Los supervivientes del terremoto en Venezuela se preguntan "qué va a pasar ahora?"

CONFUSIÓN E INCÓGNITAS

Tres venezolanos cuentan su experiencia durante los temblores y en las horas que siguieron a una catástrofe que, temen, marcará el futuro de un país ya muy golpeado. Quieren que el mundo entienda la dimensión de lo que les ocurre.

Daños en la casa de Angélica Pérez, en El Paraíso, Libertador. A la derecha Angélica Pérez y abajo Paolo Ciarrochi respectivamente Mario López.
Daños en la casa de Angélica Pérez, en El Paraíso, Libertador. A la derecha Angélica Pérez y abajo Paolo Ciarrochi respectivamente Mario López. | La Región

“Estábamos viendo el partido de Brasil y Escocia en el Mundial. Comiendo mermelada y leche”, recuerda Angélica Pérez desde una urbanización de El Paraíso, municipio del Libertador, en el distrito de la capital, Caracas.

“De repente, sonó una alarma que no estaba programada en el teléfono. Nos miramos. La cama junto a una de las paredes empezó a moverse. Y los dos al instante, mi marido y yo, salimos corriendo de la habitación. Cuando estábamos atravesando la casa, sentimos un temblor más fuerte y avivamos el paso. Vimos cómo se empezaban a caer cascotes de la casa, entonces nos dimos cuenta de que habíamos olvidado a la perra. La llamamos y salió”.

“Nos quedamos los tres en la acera de enfrente esperando que pasase lo peor. Lo que siguió fueron horas de bastante confusión y mucho miedo a las réplicas”, admite Angélica. La Fundación Venezolana de Investigaciones Sismológicas reportó 25 réplicas durante la madrugada del miércoles al jueves.

Se refugiaron en casa de su suegra, y sobre las tres de la mañana recuerda la llamada de su hermano. “Me dijo que las réplicas se estaban sintiendo fuerte en Caracas. Y más tarde me llamó otra amiga para preguntar. Le dije que no había sentido nada, pero que el viento azotaba los árboles con muchísima fuerza”.

Angélica no pudo dormir. “Pasé la noche en alerta, en vigilia, rezando, pidiéndole a la Virgen, a Santa Teresa de Ávila, que para mí es como mi guía, que me diera calma”.

“Ahora tengo en casa a una amiga, a su madre y a una hija, que han tenido que desalojar su apartamento. Esas son mis preocupaciones inmediatas. Ella sabe que es algo eventual, que tiene que buscar a dónde irse. Y me siento un poco triste porque quisiera tenerla aquí conmigo, pero no es posible. Entonces eso me hace sentir mal como ser humano y se puede quedar aquí un tiempo, pero ¿qué va a hacer ella? Eso me preocupa, y me preocupa que el primo de una amiga desapareció y no sabemos qué ha sido de él. Hay familias completas que han desaparecido y la gente aún ahora no sabe qué va a pasar de aquí en adelante. Eso me preocupa. Yo estoy a salvo y mi familia está a salvo, pero me pongo en el lugar de esas personas. Y lo que siento es tristeza y desilusión”.

Al este

Paolo Ciarrocchi, hijo de italianos, vive en Lechería, estado Anzoátegui, al este de Caracas. “El epicentro fue lejos, pero el movimiento fue muy fuerte. A Dios gracias, vivo en edificio tipo túnel, entonces la construcción se mueve homogéneamente y no hubo resquebrajamiento de estructura. Sentí el movimiento completo del apartamento, al asomarme las palmeras se movían y el agua del canal se retiró y regresó con mucha fuerza, cosa que no habíamos visto nunca”, recuerda.

Paolo admite que pasó más miedo durante el segundo temblor. “Uno pensaba que había terminado todo, medio minuto, y arrancó nuevamente, era como la onda del látigo, que había dado el último chasquido, muy duro, muy duro. Pensé en mi hijo en Caracas. En la zona de Palos Grandes cayeron cuatro edificios. Mi hermano, el que vive más cerca del epicentro, está bien, su edificio resistió; a mi hermana se le rompieron pisos y paredes”.

El recuerdo del 67

“Duró unos 30 o 35 segundos y, acto seguido, después de unos 25 segundos, vuelve otro. En ese momento se fueron las comunicaciones, eran las seis y hasta las cuatro de la mañana no las recuperamos”, cuenta Mario López, vecino de El Paraíso, en el área metropolitana de la capital. “Algunas estructuras se cayeron en Vargas, por lo menos el Hotel Edward, el Hotel Las 15 Letras… en el año 1967 yo tenía 7 años y me acuerdo muy bien que la tierra se abrió. Yo vivía en el barrio El Cementerio en aquella época. Este ha sido mucho más fuerte que aquel”.

“La ayuda humanitaria más urgente que se necesita en estos momentos es medicamentos. Y que presione el gobierno de Estados Unidos al régimen para que libere todos los presos políticos y comunes”, concluye Mario.

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