ARTE, MÚSICA Y CULTURA
Últimos compases del agosto cultural en O Carballiño
LIBRO
El amor no entiende de excepciones, pero la sociedad todavía las impone. Para muchas personas con discapacidad, enamorarse, desear, ser deseadas o construir una relación sigue chocando con una barrera invisible: la mirada de quienes las perciben como individuos incapaces de amar, fruto del desconocimiento y de unos prejuicios que terminan silenciando la expresión de sus sentimientos.
José Manuel Prado, carballiñés, tiene parálisis cerebral y las funciones cognitivas plenamente preservadas. En 2016, mientras se preparaba para disputar su segunda Paralimpiada, acudió a la consulta de la psicóloga Marina Ortega para tratar un bloqueo emocional que estaba afectado su rendimiento como deportista. Durante aquellas sesiones, los problemas iniciales terminaron conectado con una frustracion mucho más íntima: las dificultades que encontraba para relacionarse en el terreno afectivo por el hecho de no encajar en los estándares sociales establecidos.
Su experiencia puso sobre la mesa una realidad que ambos consideraron necesario abordar. La discriminación que sufren las personas con discapacidad adopta múltiples formas y se sostiene sobre una red de tabúes. La infantilización es uno de ellos, quizá del que más se hable, pero quedarse ahí supondría volver a repetir el mismo error.
La experiencia profesional de Ortega, que lleva cerca de dos décadas trabajando en el ámbito de la discapacidad, se une a las vivencias personales de Prado en una conversación escrita de marcado carácter autobiográfico y que supone la primera incursión literaria de ambos. “Diálogo con lo invisible”, costruido a dos voces, busca abrir un debate capaz de interpelar tanto a quienes viven estas situaciones como a quienes todavía las desconocen. El primer paso para llevar esta reflexión al público tuvo lugar ayer por la tarde, durante la presentación del libro en el Aparthotel Arenteiro, en un encuentro presentado por el escritor Miguel Anxo Fernández.
“Queríamos hacer pedagogía y mostrar cómo es la vida de alguien con discapacidad desde sus propios ojos. Por otro lado, está mi reflexión como pscióloga”, explica Ortega. La intención de ambos pasa también por cuestionar los prejuicios que pesan sobre quienes viven esta realidad: “Tenemos que escuchar a las personas que tenemos cerca que pasan por esto para darnos cuenta de que subestimamos sus capacidades”.
“El no querer dar pena” es una de las cuestiones a las que más apela Prado, pues durante años ha percibido cómo su forma de ser condiciona la manera en la que los demás interpretan su vida emocional. “Creo que el principal problema es que no nos consideran aptos o dignos de tener una relación que vaya más allá de la amistad. El aspecto físico y mi forma de hablar influyen más que otras cualidades”, sostiene.
Ortega pone el foco en el modelo “hiperprotector” bajo el que durante mucho tiempo han quedado relegadas las personas con discapacidad y que todavía está presente en muchos hogares. Una forma de “infantilización” que limita su autonomía y mantiene los prejuicios, frente a la que propone avanzar hacia un modelo más independiente. Esta visión conecta con la “resiliencia en la vida” que la psicóloga destaca de su compañero y que queda reflejada en una trayectria marcadas por logros y obstáculos como exdeportista paraolímpico.
Su voluntad compartida de visibilizar estas situaciones les llevó a dar el salto para autopublicar una obra que puede adquirirse contactando directamente con sus autores. En este primer proyecto literario, la conversación que ambos mantienen en las páginas es una imprescindible para cambiar la percepción socia, como sostiene Prado: “Hay que hacerle ver al mundo que tener una discapacidad no es sinónimo de ser asexual ni de estar falto de sentimentos”.
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