilegiados para observar este fenónemo. | Laura Lunardelli

“¿Saben a qué venimos hoy?”, preguntó Hiram, un autodefinido “apasionado” de la astronomía y monitor encargado de guiar en la observación del eclipse de este 12 de agosto al público reunido en la Estación de Montaña de Manzaneda, monopolizado por niños —en particular de los campamentos Acción Verán y Os Ventos—, pero también por muchos otros acompañados por sus familias para asistir a un acontecimiento único en cientos de años. Y es que, tanto en Galicia como en el resto de España, se trata de “un sitio espectacular para el eclipse; una experiencia única”, en palabras del propio director de la estación, Víctor Picos.

Así, a partir de las seis de la tarde, empezó a congregarse la gente a pie de la telesilla para, con buen ritmo, ir subiendo a la cima más alta del Macizo Central Ourensano y de la Sierra de Queixa, a 1.781 metros de altitud. Expertos provistos de cámaras y telescopios con sus filtros para la ocasión se acomodaron en las laderas de las montañas, sombrillas y sillas incluidas, muchos llegados con sus propios vehículos desde zonas aledañas pero también de sitios tan lejanos como las Islas Canarias o la ciudad de Londres. Por su parte, los amateurs eligieron la cima.

Como no podía ser de otra manera, los niños fueron los protagonistas. Hiram fue haciendo preguntas y ofreciendo el micrófono a los más chicos: “Un eclipse solar se forma porque algo se interpone entre el sol y la tierra, ¿qué es?”. “La luna”, vociferaron los pequeños, cada vez más entusiasmados y ensimismados por el espectáculo que se venía. Ensayaron una y otra vez la cuenta regresiva: “10, 9, 8, 7…”. Todos a una. “Presenciar un eclipse total evoca una emoción conocida como ‘awe’ —aporta la psicóloga Estela Rodríguez—: disminuye el ego, se fomentan los comportamientos prosociales y la empatía hacia los demás por compartir un acontecimiento masivo”. Emocionantes las imágenes de grupos de niños abrazados entre sí y junto a sus padres y abuelos.

“Que se me va a acabar la vida”

Si bien está corroborado de manera científica que los síntomas físicos que puede sentir una persona durante un eclipse son de índole psicosomático, hay una respuesta emocional producto de las creencias y los históricos mitos que envuelven al sol desde épocas ancestrales. Ya el creído y astuto fray Bartolomé Arrazola, en plena selva guatemalteca y muy lejos de su España natal, intentó convencer a unos nativos expertos en estos fenómenos de que podía hacer oscurecer el sol (“El eclipse”, Augusto Monterroso). Pero su ocurrencia terminó en un derramamiento de sangre, bajo un cielo oscuro del que ya tenían conocimiento sus verdugos. “Aunque hoy entendemos la astronomía detrás del fenómeno, una pequeña parte de nuestro cerebro primitivo aún puede experimentar una ligera inquietud ante la oscuridad diurna inesperada”, explica la experta Rodríguez.

“¿Qué creéis que va a pasar cuando la luna se ponga delante del sol?”, inquirió Hiram. “¡Que se me va a acabar la vida!”, gritó un niño, entre alarmado y excitado por la situación. El monitor calmó los ánimos: “La temperatura baja, los grillos cantan, los pájaros dejan de cantar…”, detalló, además de prometer que no iba a ocurrir ninguna desgracia. Aunque todo depende de cómo se mire. Porque si a las 19:45 todo era felicidad, con una visión de una especie de Pac-Man o Comecocos, a las 20:00 se asomó una nube. La única nube en el cielo de Manzaneda estaba cubriendo el sol. “No hay otra nube; es la única y justo ahí”, se lamentaba Hiram, quien animó a los presentes a soplar con todas sus fuerzas para lograr el milagro. Y el milagro ocurrió por unos instantes, acaso por la voluntariosa actitud de unos niños que no evaluaban otra posibilidad que ver el eclipse. “¡Que para el próximo no vivimos!”, lanzó el mismo agorero que temía por su vida, provocado las risas de sus compañeros.

“El sol siempre está”

“Aunque no lo veamos, el sol siempre está”, dice la letra de “Soles”, de la cantautora argentina Marilina Ross. Y en Manzaneda el sol se mostró y se escondió. Y hubo una nube. Pero a las 20:30 se hizo la noche. Y hubo viento y hubo silencio. Y asombro generalizado. A pesar de que los medios de comunicación y las redes sociales bombardeasen con información sobre lo que iba a pasar durante el eclipse, nada es comparable con vivir la experiencia a nivel sensorial y emocional.

“Si me matáis —les dijo fray Bartolomé Arrazola a los nativos—, puedo hacer que el Sol se oscurezca en su altura”. Los indígenas lo miraron fijamente y Bartolomé sorprendió la incredulidad en sus ojos. Vio que se produjo un pequeño consejo y esperó confiado, no sin cierto desdén. Dos horas después, el corazón de fray Bartolomé Arrazola chorreaba su sangre vehemente sobre la piedra de los sacrificios (brillante bajo la opaca luz de un sol eclipsado), mientras uno de los indígenas recitaba sin ninguna inflexión de voz, sin prisa, una por una, las infinitas fechas en que se producirían eclipses solares y lunares, que los astrónomos de la comunidad maya habían previsto y anotado en sus códices. Hasta 2053.

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